Mejor si me anatematizan. Que me perdone mi querida madre ya extinta, católica convencida, de quien recibí todo lo bueno que una progenitora puede ofrecer a sus hijos. Yo también la disculpo por haberme llevado a la pila bautismal sin mi consentimiento. Ella no fue culpable de haberme educado en el cristianismo, por cuanto de igual manera fue instruida.
Con edad más que suficiente para poder decidir, me sumo al listado de las paganías. Desde hace algunos años me ha estado rondando por la cabeza la idea de apostatar, y, aunque tarde, prefiero morir siendo hereje que cristiano hipócrita. Ya no sigo ningún credo religioso porque, para ensimismarme en la contemplación del universo no necesito a Jesús de Nazaret, en el que no veo al Dios ofrecido a los creyentes por la sacerdotal curia cristiana, en especial la católica. Ni Padre ni Hijo ni Espíritu Santo: sólo la eternidad geométrica de la creación sin causa. Mas, si Dios existe, sabrá comprenderme tal como yo admito la indescifrable entidad de lo que Es.
Después de haber visto y oído en la TV –complementado el asunto por artículos periodísticos, para mi sensibilidad convincentes-, no puedo permanecer pasivo ante las acometidas clericales al gobierno de la nación y a cuantos apoyamos a nuestra manera las democracias, en especial la que tenemos. Si los eclesiásticos desean participar en la política, deben colgar la sotana; su ministerio no permite enfrentamientos sino, por el contrario, los estímulos favorecedores de la concordia. Pretender asumir responsabilidades que competen al Estado, no es un deber evangélico. Cuando las ambiciones terrenales sobrepasan los límites de la auténtica fe, siempre pregonada por obispos y purpurados sin que su conducta responda a los valores que predican, acontecen las colisiones entre los "rebaños de Dios".
¿Qué más pretende nuestra Iglesia, cuando en los avanzados pueblos de Europa la secularización casi ha tocado techo? ¿Más poder?, ¿mayores riquezas? ¡Ah, no!, todavía es poco. Perder el control de la familia es lo que verdaderamente le preocupa. En estas células sociales se podría cocer la recuperación de la teocracia, con la ayuda indispensable del más duro conservadurismo. Éste es el problema principal de la Santa Sede y, aguas abajo, de quienes saben cuánto iban a obtener si prosperase el gobierno sacerdotal. De ahí que la política española esté siendo ridiculizada en todo el mundo. Dejemos la educación y la familia en manos eclesiásticas y veremos cómo en poco tiempo se descomponen las libertades que disfrutamos. El clero sabe bien cuál es la crisis vocacional que padece la Iglesia, como asimismo es consciente de que el momento por el que atraviesa no es el más propicio para congelar por mucho tiempo la imagen medieval a la que no ha dejado de aspirar.
¿Puede, cualquier persona medianamente razonadora, pensar que el Papa cree en Dios de la manera como nos lo están presentando? ¿Es posible que un hombre de su talla cultural admita a un Dios justiciero, cuando la ciencia ha sepultado tantísimos dogmas y la Iglesia cuenta con un buen número de estudiosos en todos los órdenes del saber humano? ¿Acaso no nos causa risa la idea de la virginidad de María antes, en y después del parto? Hace escasamente un par de años o poco más, el anterior Papa nos dijo que el Infierno no existe; ahora, al parecer, sí. ¿Dónde está la infabilidad del Sumo Pontífice? Sin embargo, pese a tanto despropósito, aún siguen en pie quienes, en nombre del Salvador, tratan desesperadamente de domeñar al mundo. Déjennos en paz los dignatarios eclesiásticos. La resolución de los problemas humanos debemos afrontarlos los hombres y las mujeres, no Dios, ni mucho menos quienes se atribuyen una representatividad que sólo corresponde al individuo inteligente. En cuanto a los creyentes sinceros, mi respeto a sus creencias. Sin embargo, considero que es hora de pensar más y de creer menos. Si la inteligencia, según la fe religiosa, es un don divino, hágase uso de ella. Por mi parte, después de haber meditado durante años en las consecuencias de aferrarme a la fe del carbonero, he optado por la apostasía. Que me borren del registro bautismal.
César Rubio (Augustus)