Hace una semana murió mi madre, Adela, aquí cerca de casa, en un hospital, durante las fiestas de El Pilar. La madre es lo más grande, lo más sagrado, la persona que más nos quiere porque nos da la vida, el mayor bien. Será terrible no besar más su cálida frente, sus mejillas y sus delicadas manos. Uno de sus últimos días me dijo que mis besos le sabían muy buenos. Era una mujer hermosa, buena, paciente, comprensiva. Por ella, y mi abuela, aprendí a respetar a la mujer por encima de todo, y siempre se lo agradeceré. Me siento culpable por no haber estado más a su lado, por compartirla con mi trabajo, mi familia y mi ocio siempre perdiendo ella. A mi alrededor me decían que mi hermano y yo nos portábamos muy bien con ella y la mimábamos mucho, pero creo que no era suficiente. Los últimos ocho meses de su vida tuvo que sacrificar la seguridad de su hogar para que sus hijos viviesen mejor. Me hubiese gustado que disfrutara más de mi compañía, que hubiese contado más con mi presencia. A veces, en los últimos meses, me quejaba un poco por cansancio o nerviosismo, cuando ella tanto me necesitaba y me deseaba a su lado. Nunca la olvidaré, siempre será para mí un buen ejemplo, un querido recuerdo que me hará mejor persona. Si supiera que se encuentra en algún lugar me gustaría irme con ella, aunque no tenga derecho porque aquí hay algunas personas que me quieren y sufrirían por mi ausencia. Me necesitan en cierto modo y no tengo derecho a amargarles la vida. La vida, por culpa de su delicada salud, ya no era grata para ella, pero me ha dejado un gran vacío, una gran necesidad de acudir a su lado. Me resulta difícil creer en un más allá donde nos reunamos felices con nuestros seres queridos, pero es lo que más deseo.