Desde aquí la veo moviéndose de un lado al otro, como ignorándome, a pesar de saber que la observo, ¿lo hace para mortificarme? Ella no conoce bien a este hombre, no voy a permitir que se burle de mí.
– A ver, ingenua, no estoy pintado en la pared, ¿sabes? ¡Aquí soy el dueño! ¿No me vas a contestar? ¡Cómo si pudieras atormentarme! Detén tu marcha, respeta mis canas y recuerda: estás en mi casa… ¡Mírame a los ojos!
– ¿Le pasa algo, señor?
– ¿Qué va a pasarme? ¿Cómo permiten la entrada de esta atrevida?
– Señor, le traigo su medicina, para que pueda descansar… tome, el agua es fría como le gusta y hoy son solo seis pastillitas.
– Gracias, sé que me comprendes, ella me vigila y quiere ocupar mi lugar… no tengo privacidad, sólo espero que pueda ser expulsada de mi casa, ya descansaré cuando logre eliminarla…
– Pero señor, perdone estas inofensivas hormigas, no le hacen daño…
– Tienes razón, Leonor, siempre tienes la razón – y aplastando con un dedo a la hormiga más cercana, quedó rendido.
Mario Quiroga Fernández
Cuba
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