A mí, que ha tiempo apostaté del cristianismo (el catolicismo hipócrita me aterra), me duele que en Semana Santa se venda la imagen del Eccehomo, a veces envolviendo un paquete de torrijas; porque si bien aborrezco determinadas costumbres litúrgicas, también creo saber apreciar el valor de no pocos pasajes evangélicos, y pienso: ¿Cómo es posible que principalmente la imagen de Jesucristo, su calvario y crucifixión, haya quedado paganizada con ritos reprobatorios? ¿Es de buenos cristianos atiborrarse de comida, ingerir alcohol hasta llegar a la embriaguez, y en ocasiones blasfemar algunos costaleros ante el peso soportado, mientras el paso del Nazareno queda expuesto al jolgorio de la madrugá andaluza? Claro, éstas son cuestiones que por harto sabidas carecen de importancia, máxime cuando la inercia consumista invita a cristianos, herejes y festivas criaturas a disfrutar de su oscura espiritualidad. Como los nazarenos, cuyo supuesto aburrimiento les obliga a repartir caramelos y chuches entre devotos y espectadores. Sí, y el capirote ocultando Dios sabe qué ideas del disciplinante, hecho al fervor de una tradición atávica con tufo a Santa Inquisición.
Creo que esta parafernalia difícilmente podrá quedar erradicada algún día de la voluntad popular. La Iglesia sabe bien cómo doblegar a los políticos honestos cuando se trata de instruir a la ciudadanía en cuestiones de hondo calado. El sacerdocio católico tiene el púlpito para mentir, como también la calle y la esencia institucional. Sin embargo algo habría que hacer, con el apoyo de los cristianos de verdad, para dignificar la Semana Santa desde la humildad, el silencio y la oración.
César Rubio (Augustus)