REDOBLES PARA EL AMOR

Cuando yo era niño
tenía un tambor


con el que premunido de infancia e inocencia


anunciaba la llegada marcial de mis soldados de plomo


a un destino imaginario;


y era para mi ese ese atabal


una joya invalorable para llenar de estruendo


mi navidad y la pascua de otros niños


enternecidamente.


 


No había otro juguete mejor que ese tambor


(y seguramente que algunos me envidiaban)


por que despertaba  los gallos


y le ponía estrépito al silencio,


ahuyentaba extremoso  las torcazas


y llenaba de redobles


las etruscas persianas de mi casa.


A través de é expresé mi júbilo de gurí


a los cipreses


y en la bahía de mis sueños de cíngaro inocente


le convidé a los fantasmas mis capullos.


 


Pero ese tambor hoy ya no existe


y sufro su ausencia inmensamente


(se perdió como el tamo que arrebata el torbellino).


Sin embargo algo dentro del pecho


parece sonar como ese tambor de mis primeras noches


turbulento


y es ese mismo tambor que me anuncia imperturbable


la llegada del amor sobre estas playas.


Y le digo: suena tambor, retumba, redobla tu ansiedad


de carpintero


y habla;


repica intensamente sin descanso y calla cuando quieras


que ya dejé de ser el niño de otras Pascuas


y ahora sólo soy


Una voz que te extraña