EXPERIENCIAS DE UN DIABÉTICO

No soy médico, pero sí diabético. Contraje esta enfermedad hace aproximadamente ocho años y convivo con ella sin apenas modificar mis hábitos alimenticios. Cuando en un análisis clínico rutinario se me detectó esta dolencia, mi nivel de glucosa en sangre era de 150 mg. “¡Cuidado!”, me advirtió la médica que me trataba. “La cosa todavía no reviste gravedad, pero estoy completamente segura de que, a corto o medio plazo, tendrás que someterte a un tratamiento riguroso”.

Por entonces yo tenía ciertos conocimientos sobre nutrición humana, porque estudié durante un par de años Bromatología y, al menos los principios básicos de una correcta alimentación, los tenía bien aprendidos. No obstante, me adentré un poco más en el complejo estudio del metabolismo de las grasas, proteínas e hidratos de carbono y me hice una idea bastante clara de cuál habría de ser mi comportamiento en adelante, no sólo en lo relativo a la alimentación sino también en lo concerniente al control de mi psiquismo. Y acerté. Todavía, después de ocho años de aquello, sigo sin medicarme para combatir esta preocupante dolencia que día tras día va en aumento en el mundo, sobre todo en los países más desarrollados. La determinación que tomé fue muy simple, y voy a explicarla por si le puede servir a alguna persona. Pero antes de ello permítaseme que haga una recomendación a quienes viven con demasiada alegría y no se toman la molestia, porque se creen sanísimos, de acudir al médico de vez en cuando. Visitad al galeno al menos una vez al año. Es conveniente para la salud.

Los síntomas más frecuentes de la diabetes son: excesiva secreción de orina, sed y progresivo enflaquecimiento. No vamos a entrar en detalles del porqué de estos síntomas dado que la explicación ocuparía bastante espacio. En mi caso se dio la circunstancia de que, pese a comer en demasía, cada día estaba más delgado. No tenía sed ni orinaba con frecuencia, pero sí me abrumaba el apetito y acudí al consultorio médico porque me olía de qué podía tratarse lo que me estaba ocurriendo.

El tratamiento que me impuse fue sencillo, aunque tedioso. Primero calculé las calorías que necesitaría mi organismo para marchar más o menos bien, en función de mi actividad. Luego establecí la dieta a seguir y a continuación me puse a meditar sobre las siguientes preguntas que yo mismo me planteé:

¿Qué más debo hacer para completar mi tratamiento? La respuesta me vino dada de inmediato: Debo idear un modelo de vida, una filosofía que me permita poner en sintonía la mente con el cuerpo. Evitar los disgustos y las inútiles tensiones, caminar al menos dos horas diarias, leer buenos libros, escuchar música clásica, escribir, hacer relajación diaria y, sobre todo, reír. Mirarme todos los días en el espejo y decirme: ¡Joder, qué joven estás!

A veces voy a la discoteca (no porque me atraiga el baile de estos tiempos, trepidante y bullanguero, sino por observar el desenvolvimiento de la juventud para luego poder decir cosas en mis creaciones literarias) e incluso bailo con el fin de hacer más ejercicio; pero, oye, ¡ni gota de alcohol! Tampoco refrescos, porque contienen azúcar. Agua mineral. Y me lo paso bomba charlando con los jóvenes, que al principio me miran con extrañeza, como preguntándose: ¿Pero este tío de qué va? Yo les sonrío y ellos me devuelven el saludo con otra sonrisa. Después charlamos a voces, mientras el mogollón de decibelios atruena en el local.

– Baila con mi chica, viejo -lo de “viejo”, aunque el chaval tiene toda la razón del mundo, dado el tono como me lo larga me suena a lisonja.

– Pero …¿si me aprieto mucho me vas a currar?

– De eso nada, tronco, que mi chica sabe defenderse. ¿O es que te crees que la juventud no está al loro en estos tiempos que corren? Si te arrimas mucho y ella traga, que cargue después con su “abuelito” -y el grupo se desternilla a carcajada limpia.

Ha sido un ejemplo de comportamiento. A la vida hay que sacarle todo su buen jugo, en vez de chupar los humores ponzoñosos de la discordia.

Sí. Camino dos o tres horas diarias, según posibilidades; distribuyo la alimentación en cuatro tomas: un desayuno con pan tostado y café, a media mañana una fruta, al almuerzo una comida normal y por la tarde, sobre las ocho en invierno y una hora más tarde en verano, una cena frugal. Después de la cena, llueva o truene, mi caminata de una hora y luego, pasadas tres horas, a la cama. Las mismas calorías, pero distribuidas en varias veces para evitarle al páncreas el esfuerzo innecesario y contraproducente de producir -si le es posible- la insulina indispensable para metabolizar la glucosa. De los pasteles y dulces en general huyo como el diablo de la cruz, así como también de las grasas. No obstante, como éstas son necesarias para el buen funcionamiento del organismo, mi consumo de lípidos se centra casi exclusivamente en el aceite de oliva en crudo, algo de pollo, pavo y conejo; pero más que nada, pescado a la plancha, o hervido. Buenas ensaladas y nada de plátanos, dátiles y frutos excesivamente azucarados. Hay una excepción en mi dieta. Los edulcorantes no los tolero. No porque me hagan daño, sino porque su sabor es para mí repelente. Utilizo, a bajas dosis, fructosa. La fructosa no necesita de la insulina para ser metabolizada, pero ¡ojo!: se convierte en glucosa, que sí necesita del funcionamiento pancreático.

Cada dos días me hago yo mismo un análisis al levantarme: 95 mg., 105, 113, 120 … Únicamente cuando me excedo alcanzo los 140 mg. Pero no me cabreo, porque el enfado es malo para todo, especialmente para los diabéticos. Simplemente me digo: César, cuidado.

La diabetes mal controlada es perniciosa por diversas razones: produce impotencia, desestabiliza el sistema vascular,se da una combustión imperfecta de las grasas acompañada por acidosis; la enfermedad evoluciona con disnea, hiperlipidemia y cetonuria hasta el coma. Puede haber prurito y poca resistencia a las infecciones piógenas … ¡Huy! ¡Peligro! Hay muchos jóvenes que, por descuido, son diabéticos sin saberlo y se extrañan de que en sus relaciones sexuales la erección deje mucho que desear. ¡Naturalmente, chiquillos! Cuando el exceso de glucosa en la sangre y en la orina es excesivo, la “fontanería” funciona mal. ¿Qué os creíais, que por ser jóvenes no os iba a afectar el comer dulces a todo pasto, o que por jalaros un kilo de pan diario o atracaros de pastas industriales no iba a pasar nada? ¡Venga ya!

Vuelvo a insistir: Visitad al médico de vez en cuando quienes os encontréis bien de salud. En cuanto a las personas mayores que nunca han tenido “nada”, desconfiad. Cuando la diabetes avisa, en muchos casos ya no hay remedio: insulina de cerdo al canto.

César Rubio (Augustus)
Miembro de
Escritores Castellano-manchegos
Y de La Mediterranía.