SABÉIS, mis queridos amigos, qué es un pájaro mosca? Claro que lo sabéis, porque vuestros padres, o tal vez en el cole, os lo habrán enseñado. Pero, por si de aquellas cosas alguien de entre vosotros no lo supiera, yo se lo explico. El pájaro mosca no es ni más ni menos que un pajarito pequeño, muy pequeño, que cabe dentro de una de vuestras manos. Algunos son tan diminutos que no tienen mayor tamaño que el de un abejorro. Vive en América, donde yo estuve una vez. Tiene el pico largo y débil, y sus colores (verde, rojo, azul metálico y otros muy vivos) son tan bellos que entran ganas de soñar. Se alimenta del néctar de las flores y también de insectos; ya sabéis: moscas y mosquitos, mariposas pequeñas … De todo eso. Dicho pajarillo recibe el nombre de colibrí. ¿Verdad que eso de colibrí suena a campanitas? Pues bien: el colibrí se mantiene junto a las flores para alimentarse; pero ha de hacerlo moviendo sus alitas con mucha rapidez, tal como si se hubiese vuelto loco de tan deprisa como lo hace. ¡Ay, qué risa!: un día vi a uno de ellos jugando delante de las narices de un gato negro. El gato quería atraparlo con sus uñas y daba zarpazos para alcanzarlo; pero el colibrí, mucho más veloz, cada vez que el michino sacaba las garras, ¡a volar se ha dicho! Entonces, para que el pájaro mosca no lo engañara con sus rápidos vuelos, el gato inventó una treta. Ya veréis lo que hizo el muy pillo. Arrancó una hermosa flor que había en un jardín y se la ofreció al pajarito, diciéndole:
Toma, toma, colibrí esta flor tan bella. Te la regalo, para que puedas chupar su jugo azucarado.
Era tan bonita la flor…, de tan vistosos colores, que el colibrí, maravillado, olvidó que el gato no llevaba buenas intenciones. Y… ¡zas!, cayó en sus garras cuando se disponía a libar tan preciso capullo. Pero el gato, que no era malo, apiadándose de él, le dijo:
Ningún daño te haré si me prometes una cosa que te voy a pedir.
Pídeme lo que quieras, que yo he de concedértelo; pero no me lastimes, porque soy muy delicado -le respondió el pajarillo, llorando de miedo.
Dijo entonces el otro: «Dame tus bellos colores, para que de ese modo una gatita blanca y amarilla que yo conozco me quiera».
El colibrí se alarmó al escuchar lo que el felino le pedía. Si le regalaba sus colores, ya nunca más podría ser feliz. Pero como su vida valía mucho más que cualquier color, aceptó. Y así fue que, desde aquel instante, el pobre colibrí se quedó desnudo de fantasía. Pero. como los pájaros no son tontos, pensó lo que pensó y dijo para sí mismo: «Voy a buscar mi dicha en el cielo. Yo sé dónde poder vestir otra vez mi plumaje de verde, azul, rojo y amarillo». Y se fue volando, volando… hasta un escondido lugar, más arriba de las nubes, donde halló lo que deseaba. Claro, que vosotros pensaréis ahora: «¿Dónde podría encontrar el colibrí los colores que le dio al gato?» Yo os lo diré si queréis que os lo cuente. Esperad un poquito a que busque mi lupa mágica, porque yo también quiero ver lo mismo que vosotros.
Después de volar muy alto y por mucho tiempo, el colibrí llegó a un lugar donde la tierra olía a lluvia. Estaba el cielo muy nublado y los rayos caían para estrellarse en los ríos, en el mar, en los árboles y en los pararrayos. Como era bien de mañanita, esperó a que el cielo quedara limpio. Y así fue que al cabo de una hora pasó la tormenta y comenzó a lucir el sol. A lo lejos, en el horizonte marino, apareció el arco iris. ¡Qué alegría tan grande sintió el pajarillo! Comenzó a volar de nuevo, más rápido que nunca, y al cabo de poco tiempo se revolcó en el arco de colores que la Naturaleza había preparado. Cuando se fue de allí, de la bella curva de luces, estaba más esplendoroso que nunca. En vez de ser como antes: verde, azul, amarillo, rojo y blanco, ganó otros tres colores más: violeta, añil y anaranjado.
Transcurrido el tiempo volvió el colibrí a su tierra, donde había dejado el nido. Y al encontrarse de nuevo con el gato, vio que éste era tan negro como antes. Cuando mudó el pelaje perdió el colorido que le había regalado su amigo el pájaro mosca. Y de la misma manera que el gato se apiadó del pajarito cuando lo tenía entre sus garras, el colibrí quiso devolverle el favor. ¿Sabéis que hizo el pájaro mosca? Veréis. Un día que llovió mucho, pidió el favor de que sus buenos amigos los pájaros tropicales llevaran al felino, volando, hasta donde estaba el arco iris. Y, después de varios revolcones en él, quedó como nuevo, con los siete colores de la luz. De ese modo el michino pudo enamorar a su gatita blanca y amarilla, que tuvo muchos gatitos de colores.
César Rubio Aracil (Augustus) Miembro de la A. «Escritores Castellano-manchegos y de La Mediterranía»
