Así comenzó mi vida marinera. Fue en cierto amanecer invernal, cuando la brisa de poniente cobraba aliento al paso de la esplendorosa aurora. Quedé impresionado. Yo había gozado de ortos y ocasos en situaciones diversas. Desde el valle, alguna discreta colina e incluso acomodado en cierta playa de grato recuerdo, los minutos iban transcurriendo lentos, acompasados al ritmo sentimental. Sin embargo, nada comparable al estado de plenitud sensitiva, abrazado a la calma blanca de aquella alborada marina.
El tiempo secuencial, ese espacio de continuidad ordenada capaz de unir al sentimiento la expansión imaginativa, me tuvo al borde del colapso racional. Expresar con palabras las relampagueantes secuencias emocionales de aquellos instantes no es posible; solo si el relato coincidiese con situaciones semejantes vividas por el lector o lectora de estas líneas, podría concienciarse mi lejana realidad.
Calma blanca o calma chicha, qué más da. La mar, en perfecta conjunción con el progreso matutino, ponía de relieve la naturaleza humana en relación con el pálpito crepuscular. Hoy pienso en la interrelación entre el ser pensante y la naturaleza, única manera de sentirnos uno con el espíritu universal. Tal vez debido a dicha correspondencia fenoménica, advertida en la plenitud del alba, pude sensibilizar mi unión anímica con la indivisible realidad. Fue en un destello de singular apogeo cuando pude trascender el tiempo y sentirme uno con el entorno. Brisa, susurro acuático y acordes ambientales dejaron sin argumentos mi ya lejana idea de separación entre la materia y el espíritu. Notoria novedad sensitiva: la fuga sorpresiva del yo desnudó mi material creencia en la división del todo.
Hoy ya, al amparo de las múltiples vivencias experimentadas en la mar, puedo dar fe de la diferencia vivida aquella mañana invernal con las emociones sentidas a través del tiempo. Ni plenilunios, ocasos, amaneceres o eclipses nocturnos han sido capaces de superar la recóndita emoción sentida cuando, abrazado a la calma blanca, comulgué con la naturaleza.
¿Qué tendrá la mar para sentirme embrujado con solo recordarla?
(Aunque gramaticalmente la ambigüedad me permita referirme a la mar y no al mar, la costumbre marinera, sobre todo entre pescadores, me faculta para nombrarla en femenino. Pido disculpas por la licencia, puesto que no es lo habitual).
Ha trascurrido mi tiempo con relativa lentitud, dejándome la impronta de recuerdos, instantes y secuencias inolvidables, enmarcados junto a sentimientos de insólito resplandor. Nada, sin embargo, tan íntimo como la sensación de sentirme integrado en un nuevo orbe, acompañado por el tótum revolútum de falsas ideas, ordinarias sacudidas sentimentales e innominables conductas. Sin percatarme de que en el sorpresivo cambio a tan singular como iluminada estancia sensitiva, ni remordimientos ni espasmos culpables pudieron impedirme desplegar la nueva conciencia adquirida; mas en el núcleo experiencial de aquellos instantes, semejante tránsito me dejó la seria advertencia de que ya nunca podría permitirme la traición al nuevo orden sensorial en el que estoy inmerso.
“A la mar madera y a la Virgen cirios”, decimos los pescadores, mientras yo digo y prometo: no deseo más gloria que sentirme hermano de la calma chicha, hijo de ortos y ocasos y pescador de perlas sensitivas. Mi tiempo se acaba, pero la música fluirá a lomos del oleaje. Fusas y corcheas, compasillos y pentagramas enriquecerán los fondos abisales, mientras yo, sujeto a la vida eterna y abrazado a la calma blanca, os diré, hijos del bien y del mal: a la mar madera y a la Virgen cirios.