A César, porque sí.
Los dos, César, somos del Mediterráneo, pertenecemos a él, vivimos en él y estamos impregnados de su cultura. Una cultura que, aunque les pese a algunos, es madre y cuna de civilizaciones; pero lo más notable, a mi entender, no es su bagaje de conocimientos, su aportación al saber mundial, lo más extraordinario -repito- es que es una cultura de los sentidos, de la belleza, de la vida y del saber vivir. Es lúdica en toda la extensión de la palabra; por eso es sensual, pasional, explosiva. Eros está siempre presente en sus bailes, en sus fiestas cuya máxima representación es el toro -dejemos para otro momento la discusión sobre esta fiesta-.
Entonces con esta herencia, ¿es extraño que queramos vestir a los sonidos? o , por el contrario, ¿hacer hablar a los colores?.
Si te fijas, tú y yo tenemos los mismos colores; colores primitivos: blanco, añil, negro, rojo…, todos colores básicos y cálidos. Si se quiere se podrá discutir sobre el blanco, el negro o el añil pero nos ocuparía mucho tiempo y no es el caso. La diferencia, el matiz, más que diferencia, a que me refiero nace de nuestra distinta situación geográfica, aunque a los dos nos bañe este maltratado Mediterráneo. Tú, en el levante, al amanecer; yo, al sur, a caballo entre el amanecer y el ocaso, entre la vida y la muerte. En tu paleta, el color tiene la fuerza del recien nacido; en la mía, la del caminante. Tus colores deslumbran; los míos atraen. Pero los dos adoramos al fuego, amamos la noche y el olor a algas.
Sí, ciertamente, cada color tiene su sonido -sus sonidos, diría yo- dependiendo del momento, de la situación…, todos los movimientos son posibles, desde el adagio de las olas, pasando por el «allegro vivacce del beso, o al «lento con duolo» de las campanas.
Dejo para otro momento el sonido silencioso de mi desierto almeriense.
Pero mi situación geográfica me hace introducir un tercer elemento,-igual de sensual y sexual: el olor.
Sí, querido Cesar, el olor. Los sonidos también huelen. El amanecer necesariamente tiene que oler a menta, el atardecer a sándalo. La vida a mar y el mar, a algas. El amor a rosas, pero a rosas de pitimini,-tu sabes porqué-; el desamor a arrayán, ácido y fuerte. La mujer siempre a canela y el hombre a laurel. La muerte a cardamomo con un toque de azafrán.
Meria Albari