Elijo la corona de langostinos sobre lecho de ruccola y guacamole, y el cordero provenzal con salsa de boletus y verduras rehogadas al parmiggiano.
Mientras me subo ambas mangas para churruspear bien churruspeados los langostinos, me ponen delante un plato del tamaño del Lago Titicaca, con un redondelito verde moco en el centro similar a una moneda de 50 céntimos, sobre el que reposan dos mitades de langostinos desnutridos (seguramente porque si ponen tres, se empujan).
Entonces pienso “bueno, ahora viene el cordero y me resarzo”. Y mientras hago acopio de pan para hacer barquitos chufli-chufli, me ponen un plato cuadrado de tamaño ventana de wc, con una especie de bolita de carne sobre dos tiras de zanahoria (que debían ser las verduras, supongo) y una especie de rayita curva marrón alrededor (que debía ser la salsa, supongo también), dejándome con todos mis barquitos naufragados antes siquiera de comenzar su expedición.
Cuando voy a pedir ocho mousses de chocolate (en vista del éxito), él dice –Yo no quiero postre. Estoy lleno.- jodiéndome todo el invento por culpa de esa norma no escrita que dice «nunca seas más zampabollos que el que paga». Luego tiende su tarjeta de crédito sobre una factura de 200 euros (por tres comensales) y me dice campechano -Bueno ¿y qué te parece tu primera experiencia con la comida de lujo?- El adjunto a dirección me mira y dice -¡Pues que le va a parecer! ¡irrepetible! ¿verdad Ariel?-
Yo extiendo mi mejor sonrisa y contesto -No lo sabe usted bien, Sr. Moroa. No lo sabe usted bien.-