Un cuento infantil de ciencia ficción. En una galaxia lejana existía un gran meteorito detenido en el espacio. Como estaba tan apartado, ningún planeta lo había atraído. Flotaba en el vacío, iluminado por la luz de las estrellas. Era simplemente El Meteorito Perdido, que no apare
La bota de los sueños
Un cuento infantil de ciencia ficción.
En una galaxia lejana existía un gran meteorito detenido en el espacio. Como estaba tan apartado, ningún planeta lo había atraído. Flotaba en el vacío, iluminado por la luz de las estrellas. Era simplemente El Meteorito Perdido, que no aparecía en las cartas de navegación de los viajeros estelares. En él se habían ido acomodando seres provenientes de planetas destruidos, que se agrupaban en Sectas.
La primera en asentarse había sido la del Mundo Metal, constituida por robots. Obedecían al Supremo, el modelo más avanzado. Su planeta de origen, al que llamaban Tierra, había sido aniquilado como resultado de una guerra de sus creadores. Los robots sobrevivieron pues no tenían necesidad de oxígeno ni de alimento. Volaron un tiempo por el espacio, buscando un lugar donde asentarse, hasta que hallaron este planetoide y decidieron fundar allí una nueva colonia.
Otra secta, proveniente de un mundo que se había apagado al morir la energía de su sol, estaba formada por los Conocedores, que tenían gran dominio de la ciencia. De pequeños eran como ositos de peluche con orejas largas y caídas; de jóvenes la cara se les afinaba, perdían parte del pelaje y podían alcanzar los dos metros de estatura. A su llegada, vieron que la atmósfera era respirable y pactaron con los robots para vivir allí. Su rey, un sabio anciano, se llamaba Blorm.
La tercera secta en llegar fue la de los Cultivadores. Los robots la despreciaban por no tener adelantos científicos y los Conocedores los admiraban por haber podido sobrevivir sin ellos. Pero los Cultivadores poseían una antigua sabiduría, pues venían de un planeta que antes de ser destruido por una colisión estelar había estado completamente cubierto de árboles. Eran pequeños y ágiles, de piel verde y largos cabellos como lianas; por sus venas corría clorofila.
Habían vivido tan unidos a los vegetales, que dominaban sus secretos; los usaban para curarse, alimentarse, hacer sus casas y vestiduras. Se llamaban por los nombres de sus plantas preferidas, eran silenciosos y dulces como las flores. No tenían jefe, todos eran considerados y respetados por igual, incluso los más pequeños, cuya reluciente piel era del color de los retoños de álamo.
Antes de que estallara su mundo, lograron montarse en un ave gigantesca que volaba de planeta en planeta, alimentándose de la energía de las estrellas. Con ella llegaron al Meteorito Perdido, donde encontraron la hostilidad de los robots, pero fueron bien recibidos por los Conocedores, quienes supieron apreciar sus nobles sentimientos. Se establecieron en las arboledas que crecían al pie de unas elevaciones llamadas Las Montañas Desconocidas, debido a que nadie había pensado nunca en escalarlas.
Por último, estaba la Secta Perdida, considerada más bien una leyenda. Nadie conocía a sus miembros, pero sabían que existían porque en las noches se oían cantos provenientes del otro lado de las montañas, cargados de magia sobrecogedora. Cuando esto sucedía, los Cultivadores soñaban con su planeta natal, sentían la caricia de las hojas, el perfume de las flores, la música de las frondas, la luz que se filtra a través de ellas.
El único que afirmaba tener una prueba de su existencia era Cactus, un Cultivador. Una noche se aventuró hasta la cima de las montañas y alcanzó a ver un ser blanco que lo golpeó, dejándolo inconsciente. Al despertar no había visto a nadie y no se atrevió a ir más allá. Aunque contó su experiencia, no se le dio mucho crédito, ya se sabe que los Cactus tienen mucha fantasía. De modo que poco a poco se fue olvidando lo sucedido.
LA TRAICION
Cierta vez, Blorm confrontó problemas de salud y decidió llamar a su hijo Tikus para ocupar su cargo mientras él se recuperaba. Este tomó la Vara de Mando – la ley de los Conocedores hacía obedecer al que la portara – y cuando comprendió que tenía el poder, ordenó que su padre fuera trasladado a una casa abandonada que se encontraba en el límite de su territorio.
Después pidió que el Supremo fuera llamado a su presencia y le propuso crear, usando los conocimientos acumulados por su especie, sumados a la tecnología de los robots, una máquina que controlara las dimensiones. Con un arma tan poderosa, irían invadiendo los mundos habitables y esclavizando a sus criaturas, exterminándolas si fuera necesario… así reinarían sobre el Universo.
Robots y Conocedores se fundirían genéticamente para crear una especie superior; los Cultivadores serían aniquilados, pues no tenían siquiera la fortaleza física que se requería de un buen esclavo.
El Supremo aceptó inmediatamente. En el fondo, pensaba aprovechar la ciencia de los Conocedores y eliminarlos una vez logrado su objetivo… no pensaba compartir la supremacía universal con nadie. Lo mismo planeaba hacer Tikus con los Robots: reprogramar sus circuitos centrales hasta dejarlos sin voluntad, convirtiéndolos en máquinas a su servicio, su resistencia en el espacio le sería muy útil en sus planes guerreristas. Un robot sin mente propia, que obedeciera ciegamente a su amo, haría el perfecto soldado.
Al lado del palacio de los Conocedores crecía un frondoso árbol, que había sido atacado por una plaga. Ese día, un Cultivador llamado Roble, había ido a ver si ya estaba sano. Se encontraba encaramado en su copa cuando vio llegar al Supremo y, por temor a recibir sus insultos, se ocultó entre el follaje. Así se enteró del terrible plan. Cuando la reunión terminó, corrió a contarlo a los suyos.
Los Cultivadores se asustaron y contaron del malévolo proyecto a Blorm, que comprendió que el proyecto, además de demostrar la crueldad de su hijo, probaba su ignorancia, pues la manipulación de dimensiones ocasionaría una catástrofe de consecuencias inimaginables, que podría llevar al fin del Universo. Fue a ver a Tikus y le expuso claramente su opinión, sin revelarle la fuente de donde había obtenido la información, a pesar de que éste parecía ser el único punto que preocupaba a su hijo.
Insistió el sabio en sus advertencias y Tikus le respondió indignado:
– ¿Con qué autoridad vienes a mí? ¿No ves que ya estás viejo y tu inteligencia se debilita? ¡Yo sólo quiero la grandeza de mi especie! ¡Vete, que me avergüenzas!
El anciano se marchó con una gran opresión en el pecho, no se sentía con fuerzas para oponerse a su hijo. Se refugió en las arboledas, donde los Cultivadores más experimentados se pusieron a buscar un remedio para su mal. Mientras, las noticias seguían llegando: Tikus sólo hablaba de cuando fuera rey del Universo, al mismo tiempo, los robots iban y venían a su antojo, trayendo piezas para el engendro.
Los Conocedores del Consejo de Ancianos no se atrevían a protestar, por miedo a ser desterrados, sin contar con que no se les consultaba para tomar ninguna decisión; los demás estaban más amedrentados aún y no sabían qué hacer.
EL VIAJE
Una mañana, Blorm descubrió que había sanado gracias al saber de sus amigos, pero decidieron mantener esto en secreto. Llamó a aquellos Conocedores del Consejo que siempre le mostraron absoluta fidelidad y, apoyados por los Cultivadores, se reunieron para idear cómo detener el desastre. Los Conocedores prometieron ir reclutando más entre los suyos, pero no serían nunca suficientes para poder derrotar la fuerza de los robots. La mayoría de los Cultivadores odiaba la idea de una confrontación.
Parecían estar sin salida cuando Cactus sugirió buscar a los miembros de la Secta Perdida. Algunos afirmaron que eso era una pérdida de tiempo, pero otros dijeron que la idea tenía cierta lógica, al menos era mejor que permanecer sin actuar. Terminaron por aceptar y se prepararon para la escalada de las Montañas Desconocidas.
