EL COLOR DE LAS HORAS (IV Y FIN)

Domingo 24 de noviembre, 10:20 h. La hora verde.

He dormido de un tirón. Por primera vez en mucho tiempo no me han despertado para tomarme la tensión, darme una pastilla o comprobar la temperatura. Es un placer estar vagueando en la cama, sin prisa por levantarte; sentir la tibieza de las sábanas sobre la piel desnuda. ¡Por fin puedo dormir sin pijama! Me estiro como un gato.

En la calle hay niños jugando. Hace un buen día de sol. Estoy en mi casa, en mi cama, y… ¡no me lo creo!; otro estirón, ¡que delicia! Los niños se han ido, se escucha pasar un coche y los perros del vecino que le ladran. Tendré que ir pensando en levantarme, pero… ¡se está tan a gusto!

Oigo el tañido de una campana. Debe ser la del convento de las Trinitarias porque suena cerca. Es posible que estén llamando a misa. Es un sonido que se está perdiendo. En las grandes ciudades es raro escucharlas. No hay tiempo para voltear las campanas. No hay tiempo, ¡ni para el tiempo!. También se ha perdido la facultad de oírlas y de interpretar su lenguaje. No todas las campanas de un campanario tienen la misma nota musical, la misma voz; ni tañen para las mismas cosas. Cada una tiene su función, su oficio y su carácter. Las hay tan especializadas que, a lo largo de su longeva vida, pocas veces nos dejan oir su voz.

Pero, como he dicho antes, estamos perdiendo la capacidad de entenderlas; quizás, en los pueblos y en las ciudades pequeñas podamos encontrar a gentes que interpreten su melodioso lenguaje. Pero, por desgracia, es un sonido condenado a desaparecer.

De higos a brevas, en alguna ciudad, se puede oír un concierto de campanas. A más de uno, semejante despliegue musical es casi seguro que le producirá un infarto; y otros, civilizados ellos, saldrán corriendo a poner la correspondiente denuncia por perturbación del orden público; pero también habrá manos que abran las ventanas, los balcones y las puertas para que es múltiple tañir entre, sin dificultad, hasta el último rincón de sus casas; entre esas manos estarán, sin lugar a dudas, las de los niños.

Los mejores años de mi niñez, los más felices, los pasé en casa de mis abuelos. Tuve suerte, ¡mucha suerte! Recuerdo una casona grande, con su jardín y un corral lleno de animales de todas clases. Pero el recuerdo principal, la imagen más entrañable, es la del abuelo sacando su reloj de bolsillo a las 12 del medio día, cuando la campana de la iglesia daba el toque de «Angelus»; esperaba un minuto, antes de guardárselo, lo que tardaba en oír el reloj del ayuntamiento y decír, socarronamente:»…este alcalde siempre detrás del cura…»¡Que años, que recuerdos!

No veo el momento para levantarme, ¡estoy tan a gusto entre las sábanas!; otro estirón más.

Los niños han vuelto. Oigo sus gritos -hoy no me molestan-, casi siento envidia de sus juegos, de sus risas; además, se ven tan pocos niños jugando en las calles. En mi época si que jugábamos: al fútbol, a las chapas, a las bolas, a las guerras…; cada estación del año tenía sus propios juegos. No había tantos coches y se podía utilizar la calle como campo de juegos; tampoco existían las consolas, los videojuegos, en algunos sitios la TV. Si, jugábamos en la calle y, también, ¡nos zurrábamos!.

Oigo el sonido de otra campana; más lejano. Yo diría que viene del campanario de la Colegiata. Es un toque solemne, solitario y triste, muy diferente del que me ha despertado: el toque de difuntos.

Sigo recreándome en mi pereza. Un poco más y me levanto, ¡lo prometo!

Llega un fuerte olor a café. Esto anuncia que dentro de poco vendrán a ver si estoy despierto y, ¡seguro!, que me traerán el desayuno a la cama: café y churros. ¿Sería pedir demasiado? Dudo que puede ser, pero…

Miro las marcas que han dejado las agujas, los catéteres, en mis brazos. El cielo me parece cada vez más azul y limpio. El olor a café es, ahora, más intenso; lo mismo que el ruido que llega de la calle. Risas de niños, repicar de campanas y pájaros volando. Me siento feliz, me siento vivo

Le he hecho un buen guiño a la muerte. Si, hemos jugado una buena partida y, por el momento, hemos quedado en tablas. Unas tablas que pretendo que duren tanto como sea posible. No es que le tenga miedo, no me asusta en absoluto, pero cuanto más tarde nos volvamos a encontrar, ¡mucho mejor!

Otros no han tenido tanta suerte, jóvenes o viejos, y ese funcionario eficaz, tenaz, puntual y silencioso que es la Señora de la Guadaña, aparentemente, le ha ganado la partida. Si, digo bien, «aparentemente» y ella, que no es tonta, lo sabe. Por eso necesita de esa fama de despiadada, de dañina y solitaria. Precisa vestirse con esas ropas negras, su guadaña, y esconder su rostro tras una calavera. Todo es un puro cuento. Una burda mentira urdida para enganñarnos. Es demasiodo lista para dejarse ver sin afeites; al fin y al cabo no deja de ser mujer.

Sabe que solamente dispone de nuestros cuerpos -pírrica victoria la suya-, y, éstos no dejan de ser más que materia orgánica mejor o peor dispuesta. Vale, si, hay algunas materias orgánicas que quitan el hipo, pero no dejan de ser eso: materia orgánica.

Decía todo esto, porque pienso que mientras haya alguien que recuerde una palabra nuestra, un gesto y ese recuerdo le provoque una sonrisa, no habremos muerto, estaremos vivos. La verdadera muerte es esa; la otra, no deja de ser un mero trámite, bastante molesto, que no hay más remedio que cumplir.

Los recuerdos son importantes, ¡muy importantes!, y deberíamos saber guardarlos. Deberíamos tener un rincón donde almacenarlos. No hace falta que sea muy grande, solo lo justo, para guardar nuestro primer amor, el primer beso, la sonrisa de nuetros hijos, la primera lágrima, el olor a mar, el canto de los pájaros, el tañido de las campanas, la risa de los niños, la primera cita y, ¡tantas pequeñas cosas!

En estos días he aprendido a valorar esas pequeñas cosas. La desesperación de los primeros momentos, la rabia de sentirme enfermo, fue dando paso a la esperanza, a la alegría de sentirme querido. Fui llenando los días con pequeños logros: como incorporarme, asearme o comer sin ayuda; dar pequeños paseos y leer, sin cansarme; la alegría de ver un nuevo amanecer; el valor de una palabra amable o el calor de una caricia; el lenguaje del silencio y su música…

Esto es lo que la Señora de la Noche sabe y no quiere reconocer. Por eso necesita de toda esa parafernalia, de su secretismo, de su disfaz. No quiere que sepamos que ella es la gran perdedora, porque cada vida que se lleva es un libro de recuerdos que cierra y que no puede volver abrir. Y, lo creamos o no, llora.

Aprendí a vivir