Helo ahí,
junto a la presa del molino.
Solemne, viejo, somnoliento,
golosina del rayo.
Yo quisiera sentir sus latidos,
lentos, arrugados en la verde hoja
rebelándose al rito milenario
de la muerte.
Jadeante el impulso,
ausente la premura.
Ayer y hoy fundidos,
sin futuro.
Helo ahí,
ni triste ni risueño:
trascendido,
carcoma ya,
aunque enraizado
a la idea subterránea,
savia de la tierra umbría
gestando sueños.
Viejo roble, añejo amigo:
¿Qué guarda tu memoria?:
¿Susurros?, ¿ruiseñores trinos?,
¿algún beso olvidado?
¿Guarda tu memoria
visiones espectrales
de sonetos escritos
a tu sombra?
Estoy muriendo,
como tú, amigo árbol,
con tu misma muerte;
sólo que mi memoria, ya ves,
conserva agravios,
y la tuya, amigo roble,
la leve resonancia de la vida,
tu único anhelo:
Simplemente ser;
ser árbol nada más.
Pero yo, del hombre un esquema,
pretendo serlo todo:
roble del río, amante único
del único corazón que me aprisiona,
espada y lirio…
Yo quisiera morir con tu sueño,
pero no puedo, ¿sabes?,
porque nací para ser hombre,
y tú… y tú…
verde palabra
en el discurso de la tierra.