En memoria de Milagros Díez-Quijada

[->https://2.bp.blogspot.com/-wWDZigvrxr8/WyOiet5qfgI/AAAAAAAAGao/KFhuptlZsHwJLhNuj99GAdiZgteBjFQUQCLcBGAs/s1600/IMG_6748.JPG» imageanchor=»1″ style=»clear: left; float: left; margin-bottom: 1em; margin-right: 1em;] Cada edificio tiene un olor que le es propio, un olor al que se impregnan los recuerdos. Ayer, al subir por las escaleras a la casa de Milagros, olía a Bach intensamente.

Al cruzarse conmigo, cualquier persona vería a un hombre con el pelo ya encanecido, pero sólo Milagros podría encontrarse con un chico en pantalón corto lleno de partituras y de amor por la música. Así la conocí, en su casa: era la esposa de Miguel Frechilla; después, la madre de Ana, José Miguel, Cristina y Patricia… Nunca pensé que Milagros fuera a convertirse en una de las mujeres más importantes de mi vida, con la que podría hablar íntimamente, reírme a carcajadas y quererla muchísimo, hasta cuando se enfadaba conmigo…

Querida Milagros: siento el ruido de las puertas al abrirse y cerrarse cuando paseabas del brazo por Cigales con Miguel. Siento tu alegría, la fuerza de tu carácter y esa entrega incondicional a quienes amabas. Lo siento ahora y lo sentiré siempre, porque estarás en mi memoria mientras viva.

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