LA EPOPEYA DE LOS MORLOS

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La bota de los sueños

Todo comenzó en el pueblo de los morlos, seres que poblaron nuestro planeta hace millones de años, mucho antes de que llegaran los primeros dinosaurios. Su punto débil estaba en que se dejaban arrastrar por su imaginación, confundiendo a menudo fantasía con realidad.

En los primeros momentos esto no era nada anormal, porque el mundo era aún muy nuevo y todo empezaba a cobrar vida a partir de los sueños, pero en la medida en que el universo fue tomando consistencia, este poder comenzó a desvanecerse y quedó solo como una aspiración interior, que aún sobrevive en nosotros, sus herederos.

Un morlo joven llamado Teri soñó que descubría un talismán a través del cual alcanzaba la inmortalidad. Cuando despertó, contó lo sucedido a sus amigos Ibbi y Trolki. Curiosamente, ellos habían soñado algo parecido. Ese mismo día partieron a perseguir sus anhelos.

Caminaron incansables hasta llegar a una cueva tenebrosa, en cuyo interior penetraron sin temor. Era el Templo de los Moltarks, malévolos hermanos dotados de poderes místicos, que al momento percibieron la presencia de los morlos y se hicieron invisibles. De este modo atraparon a nuestros protagonistas y los encerraron en una celda en la que sólo había un libro. Trolki, enojado, tiró el libro a un rincón diciendo:

– ¡Tanto soñar para terminar en una mazmorra con un libro por compañía!

Para su sorpresa, el libro habló:

– ¿No has oído, soñador, que un libro puede ser tu mejor compañero? Además, no soy un libro común, soy el espíritu de un guerrero, atrapado en esta forma por un encantamiento. Hace un siglo vine a luchar con los Moltarks, contaba con la ayuda del Diamante Enolk, que tiene el poder de desintegrar a los malvados cuando se coloca frente a ellos, pero fui sorprendido por la espalda. Conservé el diamante entre mis manos, por eso no pudieron destruirme, pues éste siempre ha de tener un dueño digno de poseerlo.

Veo que ha llegado el momento de entregar Enolk y pasar a otro plano de existencia, donde los valientes que me antecedieron aguardan mi llegada.

Y diciendo esto comenzó a desmoronarse como un castillo de arena. Al final quedó un montón de polvo, en cuyo centro relucía un diamante azul en forma de pirámide. Trolki lo recogió y se encaró a los Moltarks, llamándolos cobardes.

Estos se enfurecieron tanto que se volvieron al unísono, momento que aprovechó el morlo para enseñarles la gema. Se esfumaron al instante, junto con toda su magia. Los barrotes de la celda se desintegraron. La caverna se transformó en una cueva llena de estalactitas que relucían como piedras preciosas. Al atravesar sus túneles, alumbrados por la luz del diamante, salieron de nuevo al mundo exterior.

Habían llegado, sin saberlo, al Desierto del Cansancio. Al tratar de cruzarlo, sintieron que los pies les pesaban más a cada paso y que los ojos se les cerraban, presos de un agotamiento como nunca antes habían sentido. Aún así, caminaron hasta más allá del límite de sus fuerzas, ayudándose mutuamente, por espacio de dos días con sus noches, al cabo de los cuales cayeron rendidos, justo en el borde del desierto.

Los despertó el calor del sol, anunciando la llegada de un nuevo día. Teri había empezado a comprender que el talismán de la vida eterna no había sido más que un sueño, pero a pesar de eso le parecía hermoso buscar algo que sabía que nunca iba a encontrar – desde entonces ese es el principio que rige las grandes aventuras -. Sus compañeros pensaban lo mismo, así que decidieron proseguir su viaje.

Al mediodía, encontraron una choza de techo muy alto que parecía habitada. Ibbi entró y no vio a nadie, a pesar de que la mesa estaba servida. Probaron los alimentos, un poco insípidos comparados con las imaginativas recetas de las morlas, pero que alcanzaron para satisfacer su hambre. Horas más tarde, mientras conversaban sentados alrededor de la mesa, esperando la llegada del dueño de la casa para disculparse por haberse comido su almuerzo, los sorprendió el sueño.

Comenzaba a caer la noche cuando Teri sintió unos pasos que retumbaban como truenos. Asustado, despertó a sus amigos. Ya no les daba tiempo de salir, así que salta­ron al techo, agarrándose de las vigas – había olvidado decirles que los morlos se distinguían por su enorme agilidad -. Sin sospecharlo, habían dormido y comido en la cabaña de los Ogros de Tres Ojos, un matrimonio con dos hijos gigantescos y de muy mal carácter.

Comprendieron que los descubrirían y harían con ellos la nueva cena si no hacían algo pronto.

El padre Ogro entró quejándose de hambre, seguido por sus hijos, que reclamaban la comida a gritos, pero la Ogresa, que todo el tiempo estuvo durmiendo en el cuarto del fondo, despertó malhumorada y los echó a escobazos, diciendo que primero había que lavarse las manos. Abrió la ventana para que entrara aire fresco y sólo alcanzó a ver tres figuritas que cruzaron por delante de sus ojos como relámpagos, perdiéndose en la oscuridad. Lo que pasó cuando vio la mesa vacía es motivo de otra historia…

Los tres aventureros se alejaron lo más que pudieron y se echaron a dormir en la hierba. Al despertar, vieron que se hallaban en un prado de colores fantásticos, cubierto de flores de tamaño y aromas inusuales. Habían llegado a la Pradera del Olvido, cuya belleza hacía que aquel que arribara se quedara fascinado, olvidando su pasado y su presente. Atrapados en el olvido, sin recordar su nombre ni su destino, estuvieron por espacio de tres meses.

Se sentían bien, en un estado de extraña felicidad, pues todo allí era hermoso, pero cuando dormían no soñaban, pues los sueños están hechos de recuerdos. Esto hacía que despertaran asustados, pen­sando que les faltaba algo. Y es que no se puede concebir a un morlo sin sueños.

Un atardecer se sentaron a descansar a la sombra de un árbol gigantesco. Teri descubrió un hueco entre las raíces y allí encontró un rubí que parecía un colmillo. Al tomarlo entre sus manos recordó su pasado, incluso el sueño que lo llevó hasta allí. Asombrado y algo aturdido aún, tocó con la joya la frente de sus amigos y estos también despertaron del encanto. Al ver el rubí, Trolki pensó que se trataba del talismán tanto tiempo buscado, pero Ibbi evocó una antigua leyenda que había escuchado de sus padres:

"Los morlos fueron los primeros en surgir cuando comen­zaron a materializarse los pensamientos de los Antiguos Sabios. En sus inicios tenían el poder de hacer realidad sus sueños por medio de un rubí mágico que les había entregado Sarlon, soberano del Reino de la Muerte. Lo único que tenían prohibido era atravesar las barreras que sólo los espíritus podían cruzar para llegar al Otro Mundo. Mientras no lo hicieran, mantendrían ese don.

Pero uno de entre ellos ambicionó demasiado, tomó el rubí y deseó lo que le había sido prohibido. Pasó al Reino gobernado por Sarlon, el que no nació ni está destinado a morir y quiso enfrentársele. Fue fácilmente vencido y el soberano del inframundo lo maldijo, convirtiéndolo en una roca negra. Desde ese día ningún morlo pudo hacer sus sueños realidad y no se supo el destino del rubí, que quedó sepultado en las raíces del olvido".

Teri comprendió que tenía en sus manos el rubí de la leyenda y propuso ir a conocer aquel mundo misterioso. Al instante se abrió ante ellos un agujero oscuro que los arrastró hacia su interior. Cayeron por un túnel interminable, sin saber qué sería de ellos. Al fin aterrizaron, confusos y mareados, en una estancia cuyas pa­redes eran de bronce. El aire era una bruma gris, que le daba a todo lo visto un aspecto irreal y lóbrego. En ese momento oyeron gritar a sus espaldas: