Una luna de vino tapizó las manos, los dedos, los oídos.
Las narices espiaban desde un espejo blanco.
Los ojos eructaron en mi esqueleto
de hilo.
Entonces,
até mis pies a mi lengua,
mis muslos a mis tobillos.
Me anudé, me refuté.
Caí,
caí,
caí…
…Más allá de la caída,
Li Po
besó mis entrañas
y comprendí la anarquía de lo oscuro