LA SEMILLA DE LA LIBERTAD

CAPITULO I EL NACIMIENTO DE CATHERINE

En el mes de julio de 1750, en una pequeña aldea perdida en el corazón de la Francia profunda, situada en las proximidades de la ciudad de Perigueux en la región francesa de la Dordogne, nacía una hermosa niña de rasgadas pupilas endrinas y azuladas, que destacaban sobre su anacarado y ebúrneo óvalo facial, cuya textura tenía la misma suavidad de la seda; sus cabellos ensortijados y undosos eran áureos, y brillantes como el oro; sus diminutos y frágiles brazos parecían de auténtico marfil; y sus labios entreabiertos dejaban escapar un caricioso e imperceptible aliento, que parecía susurrar una dulce y acompasada melodía.
Su madre tras el alumbramiento tomó en sus brazos a la pequeña, la cual comenzó a llorar infatigablemente, así tras contemplar emocionada su precioso rostro, la besó y la apretó con delicadeza sobre su pecho.
El padre se acercó al lecho para besar a su hija, y tomar la mano de su esposa, aquel momento estaba lleno de emoción, horas más tarde todo el municipio, que apenas sumaba cien habitantes conocía la feliz noticia del natalicio.
Aquella criatura se llamaría Catherine, en honor a la abuela del padre de la niña, los vecinos y amigos de la familia se acercaban a la granja para felicitar a los padres, y ofrecerles algún presente.
Se trataba de una familia con escasos recursos económicos, dedicada principalmente a la agricultura y a la ganaderia, el padre llamado Pierre se levantaba de madrugada con la oscuridad de la noche, para dirigirse con los primeros albores a los pequeños fundos de trigo y maíz de que disponían, su trabajo era muy duro sembrando, escardando, y labrando, día tras día la tierra sin descanso para ganar un ínfimo jornal; su esposa Enmanuelle se ocupaba del ganado, pues en la explotación, tenían vacas, una piara de cerdos y varias aves de corral,entre las que destacaban unas hermosas ocas que proporcionaban un exquisito foie – gras, también cultivaba un pequeño huerto aledaño a la granja del que se abastecían para satisfacer sus necesidades de consumo.
Era una familia bien considerada en el pueblo, el abuelo siempre había sido un buen ejemplo de honestidad y honradez., y nunca habían protagonizado ningún incidente reseñable, sus relaciones con los demás vecinos eran excelentes.
Días después del nacimiento de la pequeña Catherine, se celebraron las fiestas populares de la localidad, unos fastos cuyo principal exponente eran las sabrosísimas trufas, las cuales se encontraban por cientos ocultas a la sombra de los bosques de la región; Así con motivo de las Fiestas de la Trufa hasta allí llegaron numerosos artistas y titiriteros venidos de todas partes del Departamento, durante varios días todos los vecinos y amigos comieron, bebieron, y bailaron sin parar, animados por los espumosos caldos vinícolas de la zona.
Sin embargo, al parecer un matrimonio sin hijos, que había oido hablar de la singular belleza de la pequeña Catherine, encargó a unos rufianes por precio, el rapto de la niña, los cuales no dudaron en aprovechar un descuido de los padres para sustraer a la recien nacida, y huir con toda celeridad del lugar.
Los momentos de desconcierto y pánico se sucedieron al conocerse la noticia; nadie parecía creerse lo sucedido hasta que la fatal evidencia resultó ser real, la madre lloraba desconsolada con sus brazos tendidos sobre una de las mesas del lugar, mientras su rostro se ahogaba en un mar de lágrimas.
Por su parte, el padre y un grupo de vecinos salieron al galope en sus caballerías para tratar de dar alcance a los raptores. Así transcurrieron tres días y tres noches sin que lograran localizar el paradero de la niña ni de sus captores, el pueblo se sumió en una profunda tristeza y melancolia, y sus padres no encontraban consuelo llegando incluso la madre Enmanuelle a intentar suicidarse en varias ocasiones.
Mientras, los captores de la pequeña, un matromonio sin hijos y con una economía algo más saneada que los progenitores de la bella Catherine, cuidaban y mimaban a la recien nacida con esmero, vistiéndola con ropas de lino, y en ocasiones especiales con tocas de seda blanca y grandes lazos de color purpura; la pequeña aún no tenía conciencia dada su corta edad.
El padre adoptivo de nombre Gerard trabajaba en una oficina administrativa de la preceptura nacional, ubicada en la región de Rodano – Alpes situada a más de mil kilometros del lugar de nacimiento de la pequeña Catherine, su madre adoptiva de nombre Juliet se dedicaba a frecuentar los mediocres ambientes burgueses de la ciudad, plagados de nobles de baja alcurnia que presumían de estar emparentadas con barones o duques, y que se encontraban malviviendo del disfrute de unas escasas rentas procedentes de la aparcería de sus exigüas propiedades.
La pequeña Catherine poco a poco iba creciendo en aquel ambiente de mediocridad, integrandose en una vida que nunca le hubiera correspondido de no ser por los avatares del destino.
Así desde su más tierna infancia las desavenencias con la que era su madre adoptiva se sucedían de forma constante, las frecuentes regañinas, y despreocupaciones de la madre hacia ella, fueron templando en la pequeña un carácter ciertamente rebelde, e irascible.
De este modo, a pesar de los intentos de su madre adoptiva por hacer de ella una señorita respetable, unicamente por guardar las apariencias frente a sus amistades, la pequeña Catherine no compartia esos principios de hipocresía burguesa.
La niña era practicamente obligada a la fuerza a visitar a esas arruinadas damas, que ocultaban su paupérrima situación económica, con la única finalidad de que su madre charlara horas y horas tratando de integrarse en una clase social decadente, pero que a ella le fascinaba, por ese ansia desmesurada por pertenecer a esta pseudoburguesía…(…)