SEDUCCIÓN (II)

Lo difícil en el tratamiento de temas que afectan a la mujer es decir la verdad (la propia de cada persona). En estos tiempos que corren, escritores y poetas, pintores y artistas en general (sé de pocos que hayan sido capaces de expresar en su arte todo, absolutamente todo lo que piensan y sienten sobre este controvertido tema) adulan a la mujer porque eso vende. Las señoras leen más que los caballeros, e influyen en sus respectivos a la hora de comprar un cuadro, un apartamento, un coche, o un simple osito de peluche. Yo, que mi única ambición es sentirme lo más libre posible, diré cuanto sienta y piense, porque si de hacer un favor a la mujer en su justa reivindicación se trata, la mentira no va a favorecerla. Por lo tanto voy a seguir con mi discurso, le pese a quien le pese. Este es el precio de mi precaria libertad.

Hoy he recibido un e-mail de una señora que, por sus modos expresivos y fineza de lenguaje, me ha cautivado. ¿Se le puede llamar a esto seducción? En parte sí, a falta de conocerla en persona: su físico, sus maneras y gestos, su mirada y la sonrisa de sus labios …Sin embargo, con un toque de distinción, me ha tildado de machista como respuesta a mi anterior artículo sobre el tema de referencia. “Señor, debería usted acomodar su virulencia, excesivamente «masculinizada» (¿cómo no interpretar de un modo correcto este participio, esta elegante manera de llamarme machista?), a los nuevos tiempos. La mujer merece mejor trato”.

La mujer, lo mismo que el hombre, merece un trato digno; no tengo la menor duda de ello. No obstante, me pregunto: ¿Supone atentar contra la dignidad femenina decir que su instinto maternal interfiere en el problema de la seducción? ¿Es, por ende, extrapolando circunstancias genéticas, una barbaridad atribuir al hombre los efectos seminales de que hablábamos en el artículo anterior, y, en consecuencia, su comportamiento seductor, cuya invariable tendencia le obliga a mentir en muchos casos para lograr de la mujer los fines que desea? ¿Acaso no estamos unas y otros mediatizados por la autoridad inquebrantable de Natura y, lo que todavía es peor, por las modas y los intereses de las minorías dirigentes? Pongamos un ejemplo de lo que supone la seducción más natural que conozco: la de los niños.

Todavía babeando, la chiquilla, por reacción instintiva, mueve sus frágiles caderas ante la presencia de su oponente, otro chillo. Ella ignora que su culete (tafanario menor para distinguirlo de otros rulés granados) posee el «don» de una de las más poderosas seducciones femeninas (al menos para mi gusto, la más elocuente). Sin embargo, agita su mullida y alabeada anatomía para deslumbrar al macho en ciernes. ¿Por qué si todavía, en conciencia, no sabe nada de sexos? No lo sabrá su conciencia de vigilia, pero sí su otra conciencia, internada en las oscuras profundidades del subconsciente. ¿Ha quedado claro el verbigracia? Para algunas damas no, desde luego; mas lo comprendo: es la ley.

Desde mi punto de vista (dejando al margen los infectos intereses crematísticos), el arma seductora más poderosa que tiene el hombre es la palabra. En la mujer su arsenal es imponente: mirada, sonrisa, timidez, inocente rubefacción facial (a veces hasta alcanzar cierto tono cianótico), musicalidad verbal, languidez, melancolía (el suspiro en ella equivale a la fisión de los sentimientos varoniles; es decir, al estallido de una bomba nuclear emocional), graciosos perpendículos bien prietos en una ratonera de tul ilusión … Lo mismo, casi, que en el caso del varón, pero con dengue. Lo que al hombre le falta es eso: dengue. Le sobran palabras; pero, ¡ay!, «por la boca muere el pez».

Mismamente ayer noche, en Valencia. Camino del hotel se me acerca una señora: “¿Tan solito por aquí, tan sin compaña?” Le respondo: “Cosas de la vida, amor, y sueño a manta”, para que rimara. Pues bien, con rima o sin ella, pensé lo que pensé e hice cálculos. «Tengo cinco horas por delante. Si a esta mujer la favorezco con treinta euros todavía me ahorro sesenta, de lo que me costaría dormir en un tres estrellas. A por el dengue», me dije, y acerté. La chica me contó sus cosas y yo a ella las mías. Tal vez nos mintiésemos un poco, pero nos sedujimos. Y caminamos en la oscuridad del creciente lunar hasta acomodarnos en una cafetería. Yo, de señor; ella de puta barata, con más dignidad que el lucero del alba. Sin atender miradas indiscretas, sin importarle el hostil entorno. Con más dignidad, insisto, que la mía por treinta euros. Porque una puta es una santa que siente y vive la realidad del momento con el esplendor de una doncella. Quizá esa encantadora buscona, ángel de las luminosas tinieblas, hubiera podido ganar más con otro hombre; pero prefirió el juego de la seducción. No hubo nada más que palabras, encanto y mágicos misterios, y en el fondo de esa magnánima mujer un atisbo de felicidad. Porque fue escuchada como bien merece toda persona.

“Atiéndeme, Pilar, antes de irme a la Estación. La más efectiva arma de la mujer es su propio desarrollo. Hasta ahora no ha podido lograrlo, pero lo conseguirá algún día si sigue tu ejemplo”.

Nos dimos un beso en las mejillas, y en mis labios siento la ausencia del beso más hermoso de todos cuantos he podido dar a una mujer.