APADRINAMIENTOS

Angelina Jolie deja el cine para cuidar de sus hijos, uno propio y cuatro adoptivos (de momento). El cine no pierde una gran actriz (aunque sí muy bella), la sociedad gana una gran madre, una madre adoptadora compulsiva, que va camino de emular a Mia Farrow y a Josephine Baker. ¿De dónde procederá ese amor por acumular niños a su alrededor? ¿Nostalgia de una niñez frustrada que se quiere recuperar rodeándose de infancia, simple altruismo? El brazo benefactor de la Jolie es muy largo, llega a Taiwan, Vietnam, Camboya, Etiopía. Llega hasta los lugares de rodaje de su marido Brad Pitt, que se niega a besar a sus compañeras de reparto no sea que se entere su mujer. Su labor intensa de madre no le hace olvidar la de esposa celosa. Más extraño es apadrinar palabras en peligro de extinción, que es lo que propone ahora la Escuela de Escritores. Una iniciativa bienintencionada, pero simbólica y poco útil. El pueblo utiliza las palabras que quiere, ignora muchas, adapta las extranjeras e inventa, en un proceso natural que muchas veces depende de lo que oye en los medios de comunicación y que es reflejo de la cultura del país. De todos modos está bien que se recuerden palabras de nuestro lenguaje que están olvidadas, agazapadas, a la espera, y que podríamos usar para enriquecer nuestro lenguaje y el de los demás sin llegar a la pedantería. Es curioso que Zapatero apadrine «andancio», que es una enfermedad epidémica leve, tal vez pensando en que es lo que padece Rajoy, quien a su vez apadrina «avatares», más optimista, que significa reencarnación y transformación. Transformación que puede necesitar él o que piensa que necesita Zapatero.