CARTAS ALICANTINAS (II)

        5.-     LA EXPLANADA DE ESPAÑA
       «El corazón es un piano en mitad del pecho», asegura mi amigo Algazel, un filósofo ambulante, al que he bautizado así en honor al filósofo árabe medieval crítico de la metafísica aristotélica. Es asiduo de la biblioteca pública del Paseíto Ramiro, entre cuyas palmeras, antes de la remodelación, se erigía un pedestal sin busto dedicado a Rubén Darío, y cada día Algazel pasa por el arco detector de ladrones de libros, se sienta en aquellos «semibajos» asientos hojea/ojea todos los periódicos y se emborracha de noticias frescas y luego medita, saca sus propias conclusiones, sus razonamientos, sus propios pareceres.
         Tal vez mi amigo tertuliano tenga razón en que el corazón y el piano es la misma cosa, por eso, yo, cada mañana me echo el piano al hombro con alegría y salgo a tocar música a mi ciudad, a inventar la ciudad alicantina, calle a calle, plaza a plaza, edificio a edificio, a contar esquinas y las  palmeras que se han ido de visita a Elche. Me siento en una de las sillas plegables y coloreadas de la Explanada de España, sillas de arco iris pintadas y rescato las que faltan o se llevó la noche con su manita de estrellas, y la complacencia de la luz de la luna que raptó los ojos de las farolas, insomnes y pálidas, y allí toco mi piano, observo cómo los jardineros de las manos afiladas en la húmeda manguera riegan las onduladas olas pétreas, apaciguadas, lentas de solería del paseo hasta borrar la marea negra (chapapote) de la suciedad de los sonámbulos en el cubalibre derramado que rompieron sobre ellas los vasos.
         Como un robinsón urbano, desertor de la cama usada, he madrugado, los coches han madrugado más que yo, la ciudad no duerme porque le sobra voluntad para sobrevivir y sobreponerse a la luz que, parsimoniosa, desviada furia de lo invisible, se apodera del amanecer sobre el mar harapiento de tornasoles matutinos, y no deja que la yema rompa el huevo del día. 
         Siempre empiezo el día por el emblemático paseo de mi amada Alicante, por la Explanada de España, al borde del ponto, sin esquinas, condecorado de olas y sillas de colores, y, alcanzado por esta soberbia luz levantina que te sana de los años acumulados en sexenios, y luego, borracho de verdes esmeraldas, bajo los abanicos de las orgullosas palmeras, tomo mi piano entre los brazos cual guitarra de niño de pecho, y espero a que la olas petrificadas de la solería se eleven  y lleguen a mi encuentro y me bañen de pies y la quilla de la música, porque soy nave anclada en el muelle imaginario de tu cuerpo y de tu espíritu que late a la sombra quieta de una ilusión perdida porque adoro esas palmeras «desenlace de surtidor hernandiano»,  como cañones de corsarios puestos en batería y en pie, apuntando al vetusto edifico del Hotel Palas  que recuerda una arquitectura ya arqueológica en la historia de la ciudad.  Y las de bocas verdes,  un fuego lacio de ramas color vejiga y curvados follajes, ocultan las ventanas, con caras poliédricas de cristal y algunas se balancean y se pliegan entre ellas, arriba, besan al sol sin odio, a toda risa sin prisa que la brisa les carcajea.
         He dejado el piano/nave de mi corazón navegar a la deriva en medio del puerto y me he puesto a improvisar sonetos viejos de 14 mástiles, canciones románticas que el añejo olor a rosas empalagosas, emboscada del amor, cerró heridas y restaño resentimientos, y camino hasta el Ícaro que con su tabla de winsurf quiere salir del puerto sin mojarse. ¿Cómo está el agua?, le pregunto, y no sé por qué, él no me contesta.   Se me acercan niños sobre ruedas en sus cunitas de nácar, otros más espigados con sus maletas escolares, palomas que ensayan en el auditorio el vuelo de la música, viejos domadores de años pasean sin destino fijo, perdidas las ambiciones y los proyectos arriesgados, empeñados en ahuyentar la artrosis,  fotógrafos del tiempo, y turistas, no japoneses, con las armas inteligentes de sus cámaras digitales atestiguan de que estoy vivo, que lo dudo, y toco una canción que acabo de componer: «fugitivos rayos del terco sol levantino».    
         Cuando las musas, ya viejas profanadoras de la inspiración,  se han cansado de oírme aporrear las teclas de mi corazón/piano,  cometas de amor puro en arco de cuerdas románticas,  todos los rayos de sol como un arpa  se han confabulado en acordeones, se han sentido proclives a la mansedumbre de la tierra que amasan raíces y abrigo de soledades que nunca puedes quitarte de encima.  Los músicos han de partir hacia las sinfonías, este domingo sin honores, han cosido con imperdibles de acero niquelado las partituras sobre los atriles que vuelan notas en do, en si, en fa… Luego pliego mi corazón de música y navego sin remos con cuidado de no salirme de las crestas de las altas olas/palmeras con música de acordeón, hacia las blancas horchatería para hacerme la prueba del nueve en cordura y sin alcohol.
         Y cuando he dado un paseo completo al estadio de la Explanada,  termino cerca de la parada de los taxis con fondo la fuente «artesanía del agua» como surtidor de ciprés sin Guillén, y el mástil con la adorada bandera rojo y gualdo, los soldados de bronce en custodia y defensa de la ciudad. Mi corazón es un piano y una bandera grande como una Explanada de España.


 


        6.-LA PLAZA DE LA VIÑA
        Desde mi terraza blindada y acristalada, acorazada, acariciada por la molesta luz del amanecer a mi espalda, veo la cuadrangular plaza que unas palmeras niñas y en crecimiento lento ajardinan como setos el centro de mi mundo visual.  Justo en un ángulo sube  una columna metálica que por la noche se convierte en gigantesca farola Polifemo,  que las ilumina y sobre todo, cuando se celebran fiestas de buena vecindad, hogueras y elecciones de las belleas de la Asociación de la Florida. Su fuente, de diseño modernistas deja ver su cuerpo de cemento despellejado, surtidos de lluvia sobre arco de un puente con forma de ballesta, resuena cada mañana hasta despertarme como el falso y engañado anuncio de su tormenta próxima y cercana. La lluvia artificial de los aspersores me traen recuerdos diferenciales de olor a tierra fertilizada por el rayo que no cesa.
        Cuatro ficus de hojas pequeñas custodian otras tantas esquinas, que acaban de ser ampliadas con el propósito de facilitar accesos a carritos de compra o de inválidos, los bornes de bronces protegen e impiden que el coche se adueñe de las aceras.  Los tilos cambian sus hojas con precisión de las estaciones, exactos testigos del color violeta cadmio de sus flores, algunas veces, desde el otoño hasta el invierno los árboles están descalzos de hojas. Y en primavera volarán semillas en ataques a las alergias.  El violeta, los amarillos azufaifos  aparecen de pronto, irrumpen, germinan en el mes de mayo, como anuncio del grito sonoro de la alegría de crecer. 
       Los perros madrugaron temprano y con sus olfatos serpenteantes buscan el rincón del depósito escatológico, se orinan  y juegan  sobre la arena y alberos, sobre los prados artificiales de los laterales, y, algunos amos, los menos,  recogen la caca en bolsitas de plástico de unos postes al uso. Un jardín infantil presenta sus maquinarias oxidadas y juguetonas, el tren, el tobogán, el laberinto, y los cuidadores charlan mientras los niños juegan y se cansan como Atilas sin descanso, la pelota es perseguida por unos perros, el olivo del monte artificial siente la proximidad de mármol y el azulejo. 
       Durante los festines de las Hogueras de San Juan, la plaza de la Viña brilla de alegría, de barracas con música hasta la madrugada en común convivencia, con tracas, petardos y la mascletá nocturna que nos dejó los ojos llenos de cohetes de luces, cartuchos y olor a pólvora quemada y transformada en arte pirotécnico.
       Mi plaza de la Viña es un amplio escaparate de gente que se sienta en los perezosos bancos de madera, o la cruzan en diagonal,  por todas sus bisectrices y ángulos haciendo de ella un uso público y sobre todo un embargo de ocio, descanso y paz. Tiene varios bares, Bancos, parada del Bus nº 2, Correos y hasta un bazar Ceuta para revelar fotos. Mi plaza está blindada a mis ojos, y desde mi terraza la vigilo cada día, la controlo.
 
     
       
      7.-   LA RAMBLA
     Como un río que fue, oculto y tapado en el subterráneo suelo, obras que interminable fueron, inicias la bajada o andadura con una plazoleta o plazuela con unas cerámicas de óxidos de cromo, posiblemente cocidas en Agost. que nos dice algo así como el pueblo de Alicante homenajea a la Constitución de 1978, desapareció el olivo de la paz y nace no sé qué cosa del suelo con raíces sobrenaturales. No sé cuántas veces te han levantado y vuelto a enterrar,  vuelta a cambiar como un añadido que no pega bien, ni firme ni seguro.
    La Rambla de Méndez Núnez, que en tiempos de la tía abuela Filomena, fue el centro comercial y del paseo alicantino ha dejado de ser lo que fue para convertirse en unas largas paradas de autobuses, unos bares de comida veloz al hígado, y bocadillos de atún  con cola con hielo, En la esquina una sala de exposiciones de Bancaja y además territorio sagrado del Banco de España y algunos hoteles que llaman de Europa, Gran Hotel, Isfas. Desembocadura de la calle Mayor.
     Las antiguas palmeras de látigo de botella han sido cambiadas de sus alcorques por otras jóvenes promesas, más bajas y resistentes, vacunadas contra la polio,  de medidas estándar que serán la esperanza verde del paseo.    En un rincón se nos abre a los ojos de luces tenues el Portal de Elche con sus ficus y palmeras adultas y un kiosco oficina de Información y Turismo y que atiende un taxista  de la parada cuando la azafata de la oficina  tiene que ir  al lavabo o a tomarse un refrigerio, porque el día es más  largo que el mes de mayo, y cuando la azafata vuelve a la oficina el taxista le regaña por que se pasó de media hora de charla con una amiga.
     Acaba la Rambla en la perpendicular Explana de España, sin explicaciones y sin derecho a reclamaciones, así, de pronto y sin señal de carretera cortada. Dos estatuas de bronce nos recuerdan el modernismo añejo, azoriniano, rubendariniano.  Las aguas pluviales desembarazan la carga de su fango en el puerto, por unos aliviaderos subterráneos que construyeron con aquel famoso plan contra las riadas, que de tantos sustos en gotas de agua fríanos han librado, a pesar de las protestan del empresario, peatón y del conductor por los numerosos desvíos y atascos que son como tacos de jamón cuando el vino está agrio.
     A la Rambla la bautizaron con los apellidos de Méndez Núñez en honor de aquel marino español de perillas amplias como alas de mariposas, de nombre César (como el de mi amigo César Rubio), héroe de Filipinas que murió en 1869 con las botas y el sextante puestos encima. En Semana Santa es lugar de paso de procesiones porque algunas, las caben por las calles se acercan  en la concatedral de San Nicolás.
     Y tu paseo de la Rambla es ya  río cortado y comercial sin afluentes, de norte a sur, nace y muere, y como estación de un tiempo glorioso que fue, persiste, asiste a todas las celebraciones de la ciudad a la que amo.
       



    8.- SEMANA SANTA ALICANTINA
     Marzo o abril con cáliz de misericordia a mi boca sedienta de paz y sosiego llega la Semana Santa piadosa y alicantina, con un cirio de flores ardiendo y yo descalzo arrastraré mi túnica morada con la pesada cruz y de la penitencia y de la resaca de la fe, el vicio en el alma de los largos años de mortal, siglo, cansado de pecar, de escuchar mentiras y palabras necias, odiando a muerte las siglas de los partidos políticos o tránsfugas de urbanizaciones en la arena de la corrupción. Pero yo, silencioso y sudoroso, penitente bajo mi cirio con mariposa encendida subiré por las crestas del barrio de Santo Cristo hasta tu mirador de mística y ermita.
       Me dice mi viejo amigo, ratón de biblioteca Algazel que el primer dato escrito sobre Hermandades y Cofradías alicantinas se remontan a primeros del siglo XVII, y que imagineros de misteriosas y hábiles manos en la gubia afilada en la piedra de agua, esculpieron, por encargo del cielo y de algún que otro no renegado cristiano nuevo, figuras de cuerpos semidesnudos y lacerados a la imagen de la Pasión de Cristo, Dolorosas, Sepulcros y Cenas.  Esos imagineros debieron ser impostores ángeles ebanistas más que tallistas de la dulce madera de ciprés (no le ataca la calcoma).  Magos del escoplo y de la gubia como Nicolás Bussy o Salzillo autor del Cristo del Hallazgo, Castillo Lastrucci autor de la Virgen de Santa Rendición o un anónimo, y otro que pervive transfigurado en el barrio de Benalúa.
       No debemos buscar en estos días el folklore o la competitividad entre Hermandades, ni la playa con olor a incienso, ni que se parezca la cabalgata de reyes o un destile de Moroso y Cristianos, no, esto no son días de asueto, sino días para el aseo del espíritu, vivamos una Semana Santa en el máximo grado de fervor religioso y conciliador del espíritu, si no es con Dios verdadero al menos con el Dios del Cosmos. Cada punto tiene su lugar exacto en un círculos, un lugar inamovible, equidistante; ya nos llegarán los Hogueras con su fuego y su trueno, o la Navidad, o la peregrinación a la Santa Faz con nuestra caña y nuestra ramita de romero.
       Siento cómo mi río interior se hace grande por el ruido de su alegría, a la gula la llevo a raya en la Cuaresma, penitencia sin flagelos hipócritas, oposiciones más que exámenes de conciencia me revelan que soy un pecador incorregible, en mí alma anidan los roedores de todos los pecados capitales. Seamos sinceros con nosotros mismos y respetemos la tradición de esta Semana Santa a la que tanto quisieron y respetaron nuestros padres y abuelos.
     El lunes se celebrará la mona, pero esto es otro cantar y otra historia.


 


        9.-  ROMERIA A LA SANTA FAZ.
         El misticismo de San Faz retumba en mi interior como una voz que me llamara al recogimiento y a la peregrinación más devota e ineludible, días después de cada Semana Santa.  En este día me vía forzado a bordar la calzada con mis pasos religioso de vía crucis, desde el Ayuntamiento hasta el Monasterio acompañando la comitiva oficial con mi caña y mi sayón negro, pasos silenciosos, mientras pensaba en ese rostro divino en el paño de la Verónica, y por un momento eludía los pensamientos mundanos y materiales, pido paz, ahora pico consuelo para el dolor de los enfermos y las víctimas de cualquier guerra, legal o ilegal. Sin embargo, ahora, las jugadas de los cóndrilos malgastados de mi rodilla derecha me impiden peregrinar, alcanzar las estaciones de las vía crucis, y el jubileo de la gracia,  respirar los olores del romero y el sudor de mis convecinos o de la tortilla de patatas. Caminaba solo entre la multitud, empujado por la fe que es solitaria e interior.
         Tras ocho kilómetros de alfombra asfaltada y cerrada al tráfico nos acercamos al Monasterio que fue construido en 1766 de estilo renacentista y fachada barroca, sobre la pila bautismal una placa de mármol da testimonio de que por allí rindieron visitas todos los reyes de España. En el solemne y eclesiástico interior trepan exvotos en ofrendas de mandas o favores recibidos. Detrás del ábside, una rica capilla, en la que se guarda con tres llaves la sagrada reliquia (un lienzo en el que la Verónica enjugó el rostro Cristo camino del Calvario). Cuenta la historia que la reliquia fue traída desde Roma en el siglo XV.
         Tres llaves guardan la custodia en la basílica de Santa Faz. Cuando abierta la puerta, el Obispo nos enseña a los feligreses la tan solemne y alabada reliquia, el romero florece en nuestros báculos de caña, y el señor Concejal de Cultura, responsable de la tercera llave, la abre, hemos conseguido el jubileo, y mis pecados anuales,  muchos que lo son, han sido perdonados, me siento libre  de culpa y lleno de una extraña energía que me servirá para celebrar un ágape entre amigos y familiares bajo los maltrechos y perseguidos algarrobos.  Por un día los coches han cedido su fuerza avasalladora y han sido domesticados por el poder extraño de un día de fe y romería reconfortante y reparadora, un día que nos hace olvidar el belicismo en que vivimos y el bombardeo de un estado permanente de campaña electoral.
         Pero si fuéramos verdaderos devotos, cualquier domingo nos debería valer para hacer una visita a la reliquia y pedir perdón por nuestros muchos errores morales y ético, y sentirnos verdaderamente aliviados de nuestro dolor de hierros y bridas entre las que vivimos


 


 


   10.- LAS HOGUERAS DE SAN JUAN
          Pasada la Santa Faz, los foguerés ya están pensado en la Hogueras de San Juan,  ya no paran de trabajar los artistas, artesanos, carpinteros, pintores en sus talleres con sus maderas, andamios, pinturas y pensando en ganar el primer Premio, sin pensar en que hay un segundo y un tercero
          Si le tuviera que explicar a un extra-terrestre qué es el fuego, le tendría que decir: es algo como un loco y descontrolado amarillo que sube en forma caprichosa, da calor y te quema, a veces es violento y siempre le acompaña su amigo el tóxico humo, pero si quieres tener una imagen exacta, un ejemplo eficaz, le diría vente a Alicante la noche de San Juan.
          La ciudad de Alicante emboscada en sus fiestas se deja peinar por las melenas de luz de los fuegos artificiales, de la luz dorada en estrellitas, burguesía del fuego, fiesta de la pólvora.   La ciudad, inocente y víctima, se deja ahogar, engatusar dulcemente por los cortes de calles, plazas, esquinas con barracas y verbena y asfalto robado a los coches por una semana maravillosa e inigualable, la ciudad se deja, se deja apretar por los forasteros sin revólver, porque San Juan Bautista se ha dejado la cabeza en el Benacantil que es la cabeza del moro Bautista.
     Cada barrio busca una plaza para instalar un ninot o figura fantástica y artística llamada Hoguera, no Falla como en Valencia, sino Hoguera o Foguera. Efímeros monumentos que concursarán por unos premios, se salvará una, y las demás perdedoras al fuego necesario, porque si no ardieran no cerrarían el ciclo de la vida: nacer, vivir, morir.  En otros lugares o plazas se celebrarán «mascletás» o fuegos artificiales que congrega a vecino ávidos de truenos y arte de la chispa. Barracas y música hasta latas horas de la noche.
      La fiesta por excelencia, no puede estar callada, nuestra fiesta es recordar a nuestros antepasados, mantener la tradición a toda costa, aunque ya tenemos costa. También hay detractores que no soportar tantos cohetes y cortes de calles, son personas mayores de oídos enfermos o turistas equivocados de playas y fechas. Pero siempre, siempre, hay una fuerza mayor y poderosa: la tradición. Porque ella es nuestro soporte histórico, nuestra identidad, nuestro motivo de vivir y convivir y dejar huella en la historia alicantina.