CUARENTA TONELADAS

Mi jefe lo anunció dejando que sus palabras punzaran mis oídos: – Es una misión hecha a tu medida. Con dos ojos negros como carbones examinaba mi cara mientras sus palabras se agarraban al aire igual que sanguijuelas a la piel de un enfermo. Animado por mi silencio, continuó desg

Relato

Mi jefe lo anunció dejando que sus palabras punzaran mis oídos:

– Es una misión hecha a tu medida.

Con dos ojos negros como carbones examinaba mi cara mientras sus palabras se agarraban al aire igual que sanguijuelas a la piel de un enfermo.

Animado por mi silencio, continuó desgranando lindezas:

– Esos dos camiones transportan mercancías muy distintas. El agente de la aduana de Irún confundió los papeles de modo que cada conductor lleva los documentos de carga del otro. Debes presentarte en Aranjuez cuanto antes. Allí te espera uno de ellos. Es de la Compañía Yamas.

– ¿Y qué hace en Aranjuez? – conseguí decir con un temblor en la voz. El causante del mismo era un oscuro presagio.

– Cuando los de la aduana cayeron en la cuenta de su error, acordaron con los conductores que coincidiesen en la factoría de pegamento de Aranjuez, que es el punto de entrega de uno de los cargamentos. Entonces intercambiarán los albaranes.

– Así que debo acompañar al otro chofer hasta su destino – comenté con repentina clarividencia. Yo mismo me sorprendí del aplomo que empezaba a sentir a partir de ese momento. Entregado irremediablemente a mi mala suerte, entendí que sería mejor hacerlo desde un punto de vista analítico.

– Supongo que el conductor es extranjero y desconoce Madrid y sus alrededores – añadí con mi recién estrenada perspicacia.

– Lo que tengas que hacer a partir de ahora es cosa tuya. Ten, una copia de la hoja de ruta. Nos la han enviado por fax los de Irún.

Francamente, me traía al fresco el origen del terrible papel que mi jefe acababa de encasquetarme por el artículo trece. Mi desolación no iba a disminuir por ello.

“Piensa en el Aniversario, Tomás – decía para mis adentros – . Te olvidarás de toda esta bazofia”.

Y es que no podía haberme mirado un tuerto otro día más que el de mi Aniversario de boda. Diana y yo habíamos conseguido sobrevivir a cinco años de vida en común, superando nuestras múltiples diferencias. Éramos como un mosaico en el que sólo hubiese piezas de dos colores, enfrentadas y tan sólo unidas por finas hileras de otras tonalidades. Esos elementos comunes contribuían a hacer nuestra existencia más o menos agradable, sin grandes temblores de tierra.

Ante lo incierto de lo que iba a depararme ese día, yo no podía hacer menos que esperar un buen final imaginando cómo aprovecharíamos Diana y yo nuestro tiempo.

Una última frase de mi jefe echó tierra sobre mi esperanza:

– No sé a qué esperas. Yo ya estaría montado en el coche camino de Aranjuez.

– Claro, sólo me preguntaba si ya lo habíamos hablado todo.

– Hasta la vista, Tomás.