Sábado, 23 de noviembre, 12:30 h. La hora azul
Siento que debería estar contento; pero algo en mi interior , como un pellizco, me dice que no eche las campanas al vuelo. ¿En qué me baso para tener este recelo? Sinceramente, no tengo ningún motivo para ello; intentaré que no se me note: ¡sonrisa de oreja a oreja! En la habitación todo es alegría. ¡Por fin!, me voy a casa (han de traeerme un informe provisional, y el definito se lo entregaran a Concha el lunes, es sábado y no hay secretaria) pero…
Todo el mundo hace algo: recogen revistas, el libro que estaba leyendo (las flores se quedaran en el estar de las enfermeras), lo bombones que he comparado para el personal. Es una actividad casi frenética (me esta cansando) con la que se pretende olvidar los malos momentos.
Sigue el ajetreo. Pondré cara de cansado (truco aprendido en estos días pasados) y, sin decir nada, la gente, poco a poco, se irá calmando. Esta engañifa tiene el inconveniente de que, pasado un momento, te acribillan a preguntas: «¿qué te pasa?,¿te encuentras bien?, ¿te notas algo?…» Tienes que tener paciencia, esperar, y, poco a poco, sin prisas -recreándote por dentro-, vas poniendo mejor cara hasta llegar a la normalidad. ¡Cosa santa!, se termina el barullo y …vuelta a empezar.
Yo sigo con mi resquemor.
La auxiliar entra para preguntarme si me marcharé después de comer. Le respondo que no. Nos iremos tan pronto como me traigan el informe de alta.
Concha me mira inquieta. Sabe que tanta gente en la habitación no me gusta, pero,no es eso lo que noto en ella; es una mirada más inquisitiva: está detectando mi intranquilidad, tendré que esforzarme y disimular mejor. Se acerca, me coge la mano.
– ¿Estas bien?
– Le aprieto la mano y la beso.-No es nada,un poco cansado y, ¡tanta gente!
– ¡Paciencia!, dentro de un momento estaremos en casa. ¿les digo que se vayan?
– No, déjalos.
– Toma -cogiendo las cajas de bombones y empujámdome suavemente hacia la puerta-, ve y dáselas tú mismo a las «niñas».
Es una manera sutil de hacerme salir de la habitación. Noto su mirada cariñosa en mi espalda, mientras me dirijo al estar de las enfermeras (las «niñas»). Diré – para el que no esté habituado-, que en nuestra jerga solemos llamar de esta manera al personal de enfermería y auxiliar; a los varones los llamamos por su nombre. No se piense que es una descriminación sexista, todo lo contrario, es una forma cariñosa de referirnos a ellas. En el estar surgen los comentarios y bromas habituales. El afecto es mutuo.
En esta pequeña habitación -¡pequeña en verdad!-, que es el estar, he pasado buenos y malos momentos. He visto llorar a más de una enfermera y auxiliar por la muerte de un paciente; también a familares (yo mismo he aguantado más de una vez las lágrimas). Me he exprimido los sesos buscando soluciones. Por el contrario, he tenido conversaciones muy agradables – casi siempre de madrugada y tomando un buen café-, he jugado a las cartas, al parchís, a las plabras, etc….Las noches pasan, de esta manera, más deprisa.
Regreso a la habitación. Solamente está Concha que lee pacientemente una revista. Quedan un par de bolsas, se han debido de llevar las otras. Es curioso la cantidad de cosas que podemos acumular y, con seguiridad, que la mitad de ellas, como mínimo, no nos sirven para nada. Parecemos urracas guardando cosas.
Me siento en el borde de la cama y recorro con la vista la habitación. Me la sé de memoria. Conozco hasta sus más mínimos detalles. Cuando me cansaba de leer, me dedicaba a decorarla. He recorrido todos los estilos y todas las épocas.
La espera del informe se me hace insoportable; me acerco a la ventana y miro, por enésima vez, al jardín. Concha sigue leyendo, aparentemente tranquila, y cuando se cruzan nuestras miradas me sonrie. Abro una bolsa y miro en su interior, no busco nada en concreto, sólo mato el tiempo.
El tiempo: «el gran escultor» que diría Marguerite Yourcenar; totalmente de acuerdo con la escritora belga. El tiempo lo cambia todo, sin prisas, lentamente. No hay nada, ni nadie, que escape al rigor de su escoplo.
Mi pesadumbre aumenta, y mi impaciencia, también. Intento disimular aparentando una calma que no tengo.
Quisiera estar ya en mi casa, rodeado de mis cosas, de mis libros. Acariciar a mi gato y jugar con mi perra. Oir la música que me gusta; echo de menos hasta el pitido del claxon con que se anuncia el panadero; la voz, desagradable,de la vecina de enfrente llamando a su perra. Necesito recuperar las pequeñas cosas cotidianas.
Es curioso ver como lo que añoramos son aquellas cosas a las que normalmente no prestamos atención, que no tienen un valor tangible y que, sin embargo, nos acompañan siempre. También nos ocurre con las personas.
Llaman por el móvil (invento diabólico que hace que estemos controlados las 24 h. del día), en casa se impacientan por la tardanza. Los tranquilizo; pero lo cierto es que están tardando más de la cuenta, incluso para ser sábado.
Hasta ahora no me había dado cuenta lo desesperante que puede resultar esta espera. Esta misma situación, pero desde el otro lado, la he vivido muchas veces. Nunca he sido consciente de lo agobiante de ella. Me refiero a las altas de los sábados y días festivos, cuando no se dispone de secretaria y tenemos que hacerlas nosotros, o, por lo menos, un informe provisional. Siempre he dejado para lo último este trámite. Ahora que lo sufro, veo lo desagradable de la situación. ¡Mea culpa!
Ese maldito papel, lleno de tecnicismos, cifras, y su sobre, como el que no quiere la cosa, es la línea divisoria entre un «antes» y un «después»; un «antes», que se vive a retazos, desvalido, casi sin opinión; un «después», lleno de esperanzas pero, muchas veces, incierto. No deja de ser, cuanto menos, terrible comprobar cómo una situación tan extrema, como la enfermedad y su aparente terminación, estén marcadas por un trozo de papel metido en un sobre.
La rutina nos hace descuidar estos detalles. No pensamos que, lo que para nostros es habitual, para el paciente y para su familia, es inusual. A veces, un acompañante (siempre son los acompañantes), pregunta e, inluso, protesta pero lo normal es que esperen. Es cierto que cuando el informe llega se olvida todo, pero…
Este es el motivo de mi desazón: «el después» que comienza a hora, ¡que ha comenzado ya!. Un futuro que tendré que ir haciendo con paciencia y mimo pero, al mismo tiempo, con una pequeña dosis de improvisación y de travesura: una mezcla de «Hormiga» y de «Cigarra». Eso es: como una «hormiga despistada». Tendré que aprender a ir más ligero, menos encorsetado y, sobretodo, a no tener prisa: Gonzando cada segundo como si fuese el último.
Concha me mira. Veo su cara reflejada en el criatal de la ventana, ¡que suerte tengo!
Dr. Tortosa, su alta
¡Por fin!.