Su aspecto era el de una fruta sazón, la piel tenia el perfume feroz de lo nuevo, al igual que sus dientes pequeños, afilados, dispuestos siempre como en un anuncio de pasta dental.
Era una niña o lo que se entiende por niña al final del 2000, tenía 16 años. Debajo de aquella apariencia casi salvaje e inofensiva de las flores de montaña, algo secreto tenía que sólo Doña Providencia supo de mirarla día a día. Cuando abandonando la niñez se adentró en la pubertad, ella que la había visto crecer como quien dice a su lado, sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo magro, pero diligente, Providencia era algo como un viejo shaman para aquel pueblo, su figura era mas bien mediana y sus ojos grandes como lagos llenos de misterio.
A partir de ese día, la buena mujer se la pasaba espantando el fantasma del miedo de lo conocido, intentando resguardar así la paz del pueblo, que inmerso en su paz propia ignoraba, o pretendía ignorar. Tal vez mejor era desconocerlo. Hay cosas que el sólo saberlas comprometen, atan, ahogan, ésa era una de ellas.
Un día al pasar el tiempo el miedo se instaló en su garganta, cuajando el grito de alerta. El pueblo en que vivían era un pueblo casi perfecto, las gentes se conocían tal se conocen los maniquíes de una vidriera, atentos, corteses, epidérmicos, inclinaban la cabeza en señal de saludo al encontrarse unos y otros, todos absolutamente todos estaban muy ocupados de su piel hacia adentro.
Únicamente Providencia, en aquel lugar conocía a fondo a todos y cada uno de ellos.
Los días fueron sucediéndose, formando la gran cadena del tiempo, en aquel pueblo de acendrada cultura machista, los jóvenes comenzaron a rondar la sonrisa atraídos por lúbrico embrujo que de la joven emanaba. Así fue como uno a uno acudió al oír su canto de sirena.
Pasó el tiempo, el pueblo era un alboroto, un rumor que se desbordaba, llenando de preguntas la hasta ahora quietud del viejo pueblo llegando a ser oleadas rugientes, así esa oleada un día llegó hasta la abierta puerta de la joven lo que permitió el paso.
Allí estaba ella desnuda, sentada displicentemente en una butaca limando sus largas uñas ajena a todo, con la misma aséptica sonrisa de poster y dieciséis cadáveres amontonados al lado de la mullida cama.

