Al caminar con premiosidad por la fina y blanquecina arena de la playa, dejando atrás las marcadas huellas de los pasos perdidos, súbitamente apareció rodeada de baccinos y telinas, en una improvisada cuna sabulosa, una hermosa caracola dormida y ensoñada, que el mar había arrastrado desde algún confín meridional. Al sostenerla entre las manos, se distinguía su iridescente y tornasolada belleza, formada por un sinfín de espiras, que con sus curvas alabeadas e infinitas, evocaban la agitación y el cabrilleo del oleaje del mar; de las olas del mar. Olas continuas y consecutivas; sinusoidales y repetitivas; poderosas y altivas; azules y horizontales; marfilinas y verticales; nerviosas y evasivas; serenas y encalmadas; siempre activas, siempre vivas.
De inmediato, irrumpió el susurro del mar que se hizo continuo. A intervalos reverberante y undísono, a intervalos silente y eufónico. La magia de aquella porcelana misteriosa y malacológica, no sólo era capaz de sonorar fielmente el suave murmullo de la mareta sorda, con su cadencioso vaivén, al arrullar los lignarios acastillajes de las embarcaciones portuarias, sino también de reproducir próvidamente, el áspero y fragoroso rezongo de la marejada arbolada, al colisionar contra los pétreos bloques del apaisado espigón, extendiendo sobre éstos sus ampulosos rociones, y sus agáricas espumaradas de ebúrnea nacar.
Incluso, su hechizo hacia audibles los ecos, de los versos del poeta del mar, Pablo Neruda:
“Aquí en la isla el mar y cuanto mar
se sale de si mismo a cada rato,
dice que si, que no…
dice que si, en azul,
en espuma, en galope
dice que no, que no.
No puede estarse quieto,
me llamo mar, repite,
pegando en una piedra
sin lograr convercerla…”
Fascinante también resultaba escuchar, a través del canal sifonal de aquella mayólica concha de nacre, la sigilosa acústica de las lejanas profundidades abisales, de los fuliginosos y denegridos fondos marinos, en donde cada minúscula gota de agua, sencillamente es un inmenso mar de sonidos (…)