Señor jefe:<br /> escrito a doble espacio,<br />con copia a personal,<br />según sus directivas <br />tan estrictas <br />y exactas,<br />atentamente quiero explicitarle <br />mi ausencia en su reloj<br />cuando sonaron las siete campanadas.<br />Porque el día nació, <br />tímidamente, <br />como nacen los días, <br />sin palabras,<br /> con los ojos sedientos de temblores<br /> y el horario sentándose en la cama.<br />Pero, <br />esta lluvia audaz<br />fue desflorando<br />las matas de azaleas, las acacias,<br />las hiedras adheridas a los muros<br />con sus uñas de cal, enamoradas…<br />y me exigió que no,<br />que no cediera a la rutina gris y cotidiana,<br />que arrebatara el fuego en sus pupilas<br />con mis besos de urgencias y fogatas,<br />que arrancara a sus sueños los susurros<br />donde se encienden todas las palabras,<br />que escanciara en su copa <br /> las oblicuas<br />lloviznas de mi sangre derramada<br />desde el racimo azul,<br />desde el estambre de mi espiga compacta<br />en una nueva génesis poética<br />de esta greda descalza<br />que erige las almenas de la vida<br />cuando no hay asideros, ni ilusiones,<br />y el salario no alcanza para nada.<br />Por eso señor jefe,<br /> con franqueza,<br />disculpe este retraso de planillas,<br />y el desorden de peines y corbatas.<br />La lluvia,<br /> perentoria,<br /> me detuvo<br />a encender el amor,<br /> esta mañana.<br />

