PIEDRAS (UNA FÁBULA MITOLÓGICA) – PARTE I/V

{Dedicada a la nueva estirpe de los {{Pignalberi – Di Stéfano}}, unidos por las venas itálicas de sus ancestros.  En especial, a mi primer nieto Nicolás Alejandro (1995), quien estrenó un día mi ser abuelo contador de cuentos…}
 
 
{“Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios” {{2}} . O, “El rico llena el arca de monedas, y el alma de preocupaciones {{3}};…}
 
 
{{Introducción}}
 
Cuando Nicolás Danilo cumplió doce años –recordó-, su viejo y un poco enfermo abuelo paterno, Adriano Lorenzo Pignalberi, arrellanado en su {sommier} nupcial, le contó una fábula a la que, a esa altura de hormonas alborotadas, no prestara mucha atención. Como cualquier fábula ésta comenzaba diciendo:
 
   … Había una vez (ahora, muchas veces) un hombre (ahora, muchos hombres) que no tenía (tenían) una piedra en el zapato que le (les) impidiera caminar. Sino {cuatro} {{4}} . Veamos:
 
   Bajo la planta de su pie derecho, conectado al cerebro, las piedras del {{Odio}} (resentimientos, inquinas, prejuicios, envidia) y de la {{Impiedad}} (ateismo, agnosticismo, existencialismo: pues pensaba que cada uno procedía de sí mismo, y podía solo con todo y contra todo y todos). 
 
   Bajo la planta de su pie izquierdo, conectado al corazón, las piedras de la {{Indiferencia}} (acerca del amor, de la verdad, la justicia, la compasión y la paz) y de la {{Avaricia}} (acerca de que, como no debía nada a nadie y procedía de sí mismo, todo lo hacía por él y para él, sin una pizca de solidaridad).
 
   Al respecto, a modo de ejemplo de vida y sobre este último particular, la {{Avaricia}}, es famosa la anécdota que cuentan sus aliados obsecuentes de boca de un joven galileo que deambulaba de aquí para allá como un profeta trasnochado, y que un día, entrando a su pueblo de orgulloso terrateniente, dijo: {“Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo} –en el colmo de su mezquindad-: {‘¿Qué voy a hacer? No tengo donde guardar mi cosecha. Después pensó: ‘Voy a hacer esto: demoleré mis graneros y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida’. Pero Dios –a quien en su desprecio por el bien común desconocía- le dijo: ‘Insensato, esta misma noche vas a morir, ¿y para quién será lo que has amontonado?’ (…).} Por cierto, esos mismos amigos recordaron una cumplida profecía de Amós {{5}}  sobre el tema y aseguran que, desde aquella noche, el genio del hombre se volvió más umbrío que nunca; pero que jamás revió su esquivo proceder… {{6}}
 
   Lo peor de todo, sin embargo, lo configuraba el inusual hecho de que, como las piedras eran del mismo tamaño, los pies se habían amoldado perfectamente a sus agazapadas existencias; por eso el hombre no sabía que tenía una, sino {cuatro} piedras en sus zapatos. Pero que, con el paso de los años, habían concluido, en modo inexorable y muy a un orgulloso pesar,  a impedir su marcha particular, y a sostener aquel engreído, enhiesto y mundano estilo de caminar que tanto le había caracterizado ante los demás…
 
   (…)
 
 
   Cuando Nicolás cumplió sus veinte años –recordó-, y ya había cursado los estudios secundarios, principiado los terciarios y leído un poco de historia grecorromana, su ahora más viejo y más enfermo nono Adriano o “Don Abuelo”, arrellanado como siempre en su mofletudo {sommier} nupcial, volvió a contarle la misma fábula, pero agregando algunos detalles mitológicos, filosóficos y místicos a los que, esta vez, supo prestarles singular atención; y eso que, a esa altura, sus hormonas estaban más alborotadas que nunca, y su celular todo terreno se lo recordaba a cada instante… 
   
   Don Abuelo actuó para que ello ocurriera con cierta perspicacia: tenía muy en claro que la edad de su nieto {-en grado de madurez psicológica-} distaba de ser la de otras décadas. Los chicos de ahora {-y desde mediados de los años ochenta o principios del noventa, aproximadamente-} parecían haber ido incrementando {-en especial-} el acervo de conocimientos, actitudes y aptitudes (destrezas), en torno al saber tecnológico y sus múltiples variantes, pero con una consecuente y más que proporcional descenso en las capacidades de interacción y comportamiento social {(la Internet y la televisión despersonalizaban sus hábitos y costumbres, inaugurando una época de indiferencia y alarmante falta de capacidad autocrítica en sus conductas esquivas y equívocas)}; así que, la cultura de la imagen y el sonido, con su repiqueteo caótico de información y valores contrapuestos, les hacía rechazar en modo inconsciente y casi de plano, todo lo vinculado a una cultura basada en el coloquio oral o la lectura reflexiva y comprensiva de textos gráficos. {“¡Hay que ser prácticos”}, abuelo!”, solía afirmar Nicolás ante aquella sombra de vejez incomprendida… Sí, lo utilitario y productivo prevalecía sobre la imaginación y los sueños…, pero la adolescencia en muchos jóvenes se había prolongado en la actualidad hasta más allá de los 30 años… Y Don Abuelo había aprendido sobre todo en esta vida que, el respeto, es precedente a toda buena relación humana; y permite fundar el AMOR, virtud esencial que recoge lo perfecto y lo santo, sobre bases firmes e inconmovibles. 
 
    Así que, llamado a la “Santa Paciencia” y sin dejar de afirmar los ejes argumentales de su historia, el nono Pignalberi {-a quien su futura cuñada, Concilia Di Stéfano, admiraba y protegía contra las impropiedades de su novio-} fue introduciendo nombres y situaciones, pero interrogando y midiendo sagazmente a su nieto acerca del perfil de los personajes que citaba o de las relaciones que podían llegar a establecerse entre la trama de la historia {-muy simple, por cierto-}, los sostenes de razonamiento que abundaba, y los arquetipos mitológicos y místicos (o metafísicos) que mencionaba {-cosa que, de algún modo, comenzó gradualmente a intensificar la densidad de la fábula y las connotaciones que la misma perseguía a modo de colofón o moraleja final-.} 
 
   Es más, por un momento y mientras relataba, el abuelo pensó que, si debía poner por escrito lo que estaba expresando coloquialmente con su nieto, en un “ida y vueltas” de dudas, certezas, preguntas e interrogantes, habría tenido que elegir {-al menos-} entre dos alternativas. O utilizar notas al pie ubicadas en modo cercano a los nombres o situaciones que deseaba aclarar o remarcar, o bien, para no distraer al lector, remitir todas las acotaciones que necesitaba hacer, al final de la historia; como diciendo, bueno, al que le interese consultar las citas que las consulte {-no era cuestión de herir ni prosapias ni sensibilidades académicas: en el Literatura, como en otros aspectos de la vida, la Soberbia, la Vanidad y la Envidia, conformaban el Cielo, el Mar y el Inframundo terrestre de las mentalidades adoquinadas, mohínas, narcisistas o esquizoides-}; en tanto que, la primera alternativa, tenía el atractivo de que, inmediatamente, el lector {-aún el más desprevenido-} podía tomar rápida referencia de las enseñanzas que, {ad-hoc}, aderezaban la trama principal. Cuestión de gustos. De hecho, hubo una alternativa que Don Abuelo no había considerado: y era la de esforzarse un poco más y tratar de hacer participar, adecuadamente, dichas notas o aclaraciones filosóficas, teológicas o mitológicas, de la trama misma de la fábula. Esta alternativa sólo acotaba a cierto número las notas al pie, volviéndolas económicas y mucho más directas que si referenciaba todo al final… 
 
   Así que debo confesarles lo qué finalmente sucedió. Don Abuelo optó por el {“didactismo”} y me entregó el escrito de la fábula con una increíble cantidad de “notas al pie” que distraerían a mi entender {-aunque jamás me atreví a confesarle mi juicio de precoz trabajador de las letras; mi admiración y respeto por él eran más fuertes que mi profana simiente vocacional-}, en vez de educar al "soberano" {(parafraseando una frase hecha y contrahecha de la generación de los ’80 en Argentina)} escucha o lector. Por lo que, y después de pensarlo un poco, como buen abogado y un poco economista y administrador, curtido en pleitos por una sociedad moderna, convulsiva y litigiosa {-presta al desacuerdo por la ambición del poder y sus fugaces placeres-}, y sabedor como legista que el cincuenta por ciento de nuestra biblioteca jurídica apoya determinadas opiniones, posturas, enfoques, posiciones, doctrinas o jurisprudencia -en igual materia- contrarias a las que defiende el otro cincuenta por ciento, me dije: voy a optar por la tercera y salomónica alternativa…, y que, por supuesto, condicionado por sus achaques, a Don Abuelo no se le había ocurrido; o, para ser enteramente justos y pensándolo mejor, a esa avanzada edad y sabiduría en mano, cabe la posibilidad quizás de razonar e inducir también, que no todo fue azaroso o limitado en su escrito; quizás hubiera obrado así {ex profeso}, dejándome la ocasión de descubrir el tercer camino merced a una inteligente estrategia pergeñada con sutileza al transferirme este interesante desafío literario…
 
   Procedí en consecuencia a restringir al mínimo el número de “citas al pie”, remitiendo el resto como indicaciones al final del trabajo, y con el objeto de habilitar, sugerir o introducir -en el texto argumental- parte de las acotaciones, involucrándolas de la manera más propicia en la trama lineal del argumento… La razón sería (era) obvia: facilitar al lector eventual la toma de conocimiento inmediata del personaje o situación que ameritaban dichas notas aclarativas, utilizando la metodología propia de la “parábola didáctica”  donde lo secundario se integra a lo principal, complementándolo en forma adecuada. De hecho, y en el caso de dar a conocer la obra por determinados medios virtuales o electrónicos, debería acudir -necesariamente- a diferir dichas "notas" a una suerte de colofón.
 
   Esa fue la forma en que después, yo, Nicolás Danilo Pignalberi, casado, cuatro hijos y de cuarenta y cinco años de edad, nacido bajo el signo creativo de Acuario –el de Julio Verne y Charles Dickens, por ejemplo-, vuelto narrador al fin, intentaría re-narrar aquella extraña fábula {-con cierto oficio, dicen, aquilatado por el tiempo y el tenaz entrenamiento en los secretos de la Palabra; lejano ya de aquellos vanidosos veintitantos años que le impidieran aprovechar, con mayor sensatez, las pacientes enseñanzas del nono-}. Lo haría con perseverancia, exigiendo la memoria para atrapar los recuerdos que, en indelebles garabatos orales, le había dejado grabados en su mente y corazón de potencial escritor, el inefable abuelo Lorenzo {(nacido bajo el melancólico signo de Capricornio, ergo: o el de Edgard A. Poe y Howard P. Lovecraff, por ejemplo)}, delineando así lo que alguien, en este mismo instante, podría estar leyendo casualmente…
 
   Eso sí, con el debido respeto y suspenso hacia los suspiros de alerta propios de un lector o {leedor} {{7}}  consumado, a la espera {-legítima-} de toparse, en el quizás de los {quizases}, con una verdadera Obra de Arte. Aunque tal objetivo sólo pocos escritores puedan lograr para merecer, en rigor, el título de tal…
 
{{Continuará con Parte II/V)