¡Callad, no me habléis más!
Las palabras se convierten
en vuestras bocas puercas,
en obscenas, en insultos
a la humanidad.
¡Callad, no me habléis más!
Los voceros del poder
se desgañitan gritando
contra mis indefensos oídos:
libertad, igualdad, fraternidad.
¡Callad, no me habléis más!
Escondéis vuestros miserables intereses
tras las cumbres, los acuerdos,
las conferencias de paz,
y fabricáis, mientras tanto, sin pudor,
nuevas armas para matar.
¡Callad, no me habléis más!
Me atormenta tener oídos
para escuchas y ojos para ver,
cabeza para entender
y corazón para sangrar.
¡Callad, no me habléis más!
Ojalá se os atraganten los muertos.
Ojalá se os coman los hambrientos.
Ojalá os encadenen con el oro
de vuestros castillos, los que
sufren cárcel, hoguera,
falta de libertad.
¡Callad, no me habléis más!
Deseo que llegue el día en
que una mujer, cientos de mujeres,
todas las mujeres del mundo,
lapiden vuestra palabras vacías y sin verdad,
con piedad.
Sí, sí, con la misma piedad que ahora empleáis
cuando os rasgáis las vestiduras,
sin causaros ni un solo rasguño en el alma
ni en la piel.
Cuando gritáis desde vuestros
cómodos sillones de bondad,
contra tanta barbarie, por supuesto,
de los demás.
¡Callad, no me habléis más!
Callad mientras no seáis capaces de ver
la misma miseria, el mismo horror,
la misma terrible vergüenza a vuestro alrededor.
A los dueños del mundo me dirijo,
seáis quiénes seáis,
¡Dejadnos en paz!
En nombre de los que sufren lejos
o en mi barrio, en los poblados marginales,
o en las jaimas del desierto
en la guerra,
o en la paz.
¡Os lo ordeno!
¡Callad, no habléis más!
24-03-02.
Mercé Sànchiz