REVELACIÓN

{A la memoria de {{J. L. Borges}}. En especial, a quienes les fuera revelada la agonía de la soledad}.

Es mortal. Inexorablemente mortal. La sensación lo oprime y la metáfora del degüello lo azuza y lo estremece. El sudor lo ahoga entre vapores somnolientos y hiede mal. El viento de la playa se agita penetrante, y es incisivo el aliento agrio que lo envuelve y lo sume en un sueño acezante y tenebroso donde no hay luces ni barcos alejándose en lontananza.

Sin embargo, la estrella está fuera de él y limpia el cielo de nubes. Lo despoja de fantasmas. Pero no hay sol en su mente ajada, deshecha, rota en cristales de recelos y vanidades. No hay una sola letra candente, luminosa, sedienta de colores y de goces. Sólo melancolías y una furia estéril que lo hinca en la arena suave del mar sedado. “No he sido feliz”, le dice a una gaviota que pasa sin mirarlo siquiera…

Después se muere y el coro de los siglos lo amplifica y desmenuza en crónicas y ensayos. La vida de un hombre solo y ciego, hacedor de naderías se endurece luego para siempre en el molde de la estatua que eterniza su ceguera ominosa y consecuente.

Sí, y sólo al cabo de muerto han venido a visitarlo. El minotauro y el guapo. El arrabal inexistente de su pasado inmortal, sus laberintos de luto y admiraciones nórdicas, anglosajonas y griegas que se amoratan.

Él ha muerto.

Mi drama es gigantesco, pues sólo yo lo sé.-

{Santa Fe (Argentina), 1981. Texto ajustado: 11-03-2006. NOTA: Este relato fue escrito unos seis años antes de la muerte del Maestro Jorge L. Borges, acaecida en Ginebra (Suiza) un 14 de junio de 1986}.