RAÚL GOMEZ JATTIN

Alguien/ hermano de tu muerte/ te arrebata te apresa te desquicia/ y tú indefenso/ estás cartas le escribes./ Raúl Gómez Jattin. ¿Quién fue Raúl Gómez Jattin y cómo la soledad en que vivió la mayor parte de su vida lo llevó a expresar por medio de su poesía su frustración, dolor

Entrevista

Alguien/ hermano de tu muerte/ te arrebata te apresa te desquicia/ y tú indefenso/ estás cartas le escribes./ Raúl Gómez Jattin.

¿Quién fue Raúl Gómez Jattin y cómo la soledad en que vivió la mayor parte de su vida lo llevó a expresar por medio de su poesía su frustración, dolor y angustia existencial?

A Raúl Gómez Jattin lo vi por primera vez un domingo de septiembre de 1968 en el Teatro Colón, haciendo el papel de verdugo en una obra basada en Los funerales de la Mama grande de Gabriel García Márquez.

Ese día yo no lo vi como poeta, sino como actor y dramaturgo, porque eso era en ese momento, un gran actor, un gran dramaturgo y un visionario del teatro colombiano, que en ese momento estaba en pleno furor con figuras tan importantes como Carlos José Reyes, Enrique Buenaventura, Santiago García.

Había llegado a Bogotá a estudiar Derecho en la universidad Externado de Colombia en la década de los años sesenta, “en pleno furor la bareta, los hongos, el pensamiento de izquierda, el teatro político y experimental, largas rumbas en La Candelaria , muchas lecturas y de alguna manera desubique existencial” (1) .

“Ese encuentro con la gente de teatro -dirá años más tarde-, coincidió con mi afecto por la poesía. Soy un poeta dramático a manera de Machado: palabra en el tiempo y antes que Eurípides, mi gran maestro dramático”(2). Como hombre de teatro, hizo, además, varias adaptaciones de las obras de Álvaro Cepeda Samudio ( Las muñecas de Juana no tienen ojos) , Las nupcias de su Excelencia y el Gran Teatro de Oklahoma , basada en América de Kafka, Aristófanes, Tancred Dorst, Swif, Beckett…

Y en el Festival de Teatro de Manizales, muchos críticos lo catalogaron como uno de los grandes dramaturgos del momento, pero a pesar de que le gustaba tanto el teatro prefirió el camino de la poesía.

Cuando desapareció de los escenarios del teatro colombiano, presumí que se había ido para Cereté a ejercer la abogacía. Sin embargo no fue así. Estaba en una clínica de reposo en Medellín donde finalmente un psiquiatra descubrió que no era un loquito común y silvestre sino “era un poeta con una sensibilidad aterradora” y Raúl pudo regresar a Cereté.

Tal vez por yo venía publicando desde 1973 una revista de literatura donde daba conocer a muchos escritores y poetas desconocidos, tanto de la ciudad como de la provincia, Raúl me envió su primer libro ( Poemas, 1980), irisado de imágenes transparentes, con un toque de identidad propio, sin ninguna transgresión, salvo el zoofílico y casi tierno "Te quiero burrita". Muchos de sus coetáneos ya habían publicado por ese entonces por lo menos un libro de versos.

El único que dijo algo premonitorio fue el dramaturgo Juan Carlos Moyano: “En un futuro, críticos, poetas, estudiosos y lectores se detendrán en su nombre”( 3).

Como a mí siempre me han gustado los poetas que se parecen a sus poemas y que escriban con la sabiduría del que es poeta por vocación y no por equivocación, inmediatamente le publiqué dos poemas en la entrega No. 23 de Puesto de Combate , donde lo presenté como “un poeta con cualidades propias, capaz de trascender como oficiante de la palabra”(4) y aproveché para contarle a los que andaban conmigo por esa época, que en Cereté había un poeta fenomenal, cuya única desgracia era la de ser silvestre como la coraguala.

Raúl podía ser un excelente poeta: montaraz, altivo, visceral, descarnado y realista, con una sensibilidad aterradora y toda la cosa, pero nadie le prestó atención. ¡Vaya desgracia! Sin desfallecer, pero con los ánimos en llamas le envié una resma de papel y una carta. Inmediatamente me respondió:

“Leer tu carta me proporcionó una placer inesperado: la emoción que mis pobres poemas causaron en una alma sensible como la tuya, expuesta a los vendavales de la existencia, porosa como para permitir que mis vientos la penetraran, impresionable como para sentir los golpes de mis piedras sobre tu casco. Somos felices cuando nos leen, verdad Milcíades. Nacimos para ser leídos, esa manera de tratar íntimamente con uno sin desgastarlo. Y me siento contento con que me haya leído alguien como tú, águila solar.

El poeta sabe tratarse con sus semejantes, y con una de mis alas te digo: gracias por reconocer que mi vuelo es gracioso, que mis plumas son fuertes y brillantes, que mi pico infunde temor”(5).

En un viaje que hice por el Valle del Sinú, entré a Cereté. El pueblo era un abrazo del infierno. El sol se derramaba con ardiente vehemencia sobre el pueblo, pero aún así era “ un pueblo lindo con una cabellera de nubes blancas ”, delicioso, mágico y sorprendente. Esperé que abrieran las ventanas para que entrara el fresco de la tarde y las mujeres comenzaran a mover la lengua para que no se les oxidara para preguntarles por el poeta que vivía en la Calle Cartagenita.

Nadie sabía que allí vivía un poeta, o si lo sabían querían ignorarlo, tal vez porque allí lo tenían todo, es decir la belleza. Y cuando la belleza está en todas partes no necesita ningún poeta para que la defienda.

Yo había leído tanto sus poemas que cuando por fin encontré su casa en la única Calle Cartagenita que hay en el mundo, no golpeé en la puerta sino en la ventana, exactamente como decía en uno de sus versos: Golpea en la ventana de la izquierda/ que te estaré esperando . Cuando la puerta se abrió y lo vi, tuve la impresión de que no era Raúl sino un fantasma que se había quedado cuidando una casa vacía. Sin embargo me dio una trompada de ternura y me hizo entrar como si me estuviera esperando, y de qué modo.

No había ni un asiento, ni una flor, ni una jarra de agua, nada que me indicara que allí vivía una persona. Lo único que había eran cientos de poemas tirados en el piso, un butaco a ras del suelo en el que me senté a escucharlo y una hamaca. Al piso le habían arrancado las tablas y en todas las paredes estaba escrito el nombre de Lola Jattin. Por el enrejado de la ventana se asomaban los gajos de unas matas de la vecindad y la luz del día impregnaba de verde la habitación donde estábamos.

Un silencio de muerte, un silencio como no se ve en las tierras del trópico se extendía por todos los rincones de la casa empolvándolo todo con una costra de ausencia. ¿Dónde estaba su mamá, sus hermanos? ¿Dónde estaban todos los suyos, sus amigos, por qué lo habían dejado tan solo en una casa tan grande? ¿Dónde estaba la legión de ángeles clandestinos? Raúl no era amigo de nadie en Cereté, porque de verdad vivía muy solo.

Después que pasaron unos muchachos vendiendo bollos de maíz nos pusimos a hablar, qué se yo, del calor, de mis viajes por la costa y hasta del cielo celeste y sereno del Sinú hambriento, pero sobre todo de poesía, de cantidad de autores de Borges, de Álvaro Mutis, de Orietta Lozano, de Jaime Jaramillo Escobar, de los poetas andaluces y árabes… ¡Era tanta su sabiduría! Yo no era más que un ser salvaje que por primera vez estaba conociendo a un poeta de verdad, a un poeta auténtico en su estado natural.

Madre dulce/ mi tela tejer no puedo. Afrodita suave me vence/ y de mi amada siento el deseo.

Cuando terminó de cantar el anterior verso de Safo, me dijo:

–Yo quisiera ser tan popular como Celia Cruz.

Cierto o no, a Celia Cruz la aclamaban como la mejor guarachera del mundo, pero un poeta era otra cosa. Los verdaderos poetas ni siquiera se atrevían a decir que lo eran. Alarmado le pregunté qué estaba tramando.

–Tengo un desajuste con el afecto de la gente, un problema muy grande de soledad. Quiero rehacer mi vida, irme a España, hacerme ver de un siquiatra europeo Raúl -me confesó con amargura y continuó escribiendo canciones procaces alusivas a sus amigos y a un tal Pocho Saker, que a veces era el mismo Raúl y otras veces su hermano Rubén.

Al llegar a Cereté me habían dicho que “tuviera cuidado porque me podía matar”, que era “homosexual y loco”, pero para mí, un ateo de siete suelas, eso no podía ser cierto. ¡Cómo iba a ser cierto si se “ pasaba los días comiendo mango y tirándole piedrecitas al río…” ! Su lucidez rayaba con la locura, pero no estaba loco, los locos eran los demás. En Cereté nadie lo quería por ser como era, un poeta excepcional, más cuerdo que cualquier loco, empapado de poesía.

A Raúl lo vinieron a querer después de muerto, tanto que hoy en día no hay antología, ensayo o panfleto o Casa de Cultura que no lleve su nombre.