Fragmento de novela
Novela palpitante, llena de intriga y emociones, desarrollada en el reciente contexto bélico balcánico, en la que una profunda historia humana muestra con realismo las esperanzas y desesperanzas de una mujer que mantiene una lucha tenaz por conseguir la felicidad de una niña, todo ello en el escenario de una cruenta guerra.
LOS DIAS DE SEPTIEMBRE
CAPITULO I
Aquel amanecer del 14 de agosto de 1991, la capital croata era despertada por un brillante y esplendente sol, que iluminaba con su cenital intensidad, todos y cada uno de los rincones de aquella maravillosa ciudad.Aquella mañana parecía de oro.
Sin embargo, repentinamente aquel idílico y cautivador escenario pronto retornó a su bélica realidad, en la que la imagen de los viejos tranvías azules, vacíos y solitarios, abandonados súbitamente, por los pasajeros al escuchar el estridente y sobreagudo sonido de las sirenas, que anunciaban el bombardeo, resultaba estremecedora.En las terrazas aledañas, sobre las mesas argentadas, todavía humeaban los solitarios y celajosos aromas de los ardientes cafés, que se iban enfriando con premiosidad.Las calles estaban desiertas, y la mañana se había tornado de plata.Apenas si se veía alguna persona, que corría con extrema celeridad en dirección al refugio situado cerca de allí, concretamente a escasos metros de la plaza Ban Josip Jelačić en la intersección con la calle Tomiceva, a la altura del número cinco, en un emblemático edificio de refinado aspecto neoclásico, con añadidos barrocos, tres portentosas alturas, y una bellisima balconada central, exornada con intrincadas rejerías azabaches.La entrada guardada por una nigérrima celosía modernista, daba acceso a un corredor con pavimento ejedrezado, endrino y cinabrio, los colores fuliginosos y rubescentes resaltaban sobre el fondo ocre, por la translúcida claridad, que proporcionaba una rectangular lucerna, que cubría la techumbre de la galería.Unos metros más adelante, en uno de los ángulos situados debajo de la cúpula de cristal esmaltado, se encontraba el acceso al sótano, que albergaba el refugio antiaéreo más concurrido de Zagreb.Unas angostas y empinadas escaleras de más de treinta peldaños daban acceso a un entramado de túneles y galerías, que se extendían por el subsuelo comunicando la calle Tomislav con la Plaza Ban Josip Jelačić.
En su interior, familias enteras se agolpaban aguardando con temor, a que finalizara el hórrido y aterrador bombardeo.Las escasas lámparas, que pendían del techo revestido de ladrillos, y maculado por la humedad, vibraban encendiéndose y apagandose, cada vez que uno de aquellos potentes proyectiles estallaba en las proximidades del centro de la capital.Entremezclado con el espeluznante retumbo de las bombas, se escuchaban los inconsolables vagidos de los recien nacidos, llantos que añadían un tenso dramatismo a aquella angustiosa y pavorosa situación.
En uno de aquellos laberinticos pasadizos, que en su parte central disponían de una anchurosa atarjea, se encontraba Drazen con su madre Slavica. Drazen era un adolescente inquieto, bromista, y muy querido por sus amigos.
Su madre y el vívían en la parte alta de la ciudad, en un bonito barrio con calles adoquinadas, y empinadas que era visitado en tiempos de paz por muchos turistas.Mientras se producía el feroz bombardeo Drazen y sus amigos se divertían caminando rapidamente, por los minúsculos bordillos laterales de las galerías, persiguiendo a los numerosos roedores que poblaban aquella fétida y nauseabunda cloaca.De este modo, el juego les hacía olvidar por unos momentos la grave realidad que se estaba produciendo en el exterior.
El sonido de las sirenas anunciaba felizmente, el término del bombardeo.Era el momento en que Drazen acudía con rapidez al encuentro de su madre.El muchacho no había olvidado la reciente muerte de su padre Radovan, y la desaparición de su hermana Danica, en un ataque aéreo producido meses atrás, todavía sus doradas pupilas reflejaban el inmanente rastro de melancolía, que subsistia en ellas.Al finalizar el bombardeo, el chico regresaba a casa conversando con su madre Slavica, al pasar junto a una casa que ardía pasto de las llamas, encontraron a una que yacía en el suelo, cadaver, y junto a ella una niña semi-inconsciente con sus ropas cubiertas por un negruzco polvo.
Slavica y Drazen enseguida se acercaron a ambas, y tras comprobar que la mujer ya no tenía pulso, la madre se dirigió a la niña para ver si todavía le quedaba algún resquicio de vida.La niña mientras se encontraba en el regazo de Slavica entreabrió sus ojos un instante, para enseguida cerrar sus alabeadas pestañas, como si una inexistente claridad cegara sus ojos. Inmediatamente, avisaron a los servicios de emergencia para que trasladaran a la niña al hospital más cercano.
Slavica y Drazen subieron en la misma ambulancia para no despegarse ni un solo instante de aquella criatura malherida.En el hospital, mientras la niña era examinada, por los doctores, Drazen y su madre aguardaban impacientes, en los pasillos andando y desandando sus pasos.Al rato, se acercó un médico y preguntó:
¿Es Vd. su madre?
No, pero la hemos encontrado malherida en la calle.Espero hacerme cargo de ella.
No tememos por su vida, pero la niña, sufre un grave problema.
La onda expansiva de la bomba ha dañado sus tímpanos y esta practicamente sorda, por lo demás se recuperará, tan solo tiene unos rasguños, y un leve traumatismo en la pierna.
Slavica abatida tras escuchar las palabras del doctor, tomó asiento mientras era consolada por su hijo.
Tras aquel amargo momento Slavica, decidió comenzar los trámites necesarios para adoptar aquella dulce pequeña, de nombre Nevenska, con rostro carirredondo y facciones eslavas; ojos brillantes y dorados como el sol; cabello áureo, ensortijado, y jalonado de alabeados bucles; y labios que dibujaban una inocente sonrisa angelical.
Así, a pesar de que los servicios sociales se ocupaban de atender a la niña, Slavica estaba en la habitación del hospital de forma casi permanente, cada día la pequeña se encontraba mejor, y eso hacía que Slavica estuviera feliz, quizá porque veía en ella, a la hija que había desaparecido por culpa de los horrores de la guerra.
De este modo, al abandonar el hospital, la niña fue ingresada en un centro de menores tutelado por el Estado, al que Slavica acudía con mucha frecuencia.
Así pasaban los días hasta que de forma provisional, Slavica obtuvo la guarda temporal, una figura legal que no le reportaba demasiados derechos respecto a la niña. Sin embargo, para ella cada día que pasaba, era como si la pequeña formara más parte de su familia.Nevenska, pronto aprendió a querer a Slavica, que se convertía en una verdadera madre para ella.
Slavica era una mujer que derrochaba amor, y dulzura con aquella niña, que a pesar de su discapacidad auditiva, progresaba día a día esforzandose por leer los labios y aprender el lenguaje de signos.
Drazen, asumió desde que la niña entró en casa que era su hermana, y la trataba como tal, la sacaba a pasear por el parque, le compraba golosinas, y quizá lo más importante, le ofrecía todo su afecto.La niña era feliz en aquel cálido ambiente familiar que le rodeaba, a pesar de la situación de guerra que atravesaba el país.
