El don
La mañana era tibia como la de todos los Junios, iluminada, plácida y con cierta melancolía en el aire. La mente de Laura estaba en convulsión: se resistía, se negaba, no estaba segura de sobrevivir sin él.
Se sabía sola con su pequeño hijo que la miraba alegre, juguetón, ajeno a la tristeza de aquel día.
Empezó a dar vueltas en su pequeño cuarto acompañada de Juan; pensaba qué hacer, a quien avisar, de su familia ni hablar. Desde que abandonaron el pueblo, allá cerca del Valle del Mezquital, nunca les volvieron a ver.
Por momentos la tranquilizaba el ver a su hijo correr, cómo si aquel acto borrara en cada zancada las sombras de su recuerdo; su calma era efímera como el amor vivido a su lado.
Al medio día dejo al pequeño con el cuerpo de Juan, su Papá. Tenía que avisarle a Don Ana Cleto Morones de la muerte de su marido.
–Buenas tardes su excelencia – así le había ordenado Juan que le
llamara cuando se dirigiera a él a pesar de ser el padrino del niño.
–Buenas Laurita, pero ya le dije que no me llame así, dígame solo
Ana Cleto que para eso somos compadres – se levanto de la silla por detrás de su escritorio al verla entrar a su oficina.
Pero dígame ¿en qué le puedo servir? – se coloco a escasos centímetros de ella.
Era sabido en el pueblo que Laura era la obsesión de Ana Cleto; siempre el Juancho salía de apuros económicos jugándole a su mujer por escasos diez pesos de plata. Nunca Ana Cleto le ganó.
–Mi Juan pasó a mejor vida y pues, ya que usted es la autoridad acá en
el pueblo-los ojos de Ana Cleto lo traicionaron.
Laura no aceptó la ayuda de su compadre a pesar de tener la necesidad del dinero para comprar una caja de muerto en donde enterrar a su marido – al rato me vaya a cobrar con carne-pensó Laura.
Regresó a su casa y encontró a su pequeño aventando piedras y ramas al hoyo que desde temprano cabo.
–¿Qué haces Juanito? Deja de tirar piedras al hoyo.
El niño camino con la mirada llena de vida hasta los brazos de su madre; había extrañado cómo todo niño la calida vos de sus palabras.
Cerca de las cinco de la tarde; cuando el canto de los pájaros anuncia la llegada de la noche y el silencio del campo penetra por los oídos atentos de los Indígenas; llegaron de allá abajo, dónde está el pueblo.
Al frente venía el compadre platicando con la vieja chismosa de doña Eustólia; uno tras otro iban formando una gran columna a la distancia… La lista era interminable, casi todo el pueblo se había reunido entorno a la pequeña y humilde morada.
–¿Dónde esta tu olla más grande Laurita? Hay que hacer café para
echar estas dos botellas de aguardiente; capaz que se las damos sin
mezclarlas y no les duran ni una hora.
— ¡Allá están Carmelita! Detrás de la pequeña alacena.
El velorio se torno rápidamente con el tradicional folclore mexicano y las anécdotas empezaron a surcar las cansadas horas de vigilia.
–No mi Tacho, en verdad nunca tuve forma de agradecerle al Juan el que
me ayudara con mi chavo el día que se me enfermo, sino es por él, ni al
doctor de allá llegamos -extendió su brazo para tomar un poco del café con piquete que habían preparado las mujeres.
–Ni te imaginas mi Tona, él fue tan buena gente conmigo, que aun en mi
casa le llaman tío mis sobrinas.
Así fueron narrándose historias alrededor de su vida. Laura sin duda, se dio cuenta de lo bondadoso que había sido su marido con todos, excepto con ella y su pequeño.
Cerca de las diez de la noche. Salió en busca de juanito, no recordaba por el ajetreo si el niño había comido en la tarde o se encontraba en ayunas; ahí estaba, junto a José el carpintero.
–¿Qué haces mi amor? – le pregunto a su hijo en cuanto lo vio jugando con trozos de madera en el suelo.
José se había percatado de la falta de caja para enterrar a Juancho y sin esperar más, se puso con aquella puerta rota de amargos recuerdos, a construir uno.
–Dile Mamá, en vez de esa caja, mejor que me construya un carro de
bomberos, así podré apagar los incendios en el bosque – ella solo sonrío y tomó al niño entre sus brazos antes de meterlo a la casa.
En cuanto Juaníto comió, salió nuevamente al patio trasero para escuchar a José contar historias de chaneques y brujas que habitan en el bosque. Laura les llevó un par de tazas de té de limón y de muitle que habían llevado las vecinas.
La actividad rodeaba e invadía el cuarto en donde reposaba sobre un petate los restos de Juan, tenia el cuerpo cubierto por una sábana hecha con retazos de tela.
El paisaje que se le presento a Laura cerca de las tres de la madrugada; no era más alentador qué las propuestas que a lo largo de la noche le había hecho Ana Cleto.
–Anda comadre, tu necesitaras de alguien que cuide de ti y del chamaco,
es cosa que seamos discretos y nada les faltara en su vida.
–Le agradezco la oferta don Ana Cleto, pero, su ahijado y yo estaremos
bien -para su fortuna nunca faltó una voz que interrumpiera aquel acaso incesante.
Los vecinos hablaban en voz baja, procurando no despertar a los niños que dormían y Laura se percató que Juanito seguía de pie. Aquella Luna y el paisaje que no se repetiría le daban permiso.
El amanecer la cogió con la penumbra en la mirada y el calor producido por el hervor de las ollas rebosantes de pollo y guajolote, le hacían desfallecer; gracias a la atinada intervención de doña Josefina quien agregó hierbabuena, anís y comino al guiso pudo mantenerse de pie.
Cerca de las diez de la mañana; el cura del pueblo llegó para preparar el entierro.
–Buenos días padrecito, pase usted está es su casa, pobre pero honrada.
Las mujeres rezaron con fervor y prepararon más café; los hombres fumaban, tomaban aguardiente y Laura y José metían la caja terminada al interior de la casa para meter el cuerpo. El sentirse acompañada de aquella gente que rara vez le brindo un saludo mientras su esposo vivía, le hizo saber que sobrevivirían. De cualquier forma Don Ana Cleto siempre estaría
–Juanito ¡despierta! Es hora de ir al panteón con tu Papá -observó el rostro del niño, que sumergido en el mundo de los sueños, corría una vez más acompañado de los niños alrededor de la cerca.
El entierro fue rápido y llenó de ruido. Los cohetes irrumpían en el cielo con su resplandor y la tambora sonaba desde su casa hasta su nueva morada. Los niños corrían a lo largo de la brecha persiguiendo a los perros que cuidan del cementerio, con el riesgo de que algún muerto aproveche la distracción y se logre salir.
Acompañados únicamente de la soledad que brinda el campo regresaron a casa; serían cerca de las tres de la tarde y todo parecía de alguna manera nuevo: las paredes, el techo, el piso, el olor. Laura tomó a Juanito de la mano y se acostaron en la cama, necesitaba dormir antes que la gente regresara en un par de horas para dar inicio a los rosarios.
Nunca pudo saber si fue el sueño, el cansancio o la espera lo que la confundió. Pero de lo que sí estaba segura eran de aquellas palabras que escuchó antes de dormir.
“Oiga Mamá que día tan bonito hemos pasado, con tantos niños y tantas visitas, ojalá mi Papá duerma hoy tanto tiempo como ayer, para no estar tan solos”.