{Continuación del cuento de cuentos en su módulo 4. El teatro. Ver módulos anteriores en la sección Autores/Artistas-Adrián N. Escudero-Cuentos:: Introducción y Parte (1/7-El Ropero; Parte 2/7-La Biblioteca y Parte 3/7-La Heladería)}
{A mis recuerdos de joven adultez}
Ahora algo me acosa desde el cómodo respaldo de una butaca de La Tasca de Don Manolo…
Aquí la escena me enfrenta -en principio- a la pantalla luminosa de mi computadora personal, intentando transitar, “a ciegas”, ese camino al que alude R. Bradbury en uno de sus últimos libros de cuentos; y a la abrupta obnubilación que me produce ser incorporado, de bruces, a la irradiación fantasmagórica de sus rayos catódicos. Porque ahora no estoy fuera; sino dentro del monitor de mi PC. Y me alejo de los marcos de la maravilla tecnológica que atrapa con facilidad mis ideas y me permite crear, fagocitado a la velocidad de la luz por los circuitos programados que transportan la compleja energía que puebla y electrocuta mis sentidos capturados por las redes electrónicas de Internet…
El embudo voraz que me interna hasta las profundidades sin límite de un cuenco desconocido y ominoso, me llena de terror; y, la agitación ahogada que desata mi pánico, cesa -de pronto- cuando (¡Virgen!), sentado en una de las butacas del Teatro Municipal de la ciudad, soy un espectador más de una obra cuyo guión no es, sino, el esquema documental y fragmentado de los momentos más felices o cruciales de mi vida personal…
Sí, desde el inicio, con la diminuta imagen de mi ser bebé -fotografiada en sepia por la ternura paterna- dirigiendo con el índice derecho, a modo de carnosa batuta, El Delicado (rítmico fox trot misteriosamente oculto en el hoy desconocido disco de pasta, tras los ecos sonoros de un fonógrafo de época); pasando por las aventuras y amistades de una niñez confundida con los sueños y acciones de inefables personajes y actores de cine a los que gustaba representar en la vereda de mi barrio (¡ta-tan, ta-tan..!), todo estaba allí: revivido en el insólito escenario de la villa apacible y cordial.
Sí, ¡allí!, ¡allí!, ¡ése soy yo!, y mi hado adolescente recogiendo el lodo curativo de las salobres aguas cordobesas de la Mar Chiquita, para obsequiarlo -como ofrenda robada a los héroes míticos- a una multitud de hebreos y ancianos veraneantes que pululaban sus angostas playas, aspirando los últimos soplos de vida…
… También, por allá, pero en los fondos virginales de la casa paterna, ¿la ven?; es mamá, acompañando el recitado de mis lecciones en el camino de lava-cuelga ropa por los nutridos arbustos de mi segunda casa y primera huerta; y su atención diligente y sus sabios consejos y su defensa intransigente de mis non santas travesuras ante un padre severo y dominador…
… Y, entonces, como en un espejo de su sombra protectora, irrumpe en escena la elocuente figura de mi inolvidable maestra de grado, de quien bebí, con la insaciable candidez del pecado original o del original pecado por el conocimiento, las primeras aguas del saber científico, enancado yo en el brioso corcel de una curiosidad fervorosa por los misterios de la vida y del universo -de Dios, en suma-, que jamás me abandonaría…
… Dios que me ungió de gozo las entrañas cuando lo recibí, cándido y suspirante, el día de mi Primera Comunión, con su sacerdotal Misterio de amor y redención hecho Pan de Vida, Maná que, hasta hoy, a la par que me consume y devora, me alimenta y resucita …
¿Y ahora, qué sucede?: ¿no es aquello el despertar al amor ardiente, al primer romance y desengaño juvenil trenzados a la faja de honor que cruza mi pecho batiente y orgulloso de recién egresado, mientras la bandera patria de la Escuela de Comercio “Domingo Guzmán Silva”, se inflama en lo alto como emblema de los sueños de astronauta (hermano de las estrellas) que, bien sabía yo, sólo literariamente podría cumplir…?
Hasta que, digo y veo, en los tablones vacilantes del ensombrecido teatro de la ciudad, la esperada zozobra por comenzar los estudios universitarios, junto a otros tantos trémulos y nuevos amigos que me harían comulgar más tarde, otro Pan: el Pan de los Ideales y por medio de la militancia política y sus desafiantes avatares en manifestaciones callejeras cargadas de plataformas, bombas de estruendo y promesas para un mundo mejor…
… Al lado, la luchadora estampa de un padre adusto y generoso en su entrega por nosotros y la comunidad, ya desde la farmacia del citadino Hospital Piloto hasta su gremialismo henchido en obras de bien (¿o acaso no fundó la Escuela de Enfermería “Cruz del Sacrificio”, llenando de esperanza como Consejero Cooperador, la copa de leche de muchas bocas de la ciudad, por ejemplo, hasta llegar a ser elegido en la convulsionada Provincia de Santa Fe de los sesenta, Vocal del su Consejo General de Educación y en representación democrática de los cooperadores escolares; retornando luego de su mandato al humilde puesto de Preparador Técnico de Farmacia en el citado Hospìtal?; y antes, acaso, a cinco años de casado, y con apenas 23 años, ¿no había ocupado el grave cargo de Interventor en la Asociación de Trabajadores de la Sanidad Argentina – ATSA en Mar del Plata; y, dándose lugar para el deporte, luego de practicarlo magníficamente, ser Director Técnico de la Selección Santafesina de Basquetbol Femenino de la Provincia?…, y, en su joven madurez, guiando a sus líderes en la creación de la filial santafesina de la Unión del Personal Civil de la Nación? Justicialista de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, ese fue mi padre -y mi orgullo se inflama de emoción-; aquel que a los 61 años (1991), entregó su vida y obras al Único Que Es y Hace Ser -como diría el Poeta Actis Brú-, después de una sufrida cirrosis medicamentosa… Yo le velaba leyendo desde un sillón en el pasillo del Sanatorio, donde su hígado iba quitándole, poco a poco, su ejemplar compañerismo de esposo, padre y abuelo, y él me decía, con dulzura de ángel: "Andá, querido; andate para casa. No te cansés que yo estoy bien… Andá, no te hagas problema". Y a los dos días, después de ver la Luz y a María Santísima viniendo en su busca para llevarlo al Paraíso, cortó su aliento, codo a codo, junto a mamá santa y yo a su lado y testigo, al cabo de tres horas de profundo ronquido mortal…
Fue entonces cuando, ante una exclamación, producto quizás del estupor con que asistía al vívido rodaje de mi existencia, vi rotar su nuca tersa y enhiesta sobre el centro de sus hombros delicados, y ya no fue sólo su espalda sino también sus ojos y su frente y su nariz y su boca, los que enfrentaron mi atónita mirada desde la butaca cercana anterior del aula del Centro Particular de Estudios donde ambos, asistíamos un curso sobre Tarjetas Perforadas para las colonas PC… ¡Ella también estaba allí!, mi futura esposa, solazando en sonrisas mi onírico viaje subliminal… Después, acompañarla hasta su casa -otra vez -perdidamente enamorado, tan perdidamente enamorado, como perdidamente solo al lanzarme a la calle imaginando que, jamás aceptaría mis disculpas frente a un posible y estúpido y furtivo pecado de infedelidad… Rogué, pues, al Cielo, que no se consumara un día aquel trágico presentimiento; y, esperanzado en mi celoso amor como segura coraza contra el temido infortunio, dejé que Dom Perignon, presto al desenlace de la trama, me rescatara del llanto agónico, angustiado, con que se quebró mi desolado ego…
{(Continuará con Parte 5/7)}.
{{ADRIÁN N. ESCUDERO – Santa Fe (Argentina), 18-07-2003. T.a.: 28-03-2010.- Ver breve currículum literario del autor en módulo Post Scriptum.-}}