DIOS

Cuando alguien me pregunta si Dios existe, le respondo que contemple el firmamento. Millones de galaxias, portadoras cada una de miles de millones de estrellas que a su vez agrupan una infinitud de planetas es, grosso modo, el resultado de un ligero cálculo. Si tan somero cómputo pudiésemos multiplicarlo por los átomos que lo componen (permítaseme la burda expresión), se nos iría la olla; pero si, además, reflexionamos sobre la compleja armonía de la vida inteligente: fisiología, anatomía, metabolismo, ramificaciones nerviosas, laberinto cerebral…, solo nos queda el recurso de sentirnos incapaces de concebir semejante diversidad. Ante la panorámica de tan confuso orbe solo nos queda una respuesta definitoria: inteligencia cósmica. Sin más. Porque comprender la naturaleza de tan vasto ingenio denominándolo Dios, parece pueril. Sin embargo, la comprensión necesita el apoyo de algún recurso clarificador. En este caso, de la simplificación.

Mis años de ateísmo comprimieron toda solución explicativa sobre la naturaleza divina; pero la temporalidad origina reglas inamovibles de las que la testarudez no puede escapar. Es ahora, casi a mi nonagenaria edad, cuando las dendritas que pueblan mi cerebro están recibiendo estímulos externos, ignoro de qué fuente, tal vez con ánimo traicionero. Porque parece improbable que una conducta mental tan arraigada al escepticismo, de la noche a la mañana experimente un cambio notorio sin más. No obstante, el hecho en sí demuestra, o intenta justificar, que la sustancia gris no puede suplir al mensajero espiritual, sino que su misión consiste en traducir la comunicación y posibilitar la interconexión humana con el universo.

Más o menos completada la explicación preliminar del tema a desarrollar, considero imprescindible significar la dificultad que supone creer en Dios basándonos en la abstracción. Abrazarnos al concepto Inteligencia Universal otorgando a la frase entidad divina, solo sirve para avivar la negación. Por el contrario, si al Gran Maestro lo tenemos representado por la cruz o cualquier otro símbolo religioso, ponemos a nuestro alcance una valiosa referencia. En algunos casos bastará con la idea panteísta para convertir en verdad lo que parece inexplicable. Dios en una flor, en el mar, en la relación coloquial con el sol o en el romántico ocaso, además de poetizar la idea nos conduce a la conversión en parte sustancial del Todo.

Después de largas reflexiones, mi inclinación natural a la soledad me ha puesto en más de una ocasión a disposición del soliloquio. Abstraerme en contemplativas ideas ha llegado a forzar el hábito de hablar solo, en voz alta o a sovoz, de manera especial cuando, contradiciendo a mis costumbres e ideario, la sospecha de sentirme aislado en el cosmos ha llegado a crearme ansiedad. Huir de las costumbres sociales, de la perversión mental tan común en el materialismo, me ha supuesto un alivio; ¡pero creerme entidad solitaria…!

Desde los orígenes de la humanidad se ha necesitado a Dios, representado en la pluralidad vital: animal, sonido, fenómeno atmosférico o cualesquiera otras formas primitivas, mas nunca el aislamiento. Se ha configurado un mundo de símbolos: monstruos, demonios y dioses, ¿con qué fin primordial? Por el mismo que yo, ahora, a punto de cruzar a la otra orilla, necesito a la deidad. Preciso de la autoridad, del sometimiento a la voluntad universal, donde miríadas de átomos y partículas elementales organizan la vida eterna; sí, he dicho “eterna”, en las infinitas formas y modelos que la Inteligencia Universal dispone en planos evolutivos, donde Dios supone la culminación de los procesos vitales. Por eso mismo, tal vez, diariamente me abrazo al discurso coloquial con el Sol, mi Dios más inmediato, para pedirle, para rogarle, para sentirme parte sustancial del Amor, siendo en el orto y el ocaso (expresiones lumínicas ascendente y decadente) cuando la música celeste nos regala el pentagrama de la creación.

Necesito creer en Dios. Exista o no la Suprema Deidad, la mística reciedumbre de mi creencia me empuja en dirección opuesta a la mentira, al atropello humano y al desamor. Siendo en mis oraciones al Sol, a la brisa marina o al cordón penibético que limita la panorámica desde donde oro por el comportamiento humano, cuando me hallo confundido con el aliento universal.

Desde estas líneas les recomiendo a los ateos y a los gnósticos que oren. Que lo hagan por ello mismos; dirigiéndose a la Nada si así lo prefieren, por ser en la plegaria donde el eco de los violines cósmicos deja en la vida la impronta del amor como principio creativo. En cuanto al cristianismo, les pido a sus creyentes que sigan pidiendo por la paz del mundo; por medición de la Cruz, de la Virgen y de los santos. Tal como yo lo hago con la ayuda del mar, de las flores o de los riscos, ¿qué más da? Es ahí y no en la puñalada donde podemos encontrarnos con nosotros mismos.