{{EL HOMBRE(De los Últimos Días)}}
{A Osvaldo Raúl Valli}
{{Uno}}
{Ahora, vamos en busca de un nuevo Nacimiento}…
La casa no estaba sola.
El rumor de viento radiactivo penetraba los rincones y esquinas de sus muros. El polvo del descuido la había cubierto sin sorpresas de una blanca ancianidad…
Los muebles estaban quietos y sucios. La cámara del descanso estaba quieta también. Y la cámara de los aromas. Y a cámara de los mensajes y los libros. Y la cámara de los juegos e invenciones…
Todo estaba inmóvil. Más inmóvil que nunca, excepto por aquella silla de crujidos ancestrales.
De ahí que, la casa, no estuviera sola.
{{Dos}}
Había tibieza en su interior.
A pesar del viento gélido, rebuznante y mortal que forzaba invisibles aberturas, todo se mostraba invitante, acogedor…
Y si alguien hubiera penetrado de improviso en ella escapando de los copos de nieve y radiación que fantaseaban la atmósfera, los árboles y las piedras, habría deseado toparse con el aroma alegre y dulzón del tabaco quemándose como en un rito haitiano, en una tosca, dura, pero no menos importante pipa de madera. Como en los días verdes, verdes y azules…
Los días de los buenos tiempos. Del Paraíso terrenal.
Mas nadie entraría en la casa de tal modo.
Imposible.
Sin embargo, la casa no estaba sola.
{{Tres}}
Los ojos claros y serenos se abrieron.
Casi con tristeza y desesperación giraron hasta dar con el resplandor del amanecer.
Unas manos toscas, duras y torpes descorrieron la lluvia de hilachas amarillas que ocultaba el albor de la mañana. Y los ojos vieron que el mundo despertaba nuevamente gris en aquel día.
Después se cerraron.
Unas lágrimas casi reales empañaron -como antaño- el rostro tosco, duro y torpe como las manos. Afuera, la nieve y el soplo radiactivo que durante cien años azotaran al planeta, habían dejado un cielo plomizo, encapotado…
Las manos toscas, duras y torpes intentaron borrar, con una especie de orgullo, las fisgonas y pensantes líneas que cruzaban sin prisa la grotesca faz de aquel hombre.
Luego, los ojos se abrieron. Miraron el silencio de la casa pequeña y preñada de sombras al posarse con suavidad en los marcos de la ventana.
Allí se quedaron, mirando y esperando.
Esperando que un sol aguerrido y estrenado fundiera la piel del mundo, quemando las grises auroras que herían su desierto polvo.
Esperando que en los brazos cuarteados y avezados de los árboles, volvieran a desperezarse, junto a las flores, millones de hojas y de pétalos ardientes de luz y color.
Esperando que las crías animales irrumpieran de huellas los olvidados bosques de la Tierra.
Esperando que los laberintos tejidos de estrellas y luciérnagas campestres, bordaran los sueños de los hombres con mágicos poemas y cuentos aleccionadores.
Esperando que los días grises murieran germinando días verdes, verdes y azules. Como en los buenos tiempos… Los del Paraíso terrenal.
Después, morir…
Pero, si aquello era cierto, si en verdad se trataba del último hombre sobre la tierra, sus ojos se nublarían viendo días verdes, verdes y azules…
Alguien habría de entenderlo. Entonces, no se cansaría de esperar.
Alguien aflojaría la escarcha y las rocas que amurallaban los cielos en nubes grises.
Y lloraría.
Con libertad. Con alegría. Como sólo un fantasma o un robot , llamado {Adán}, pueden hacerlo.-
{Texto ajustado a Julio 2005. Su versión original (1975) integró la primera edición de “Los Últimos Días” (Ediciones Colmegna S.A., Santa Fe-Argentina, mayo de 1977), págs. 43/45. Además, con el título de ADAN, integra el libro VISIONES EXTRAÑAS (Doctor de Mundos II) – Inédito – Santa Fe (2004-2005). Cuarto relato de la tetralogía «LOS ULTIMOS DÍAS», que M.C.H. fuera publicando}.