Dirijo mis letras hacia ti,
hombre de copa blanca,
he querido que escuches
el eco de mi palabra,
susurrar a tu oido:
¡te amo mi viejo!
La distancia se interpuso.
El tiempo se fugó de mis manos,
quise detenerlo y
se burló de mí.
Allá bajo el trópico
una cabaña llora yacimientos,
sobre tus ojos; un océano
domina el sueño en tu testa.
Infinitos días, senda interminable.
Vida fatigada
llena de silencios; pasos lentos,
palabras nunca pronunciadas,
pensamientos vacíos.
Amigo, nunca viste el alma de la estrella
pero sí el cadáver del lucero.