LA MANZANA

La desnudaré tan despacio


como alcance su pelambre.


Finamente arrancaré


sus capas verdes


de caballero a la distancia,


sembrado de misterios con piel de luz.


De a poco a poco


chuparé su savia.


Encontraré el cuerpo carnudo


donde estampar mis labios de sangre


en forma de corazón.


Con las manos de gacela


frotaré sus membranas,


oiré su canción de gemidos


cuando destape sus venas.


Por ellas fluye el amor del estreno,


sacado del manual del malabar.


Montaré sus formas


al compás de una libido


en el paraíso terrenal,


antes de que Dios se ocupara


de las formas


y mostrara con el dedo el destierro.


Miraré a los ojos de la serpiente


mientras se enrosca


sobre la manzana partida,


herida de muerte,


pronta a botar sus semillas


y dejar en carne viva el éxtasis,


sueño de un día


contra la primera sombra


que empañó el dulce pecado,


que nos hizo hombres,


a imagen y semejanza del Creador.


Me devoré la manzana,


 me supo a Adán.


Me hice dueña


de un nuevo Edén,


hamaca de cuerpos al desnudo,


unidos en el desenfreno


sobre un pasto de herradura,


donde todos oran


al verbo amar.