VIDA Y MUERTE

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Si el principio de la Ley de Conservación de la Materia establece que “la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma”, y de igual modo cualquier sólido, ¿no es ello indicativo de que el temor a la muerte no tiene fundamento que lo sostenga? Sin embargo, es el sentimiento, y no el raciocinio, el modo determinante que confirma el desacuerdo con la razón.

Ni soy filósofo ni mi formación tiene suficiente entidad para valerse de la sentencia favorable o adversa. Prefiero ser considerado un inquieto interlocutor de los miles de humanos que pisamos el asfalto, siempre dispuesto al diálogo sereno con el sabio o con el arriero, con el monarca o con el plebeyo. He pensado siempre, y aún lo mantengo, que el temor, sea a la extinción vital o a la enfermedad irreversible, solo tiene sentido en cuanto al sufrimiento físico se refiere. No obstante, esta reflexión no es merecedora de aplauso en función de una supuesta valentía de la que no puedo acompañarme.

Tal vez sea por edad avanzada, por diversos problemas, por pura convicción o Dios sabrá por qué otras circunstancias, mi vida no me preocupa, aunque sí, y mucho, el sufrimiento causado por el dolor. En cuanto al infortunio familiar, ¿qué decir distinto al criterio ajeno? Soy un necio más.

Creo sinceramente que perdemos el tiempo al materializar el comportamiento religioso. La ciencia avanza al compás del escepticismo pío, cuando no de la incredulidad. Mientras las técnicas materialistas dictan leyes, el sentimiento espiritual va perdiendo vigor. El divorcio entre ambas disciplinas no deja de ser lamentable. Acostumbrados como estamos a entender el dogmatismo como valor cristiano, olvidamos los bienes místicos orientales, de los que la Física podría valerse para establecer encajes relacionados con el átomo atrevido. Aunque en mi ignorancia cabe la especulación, el empirismo y el pensamiento metafísico, dados mis desconocimientos matemáticos y físicos en general, únicamente puedo valerme de la intuición, en mí ligeramente desarrollada. Suficiente, no obstante, para establecer valores axiomáticos en torno a principios lógicos de imposible verificación. Como, por ejemplo, que todo está formado por átomos espiritualizados. ¿Espiritualizados? He aquí la primera controversia entre la ciencia y la creencia prosaica. Ambos conceptos disponen de elementos fidedignos, pero ninguno capaz de verificación.

Si la ciencia se amigase con el compromiso religioso, ¡cuánto ganaríamos todos! ¡Cuánto Oriente y Occidente! Podría suponer la limitación bélica, el desarrollo moral y el necesario equilibrio entre los contrastes. Asimismo, la ciencia avanzaría al incorporar en sus presupuestos el virtuosismo que hoy le niega al complemento material: espíritu.

Vida y muerte, luz y oscuridad, mientras nosotros nos debatimos entre el exceso y la miseria: la única muerte anímica.

Libros hay, escritos por médicos y especialistas sanitarios relevantes que nos ilustran acerca de las experiencias cercanas a la muerte (ECM). En todos ellos se desarrollan estudios serios sobre dicho fenómeno. Pudiera ser que el encefalograma plano, indicativo de muerte cerebral, no refleje exactamente el final de las funciones vitales; mas lo importante radica en la experiencia del paciente recuperado tras un espacio temporal más o menos dilatado. Vivencias éstas indicadoras de un estado de conciencia inusual, en el que tras la supuesta muerte persisten diversas realidades incomprensibles, como la reproducción casi instantánea de toda una vida por medio de imágenes; y otras más, tan significativas como la anteriormente expuesta, indicadoras de que el complejo proceso cerebral queda limitado a transferir a la conciencia de vigilia los estímulos y mensajes provenientes de un más allá incomprendido por la ciencia materialista.

Muerte y vida son unidades diferenciadas de una misma sustancia, eterna y clarificadora para quienes comulgamos con la materia y el espíritu como fundamentos integradores del Todo.

Yo diría: no al temor a la muerte, sí apertura al raciocinio; y dejemos el sentimiento abigarrado para amar, coser en tejido espiritual los más bellos pensamientos sensitivos y, si algo sobra, volver a amar; porque falta nos hace el afecto, la ternura y la extensa sinonimia derivada del beso a la vida.