MISTICISMO Y FÍSICA MODERNA

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Quienes carecemos de conocimientos avanzados sobre física y matemáticas y a la vez somos presa de la inquietud por la comprensión, estamos condenados al sacrificio especulativo. Nada podremos hacer, pese al esfuerzo científico en pro de la divulgación, para adentrarnos en el fabuloso orbe de la mecánica cuántica, las leyes sobre teoría cuántica de campos, relatividad de Einstein, simetría rotacional del especio-tiempo… ¿Y qué más, digno de dedicar toda una vida a su estudio? No obstante, podremos sentirnos fascinados al comprender la paradoja de El gato de Schrödinger, el colapso de la función de onda, o simplemente la relación de indeterminación de Heisenberg. Suficientes elementos para sentirnos atraídos por los misterios naturales, el esfuerzo científico y el poder de la inteligencia. Aunque seamos conscientes de nuestras limitaciones intelectivas y de tener clara conciencia de que formamos parte de la cocognición rudimentaria. Porque también la racionalidad cuenta en los supuestos imaginativos.

No solo el vulgo ha intentado hurgar en el dominio de sabios y místicos. También Albert Einstein, como modelo representativo de la Ciencia, bebió en las fuentes de las religiones contemplativas orientales. Si lo hizo fue porque, más que suponer, debió estar convencido de que en la fuente quimérica podría encontrar secretos matemáticos plausibles; algo de superior entidad, imposible de resolver sin las evolucionadas técnicas del momento, siendo de suponer que debió acertar.

En el caso de quienes somos reos de la efervescencia espiritual, nos aventuramos a esculpir en el vacío sensitivo la representación de todo aquello que el materialismo niega sobre el idealismo religioso. No de los dogmatismos al uso, sino de la llamada interna en busca de la verdad sin pruebas.

Dispuestos a medio entender los postulados científicos, a veces ni la evidencia matemática nos convence. Algo tan simple como es lo que la Ciencia da por bueno, también los negacionistas del materialismo a ultranza podemos refutarlo por medio de la perseverancia espiritual. Porque, nos preguntamos, ¿es posible admitir la existencia de la materia a secas sin el complemento espiritual, sustituido por la prolija actividad cerebral? Sin embargo, por más que intentemos justificar tamaña resolución científica, sabemos que en el submundo del materialismo doctrinal brilla la misteriosa ecuación valorativa del espíritu complementario.

También nosotros, contestatarios de la intolerancia ilustrada, estamos en condiciones óptimas de poder contradecir a los genios del razonamiento estructurado; porque, de igual manera que ellos hallan en la incógnita valores absolutos, quienes nos valemos del poder imaginativo a modo de herramienta deductiva, sabemos que la dualidad es un factor determinante para comprender lo que la Ciencia jamás ha tenido en cuenta.

No pocos sabiondos nos tildan de borricos cuando sostenemos con firmeza que el cerebro humano es un motor interpretativo. Hermenéutico, insistimos, porque consideramos que nunca la materia por sí es capaz de explicar un fenómeno anímico como el amor ni, por supuesto, fundamentar el odio como factor complementario del mismo. Ambos forman parte no de los estímulos neuronales, sino de un modelo invariable denominado complementariedad.

Cuando, ansioso por comprender la paradoja de El gato de Schrödinger me dedique a estudiar su significado, me llamó poderosamente la atención el hecho de que solo por intervenir en el fenómeno la conciencia del observador, el gato aparecía muerto. Es decir, por simplificar el ejemplo ilustrativo: la luz es a la vez onda y partícula. Solo cuando el científico observa el comportamiento del fotón, éste se muestra como onda o como partícula. Ejemplo más que suficiente para acceder al campo especulativo. Hasta hoy.

Me seguirán llamando borrico; da igual. En este caso, para mí lo importante es saber que el espíritu, el mío y el de quienes buscamos la verdad a nuestra manera, no les guarda rencor a los sabios del cucurucho.