Cuando yo era pequeño, se rompió uno de los grifos de la cocina. El fontanero tardó unos días en arreglarlo, así que mientras, para evitar que lo rompiéramos más, pusieron encima un papel que decía «Grifo estropeado. No abrir.» Yo era el niño despistado que solía caminar siempre mirándose los pies, así que cuando me encargaron regar los geranios, fuí directamente a llenar el cubo en la cocina. Por supuesto, no vi el papel de aviso y por supuesto, giré el grifo con toda tranquilidad, ya que ser un mininepomuk no me convertía precisamente en el chaval más espabilado del centro. El caso es que aquello empezó a echar agua por todas partes mientras yo me quedaba con la llave en la mano, y eso valió para que el fraile que trajinaba en la cocina se acercara furioso y me golpeara con la mano abierta en la nuca. La cabeza se me fue hacia delante y, sin que nadie lo pretendiera, me abrí la frente contra el grifo. Me dieron la tarde libre por el incidente y me quedé sentado en mi litera. Recuerdo aquella como una de las peores tardes de mi vida. Y no porque los puntos o la humillación de la torta me dolieran, sino por tener que enfrentarme a la realidad de haber sido castigado sin que hubiera habido ni un ápice de mala conducta o mala voluntad previa por mi parte. Fué entonces cuando comprendí que la vida era la vida, que las personas éramos las personas; imperfectas, subjetivas, injustas… y que el «siempre triunfa la justicia» no pasaba de ser una frase de mi pequeño mundo absurdo de spidermans y mosqueteros, ya que siempre habría alguien dispuesto a golpearme la cabeza contra el grifo, por encima de que yo fuera mala o buena persona.
Y claro…fué entonces cuando empecé a sentir miedo.