La vida tiene dos dimensiones: material y espiritual. Existe otra manera de comprender la existencia humana, referida al equilibrio entre la complementariedad espíritu, materia. Llevando la vivencia al dominio de los extremos, el goce cuasi material –porque total no es posible debido a la intervención de la conciencia– origina sensaciones densas. Por el contrario, la espiritualidad llevada al límite de lo posible fructifica en el surco de la excelencia. El misticismo contempla la elevación o goce inmaterial; es decir, el éxtasis; el materialismo, la satisfacción plúmbea, comprimida, compacta. En cuanto a la fase intermedia, cuando se intenta llevar una vida ordenada, la discursiva conciencia tratará de mediar en beneficio de la ponderación.
En los tres supuestos existe una influencia perniciosa capaz de imponer serias dificultades al deseo de equilibrio: el dinero con su dominio perturbador. Quien más riqueza posee exige más poder, elevando su deseo posesivo a posibles niveles de confrontación social. En tales circunstancias, con la economía mundial en manos absolutistas y la educación de las masas cada vez más en retroceso, ¿qué posibilidades tienen los padres de aleccionar a sus hijos para espiritualizar su conducta siquiera en cotas mínimas? De ahí al materialismo extremo, solo un paso.
En las tertulias exóticas, por no decir extravagantes, en la cafetería o en la terraza de algún bar durante el diario desayuno, se entablan debates, cuando no discusiones acaloradas que mueven a la carcajada y algunas veces a la compasión. En el corrillo, compuesto por hombres y algunas señoras, es raro que no se hable del comportamiento de los hijos, de las dificultades económicas; sobre la sucia política y el no menos repulsivo proceder de los gobernantes, todo ello acompañado de risotadas, de alguna frase malsonante y de gestos poco recomendables. Nada, en absoluto, acerca de los placeres sensitivos brindados al ser humano por nuestra pródiga naturaleza. Menos aún sobre filosofía, arte abstracto, música clásica y otras obediencias culturales. Semejante actitud genera modelos conductuales de pura lástima. En tales circunstancias, si alguna persona hiciese alguna referencia a la espiritualidad, ¿qué reacción cabría esperar, además de la risotada? No obstante, considero que, aun así, existen posibilidades de vislumbrar algún destello de inmaterialidad; porque en la justa defensa de la dignidad humana cuentan, y mucho, los valores incorpóreos.
Como hombre de la mar, a lo largo de mis pesquerías he llegado a sentir auténtica devoción, desde el alba hasta el ocaso, por los múltiples efectos naturales basados en visualizaciones, sensaciones olfativas, caricias atmosféricas y otros resultados no menos placenteros, indicativos de las innumerables sacudidas emotivas que nos ofrece el Mediterráneo; fisuras por donde el espíritu universal se manifiesta para gozo y provecho de la humanidad.
Tal como se acaba de relatar, la influencia anímica contiene elementos naturales tan poderosos que ni la pobreza extrema, llevada hasta la desesperación, los puede anular. Incluso pasando hambre podrá la materia suspender la corriente inmaterial que a todas y a todos nos anima. Queremos significar que tenemos infinitas posibilidades para, incluso bajo el peso del sufrimiento, poder sentirnos merecedores del balsámico efecto espiritual. Sin embargo, la humanidad sufre porque ignora cuál es su misión en la Tierra y cuáles sus derechos por la circunstancia de haber nacido. Derivado de este comentario, me asalta un enriquecedor recuerdo que me permito narrar.
Ocurrió cuando yo menos lo esperaba. Precisamente en un coloquio establecido al término de una conferencia, pronunciada por un profesor de Valores Éticos. La sala del ateneo, repleta de estudiantes, docentes y otros profesionales de la enseñanza, parecía asumir los postulados del conferenciante, no sin algún que otro gesto de duda, aun tratándose de proposiciones inamovibles. Era lo propio de un acto cultural de variadas tendencias ideológicas.
Quedé sorprendido cuando un oyente, en una discusión de correcta compostura, le preguntó al ponente cuáles podían ser los valores éticos de la homosexualidad; pero todavía resulté mayormente impresionado dada la respuesta tajante del conferenciante, al afirmar que ni la ética ni la estética podían favorecer un vicio contranatural.
Los murmullos cesaron cuando el orador, con firmeza, adujo razones que nadie osó contradecir.
Al margen de lo sucedido en el salón de actos, mi impresión fue, y sigue siendo, que el elocuente disertante, con independencia de si tuvo o no razón al responder de un modo imperativo, siquiera hubiera sido por modales estéticos debió haber contemporizado con el joven demandante, a quien pareció haber humillado ante la selecta concurrencia. De ahí nació mi siguiente reflexión:
¿Adónde nos conduce la intolerancia y, menos todavía, la soberbia? ¿Qué impresión pudo haber recibido el refutado muchacho ante tamaña respuesta? Desde luego, no creo que apacible y sí cargada de rencor.
Lo que normalmente consideramos vida es el efecto especular de la existencia contemplada en el espejo materialista; no en el cristal azogado de la verdad. Espíritu y materia se necesitan. Los goces densos: sexuales, posesivos y, en general, egocéntricos, son valiosos referentes para poder advertir que tras la consistente materia resplandece la capa protectora de la existencia; es decir, el más valioso resplandor cósmico; algo tan vituperado por la malicia que ya ni me atrevo a nombrarlo, pero que todos y todas conocemos.
