Lunes 18 de noviembre, 05:00h. La hora blanca
He debido quedarme dormido. Tengo la boca pastosa y daría un millón de lo que fuera por beber un sorbo de agua fría. Me consuelo pasando la punta de la lengua por los labios. Unos labios resecos y desabridos.
En la otra cama, Concha duerme. Su respiración es rítmica y acompasada. Me gusta contemplarla cuando duerme, seguir con la vista su silueta. Lo hago muchas veces y no me canso. Intentaré no hacer ruido, porque si se da cuenta de que estoy despierto se levantará inmediatamente. Son muchos años los que llevamos juntos, pero me sigue gustando verla dormir. Tabíén despertarla…
La sala está tranquila. No siento ningun timbre. Me alegro por el personal que está de noche, tiene derecho a descansar un rato.
Sigo teniendo sed. Intentaré no pensar en la bebida, ni en la comida. No sé cuanto tiempo llevo sin tener algo sólido o líquido en la boca. Voy entendiendo a los enfermos cuando te preguntan por la comida. Pienso, que más que hambre o sed, lo que se tiene es ganas de llenar la boca con algo. Me resulta difícil, pero tengo que conseguir no pensar en nada líquido (siento la lengua cada vez mas pastosa). ¡Es terrible! Mi lógica médica dice que es imposible que tenga sed. Los sueros, que me pasan, estan calculados para mantenerme hidratado pero, mi cerebro dice lo contrario; resultado: tengo una sed espantosa. ¡Dios, lo que daría por un sorbo de agua!
No me pasa lo mismo con la comida. No tengo apetito, ni sensación de hambre y, eso que llevo el mismo tiempo sin comer. Los sueros no aportan demasiadas calorías salvo algunos, especiales. Por eso noto cada vez más lisa la barriga. Deberíamos pensar, con detenimiento, en estos periodos forzosos de ayuno a que sometemos a los pacientes. Pienso que es un buen tema para debatir en una sesión clínica.
Alguien viene por el pasillo, oigo pasos y murmullo de voces; debe ser un ingreso. Psan de largo. Es normal, puesto que esta habitación la han dejado para mi sólo. Ya se han parado, deben de estar en la 115 (la niña bonita). No me gusta esa habitación, está gafada. Puede que sean manías mías, pero los enfermos que se ingresan en esa habitación siempre dan problemas. En compensación, es la que mejores vistas tiene al jardín. Yo estoy en la 112.
Son las 05:20 h. Me sigue torturando la sed. Dentro de poco, sobre las seis, empezará a haber claridad. Es la hora blanca.
En el pasillo se oye más movimiento. Las enfermeras estarán poniendo la medicación al ingresado. Surgirán las mismas preguntas: «Señorita, ¿eso para qué es?» «¿Está segura de lo que tiene que poner?» «¿Es qué no va a venir el médico?» «¿Le podemos dar agua?» «¿Pero, es qué no va a venir el médico?» «¡Llámmelo!» Siempre es igual. A la angustia de la enfermedad, se añade el temor a lo desconocido, y, también, por desgracia, una gran dosis de desconfianza. Lo primero es lógico; lo segundo, provoca, casi siempre, una respuesta inadecuada. Espero que esta noche no se de esta situación. Vuelve el silencio.
Dentro de un par de hora, más o menos, comenzará la actividad normal del día.
Concha, sigue durmiendo plácidamente. Debe de estar rendida. Son mucahs las noches que se ha quedado. ¡La casa, los niños y el trabajo! Menos mal que la convecí para que se tomara un permiso. Tengo que conseguir, puesto que aparentemente estoy fuera de peligro, que ya no se quede a dormir. Pero, debo de reconocer, que me tranquiliza verla. Sé que es un pensamiento egoista – machista, diria mejor-, lo reconozco sin pudor, pero me gusta sentirla cerca. Es placentero verla dormir.
Comienza a entrar más claridad por la ventana; dentro de un momento las pájaros empezaran a piar. La noche está tocando a su fin.
La noche, siempre me ha gustado la noche. Cuando era estudiante – hace ya tanto tiempo-, estudiaba por la noche. Tenia una pequeña radio cuya antena era un cable enganchado a un tubo de hierro. Sólamente podía sintonizar una emisora que cada hora daba un informativo, pero entre uno y otro, emitía una música excelente. La noche siempre me ha seducido. Pero, estas noches de hospital son largas y agobiantes. Hacen que pensemos demasiado, que rebusquemos en nuestro interior, que nos desnudemos. Y eso, aunque sirva de catarsis, no es bueno ni ayuda al enfermo. Hay ciertas cosas que es mejor dejarlas donde están y no despertarlas. La noche -como cantaba Atahualpa-,la hizo Dios para que el hombre la gane.
Empieza a notarse el despertar de los pájaros. Aun no ha amanecido. Concha se remueve, pronto despertará. Espero que haya descansado.
La actividad en la planta comenzará también dentro de poco. Tras la puesta de termómetros, recogida de éstos, lavado de los pacientes, pasaran unas dos horas hasta que les traigan los desayunos, a los que puedan comer. La vista médica y las demás tareas harán que la mañana pase deprisa. Cualquier cambio de la rutina será un acontecimiento. Lo menos importante es el por qué; lo significativo es el cambio «per se».
La claridad va en aumento. Siempre he tenido una especial atracción por estas instantes previos a amanecer. Son momentos de paz, de sosiego. Es lo que yo llamo la «hora blanca», aunque no se corresponda exactamente con sesenta minutos de reloj, ni con el color. Es una hora vacía, de quita y pon. Distinta en cada sitio, pero siempre íntima. La puedes llenar, dependiendo de tu estado de ánimo; la puedes guardar, dejarla aparcada o simplemente olvidarla hasta que te haga falta. Es como una hoja de un dietario. A
mí, me sirve, especialmente, para recordar. Es mi rincón de las cosas pequeñas. Es el momento que juego con el niño que fui.
El piar de los pájaros, el ssurro de sus vuelos, está llegando a su punto máximo. Te das la vuelta y me sigues pareciendo hermosa. Dentro de un momento, como por arte de magia, volverá el silencio y, casi sin que nos demos cuenta, amanecerá. Me gusta el silencio, su música, su color. No, no estoy loco, el silencio habla y tiene color: es la música de las estrellas, el runmor de las olas, el repicar de las campanas, el color del desierto, de mi desierto almeriense, lleno de ocres, de amarillos, de sienas… Tiene el sonido y el color de la vida que se nos va.
En la sala empieza a haber movimiento. Enseguida empezaran a tomar las temperaturas. Los ruidos cada vez son más familiares y tambien los olores. Pronto, muy pronto, vendrá un rico aroma a café. El turno de noche, como es habitual, habrá preparado una cafetera para el turno entrante. Esta costumbre puede ser un castigo para los pacientes. La fragancia del café recién hecho despertará, sin lugar a dudas, los demas sentidos (yo soy cafeinómano), pero hay que entender esta vieja costumbre. Es el momento en que el presonal saliente comuinica las novedades al que viene. Es un tiempo para la comunicación. Sinceramente, pienso que es una buena costumbre aunque…¡quien pudiera tomar una taza!
– Buenos días, amor, ¿has descansado?