Sinsonte

Esta es una isla hermosa, tendida como un lagarto bajo el sol radiante de Las Antillas. Sus montañas parecen de juguete: no son como Los Andes, que le hacen cosquillas al cielo con sus picos nevados –ni tienen esos majestuosos volcanes llenos de leyendas. Tampoco tiene una selva

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Esta es una isla hermosa, tendida como un lagarto bajo el sol radiante de Las Antillas.

Sus montañas parecen de juguete: no son como Los Andes, que le hacen cosquillas al cielo con sus picos nevados –ni tienen esos majestuosos volcanes llenos de leyendas.

Tampoco tiene una selva con muchos misterios como La Amazonia, ni ríos caudalosos y bravos como los de la gran América continental.

Cuando vienen los huracanes con sus vientos de furia, arrastrando nubes cargadas de agua, y los relámpagos y truenos les abren las panzas con rugidos de fiera y golpes de luz, los riachuelos y arroyos se enfurecen y crecen y se desbordan con ínfulas de Orinoco o Río Grande.

Son así de envidiosos.

Pero los bosques son apacibles, sin fieras grandes –ni siquiera chicas- y sin serpientes, arañas o escorpiones venenosos; es por eso que los niños exploradores pasean por ellos, acampan y pernoctan sin temor alguno.

Cierto es que no hay monos bullangueros y graciosos, saltando de rama en rama, ni osos hormigueros o mapaches, ni anacondas gigantescas y espeluznantes; pero están habitados por animales también hermosos y simpáticos. Y multitud de pájaros, de todos los colores y con todo tipo de cantos.

Bueno, el puerco jíbaro no es muy agraciado que digamos, y el aura tiñosa –que es nuestro buitre- a muchos le resulta repugnante, no tanto por su aspecto como por su oficio de carroñera.

Sin embargo, el aura anda por todas partes henchida de orgullo –porque está en el Escudo Nacional y porque todo el mundo, incluyendo los niños, la respetan

Pero tiene un enemigo encarnizado que no les da tregua: los pitirres.

Muchos, sobre todo los que no conocen la historia que te vamos a contar, se preguntan de dónde viene ese rencor profundo. Verás:

Hace mucho, pero mucho tiempo, en uno de nuestros bosquecillos las aves vivían con entera libertad. Como los indígenas, antes de la llegada de los españoles.

Y un buen día, es decir: un mal día, salidos dios sabe de dónde, llegaron el halcón, el gavilán y el cernícalo, e implantaron el terror –tal como hicieron los conquistadores europeos con los aborígenes.

Si hay algo que acaba pronto con la libertad, ese algo es el miedo. Pero, por suerte para los hombres y los pájaros, el sueño de la libertad es como un fuego que no se apaga nunca.

Un fuego que vuelve a brotar, como el Ave Fénix, de sus propias cenizas

Y eso, precisamente, fue lo que ocurrió en el bosque: un día, un buen día, las avecillas humildes se cansaron de los atropellos de las aves de presa, y decidieron rebelarse.

La rebelión fue encabezada por los pitirres, quienes fueron secundados por todos los pájaros del bosque.

Y el halcón, el gavilán y el cernícalo no tuvieron otra salida que escapar a toda pluma, acosados por las bandadas enardecidas –tal como sucede cuando los pueblos mansos se hastían de las tiranías.