Un presagio mueve el bloque de las horas.
Hay en la espera
un hundirse inmoderado,
un puñado de plumas
tragándose las islas;
un pez rubio con ojos de espanto
busca la sonrisa
el minuto de embriaguez
que no permite
nombrar.
La memoria es una intrusa
espolvoreando matices
entre almohadones y libros.
El presagio aflora en la cornisa
y no soy más
que un fantasma,
reducto de antiguos estigmas
que sobrevive extrañas maldiciones.
Maria Eugenia Caseiro
