Hace unos días mostraba a Sarah un álbum de fotos familiares; en una de ellas aparezco embarazada de ocho meses, cargando a la hija recién nacida de una amiga.
– – Mamá, ¿dónde estaba yo? ¿Por qué no aparezco en la foto? – pregunta mi princesa.
Creo que es un buen momento para iniciarla en los misterios del nacimiento y le digo, con tono muy natural, “estabas en la barriguita de mamá”.
– – ¡Ay, mami! – exclama asustada – ¿y como llegué hasta ahí?
Pienso comenzar a explicarle, pero ella saca sus propias conclusiones:
– Seguro la bebé esa hacía mucha bulla y yo me escondí ahí dentro para que me dejara jugar tranquila.
Como si fuera poco, regreso al álbum y le muestro una foto en que yo aparezco cumpliendo nada menos que seis años, su actual edad.
– ¿Quién es esa nené tan linda? – me interroga de nuevo.
– Soy yo, cuando era pequeña.
– ¿Tú fuiste pequeña? – me mira sorprendida.
– Claro, Sarah, todos fuimos pequeños alguna vez. Tu hermanito fue un niño, yo fui una niña, tus tíos fueron niños, abuela Ana fue una niña…
– ¡Mi Dios! – me interrumpe apenada – ¿Mi abuela también? ¿Y qué le pasó?
Resistiéndome a explicarle que lo único que pasa sobre nuestra niñez es el tiempo, opté por cerrar el álbum y comenzar a hacerle cosquillas.
Marié