| Pedrito Gualcinse |
cantar de cigarras
llantos de trapiches de sombras y figuras
el día se desvanece en los matices
sepias que colorean la tierra
es una herida que lacera el corazón del árbol
Insectos bebiéndose el sopor del mediodía
pájaros que al atardecer desertan con su canto
las abejas continúan con su sempiterno
hábito de trabajar.
Una urraca esboza su trova
de un árbol a otro
y las flores de San Juan
hacen su arribo en plena feria
el sol sosegado en su butaca
quiebra una aceituna
ojos y labios de árbol descienden
a poblar el fuego,
es tiempo del estío
y el paseo del los grajos
la flor del amate vive el enigma de la luz
flor del tiempo
escondida en sombríos laberintos
entonces hace falta el serpenteo
de una mariposa
el tango de las hormigas
sobre la humedecida tierra
y la gracia
que asumen los tordos al volar
y en la oquedad de la noche
el lamento del cucuy
la soltería del árbol
todo eso hace falta
en esta casa amor mío
el camino hacia tu cama
en ese instante te descubro te busco
y tú estás en el descanso
de la piedra que jamás fenece
en la timidez de la flor del carao
en la culta sombra del amate
en el muelle y sus desdichas
en ese breve rito de la siembra
eres la dulce forma que se agota
en el límite de mi estancia
oh mi Antares tan distante mi Aldebarán
en qué sitio habrá ido a refugiase
la luz de tus ojos amor mío
¿ en qué sitio?
que arden en la memoria de los pájaros
algo queda de ti en el silencio de la arena
en el viento que trae el mar
en esa mesura de arquitecto
que posee el horizonte existes tú
en las sombras de la nubes que danzan
en la humedad de la tierra
los zompopos suben y descienden
de los árboles
cargando en sus cuerpos
diminutos trozos de hojas verdes
las campanas traducen
la memoria del olvido
la humedad de las reliquias
y la palidez de las montañas dibujada
en el rostro de los muertos
el dolor de las huellas
el cansancio de las tumbas.
y digo entonces
que sobre estas piedras amor mío
edificaré la memoria de mis hijos.
En la casa de mi abuela
carecíamos de un reloj
de no ser por los pájaros y las maravillas
nunca hubiéramos sabido la hora
cuando el viento se quedaba quieto
y no agitaba ni siquiera una rama una flor
mi abuelo empezaba a silbar
y el viento surgía ligero
la lluvia es sediciosa
el viento llega solo
la lluvia la acarrea el viento
la hamaca siempre estuvo tendida
en el corredor de la casa
aferrada como un escapulario
en los horcones
al anochecer jugábamos a escondernos
en el interior de la habitación
la oscuridad permitía volvernos invisibles
entonces uno piensa en las estrellas
en el color de las cosas
en la forma que poseen
y el lugar donde reposan los retratos
mil disfraces vigilan
el semblante de la noche
ocultan el silencio
profanan el paisaje
que adormece en un mar de sombras.
En el surco y el arado disuelvo mi palabra
Dijiste un día
que te gustaba el mar
y cuando las locomotoras
silbaban y arremetían
contra el bullicio de los campos
que te hubiera gustado plantar
un huerto para que los cuervos
urdieran su vuelo en medio de las flores
y los colibríes pudieran
reposar sin preocuparse
que tenías un viaje y no podías llevarme
que era cosa de hombres y no de niños
era un viaje indisoluble
que a solas conversamos un día
cuando descansábamos
bajo los bambúes
debe ser cansado estar allí donde estás
hasta cierto punto aburrido
por no hablar con nadie
no debe ser tan fácil
acostumbrarse a la soledad
y a lugares tan sombríos como esos
todavía poseo la honda
que me diste de recuerdo
para cuidar la milpa de los cuervos
pero a los cuervos
no los apedreo porque me encantan
más que los conejos
los tecolotes son mejores
miran de noche
se comen a los conejos
odio los conejos que se dejan atrapar.