Somos tanta poca cosa complaciente, una baratija a veces, frases que redundan en la hipocresía pero que son amor para aquel que busca amor, caminos bifurcados en el hastío y también en la glotis. El no poder encontrar la salida, teniéndola adelante, también somos. Somos el que se revuelve en incongruentes despojos, y el hueco que se llena con miles de palabras y todo eso que ya se sabe, hasta que la vida nos lleve, hasta que nos veamos cara a cara con lo que somos, hasta esa sensación de modorra, hasta que llueva, hasta siempre, o fundamentalmente. Así viene pensando la mujer, caminando por la calle, a unas cuadras de su casa.
Harta de tanto cloroformo hacia ningún lado, se propone seguir, pero cargando con todo lo que no alcanza a comprender -y que necesita comprender- como por ejemplo por qué el otro extremo de la misma cosa se volvió el mismo extremo de todas las cosas.
Pero ya está colocando la llave en la cerradura y no ve la hora de tirar los zapatos cual película de naif rebeldía, preparar unos mates y vaguear por alguna película de amor, de ángeles, o de sitio abierto a una suerte buena.