LA RELIGIÓN DEL AMOR MÁS GRANDE

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“Esto os mando: Amaos unos a otros” (Jn 15,17).

Tribuna libre

Nadie tiene un amor más grande

“Nadie tiene un amor más grande que el que ofrece su vida por el amigo”(Jn 15,13). “Esto os mando: Amaos unos a otros” (Jn 15,17).

Nuestra Religión Cristiana es la más sencilla y concreta, sólo exige el Amor -que ya es decir-. El precepto fundamental, el único punto, la única regla que hay que retener y practicar es el AMOR. “Ama y haz lo que quieras”, decía S. Agustín. Jesucristo vino por amor, enseñó el amor y murió, en la cruz, por amor. Todo lo que pide a sus discípulos es que practiquen el amor y la misericordia; el deber se reduce sólo a un mandamiento:

Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros. Como yo os amé, así también vosotros amaos mutuamente. En esto reconocerán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros” (Jn 13,34-35).

Uno sólo, único, en él se encierra toda la ley. Comprende todos los preceptos, toda la esencia de cualquier “Constitución” del mundo y todos los tratados éticos. Preocupado por asentar en su alma el concepto de amor, para que capten, en profundidad, su esencia, el Maestro insiste en la idea centrándose precisamente en el amor fraterno: "Éste es mi mandamiento: amaos unos a otros, como yo os he amado… Esto os mando: amaos unos a otros" (Jn 15,12.17).

Jesús habló con sus discípulos de diversos temas, pero el mandamiento específicamente "suyo" es uno solo: el amor mutuo entre los hombres hermanos.

El Evangelio es el libro del amor. El elemento nuclear de la vida, la obra y la palabra de Jesucristo es el amor. La religión que predicó con tanta contundencia y frescura vital es el amor: “El amor más grande es dar la vida por los demás”.

Toda la Biblia rezuma, en sus páginas, el amor; es la carta del amor de Dios, el mensaje que expresa el amor de Dios por el hombre, la narración amorosa de la intervención salvadora de Dios; contiene la teología del amor: "Hago misericordia a los que me aman y observan mis mandamientos" (Ex 20,6; Dt 5,10; 7,9); "Dios es nuestro refugio y fortaleza, el socorro en la angustia" "Tu amor, oh Dios, meditamos" (Sal 46,2; 48,10).

"Tú los has amado, como me amaste mí; el amor con que Tú me amaste esté en ellos, y yo en ellos" (Jn. 17,23.26); "el amor de Dios ha sido derramarlo en nuestros corazones; Dios mostró su amor para con nosotros" (Rm 5,5.8). "Dios, siendo rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, nos resucitó y nos sentó en los cielos" (Ef, 2,4).

Cristo se encarnó por amor: "Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a sus propio Hijo" (Jn 3,16), vivió por amor y murió en la cruz por amor. Habló y predicó el amor, el amor más grande que consiste en dar la vida por el otro, con un amor insospechado, hasta el “summum”.

El Evangelio contiene la profunda doctrina de la palabra de Jesús; pero, en definitiva, su principio básico es el amor, el amor más grande, el darse en inmolación libremente, hasta dar la propia sangre por amor a Dios y a los hombres, "habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin" (Jn 13,1).

A imitación de Dios, que manifestó su amor inmenso a la humanidad, enviando a la tierra a su Hijo unigénito, los miembros de la Iglesia tienen que amarse los unos a los otros: "Nosotros amamos porque él nos amó primero" (1Jn 4,19). En realidad, los cristianos tienen que inspirarse en su comportamiento en el amor del Jesucristo, que llegó a ofrecer su vida por su Iglesia (Ef 5,2).

El último día serán juzgados sobre la base del amor concreto a los hermanos: el que haya ayudado a los necesitados tomará posesión del reino; pero el que se haya cerrado en su egoísmo será enviado al fuego eterno (Mt 25,31-46).

El amor más grande

La doctrina de Jesucristo se centra toda en el amor: “Amaos, como yo os he amado”. Exige el amor más grande, “como yo” significa captar y asimilar el amor de Jesucristo, amar en el grado sumo, el de entregar la propia vida en sacrificio oferente. Exhorta a los discípulos a una vida de amor grande y concreto, en una meta muy alta; han de amar, pero de un modo semejante al suyo. Todas sus palabras en el discurso de la última cena van dirigidas a inculcarles, con su vibrante exhortación, el amor.

Desde el principio, en el fondo de sus sermones, Jesús insta a sus discípulos a poner en práctica esta enseñanza en su comunidad, durante su ausencia; por eso les dice:

"Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que como yo os he amado, así también os améis unos a otros. En esto reconocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros" (Jn 13,34).

Este precepto del amor es el llamado "Mandamiento Nuevo", ya que nunca se había exigido nada semejante antes de la venida de Cristo. Realmente, Jesús exige a sus discípulos el amor más grande, que se amen hasta el signo supremo de hacer donación de su propia vida, como lo hizo él (Jn 13,1 ss); sin duda alguna, nadie tiene un amor más grande que el que ofrece su vida por el amigo (Jn 15,13).

San Juan, en su primera carta, se hace eco de esta enseñanza de Cristo: "Éste es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos los unos a los otros" (1Jn 3,11; cf 2 Jn 5s), hasta dar el don de la vida, siguiendo el ejemplo del Hijo de Dios (1 Jn 3,16). Los cristianos deben amarse los unos a los otros, concretamente, según el mandamiento del Padre (1 Jn 3,23).

Es el ejemplo que perfectamente aprendieron los apóstoles del Maestro. Evocado por la ambición de los hermanos de ocupar los primeros puestos en el Reino, provocó que, con la parábola en acción del lavatorio de los pies, los aleccionase en la caridad; dentro del último y más íntimo discurso de Jesús a sus discípulos el hecho ejemplar del lavatorio de los pies forma un dístico con la unción de Betania; historia que, según los evangelistas, sería contada “en memoria de la mujer”, así como en Lc 22,19, la Eucaristía se “repetirá “en memoria de Él”; les exhorta que, a imitación suya, realicen este acto humilde de servicio mutuo; como expresión de amor perfecto, de disposición a servir y perdonar al próximo, el lavatorio se integra en la celebración eucarística; aunque, sacramentalmente, viene a ser símbolo del bautismo por el que se lava, se purifica el pecado y se renace a la nueva vida en el Espíritu (Jn 3,3-8).

Todos los Apóstoles asimilaron bien su enseñanza, como vemos en sus cartas. Así San Pedro insta con pasión: "Amaos unos a otros entrañablemente, amad a los hermanos. Temed a Dios (1 Pe 1,22; 2,17).

Un nuevo mandamiento

Es “nuevo” en la formulación de Jesucristo, que lo carga de unas nuevas y contundentes connotaciones, que no tenía en el A.T.: "Sabéis que se dijo: 'Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo'" (Mt 5,43); no es el amor al simple y exclusivo prójimo judío, como era en Israel (Lev 19,18), sino un amor universal fundado en Dios: amor a los hombres “como Yo amé”, al ser tan arraigado el egoísmo del hombre, la caridad al prójimo indica que procede del cielo, es un don de Cristo; por la reducción de obligaciones reglamentadas en el judaísmo que se quedan en uno sólo, nuevo y único: amor a Dios y al prójimo; y porque ahora el amor tiene un referente asequible y práctico que es el propio Jesucristo: "amaos como yo os he amado"; y tal amor ha de ser el distintivo característico de sus discípulos: "Os reconocerán en que os amáis".

El Maestro de Nazaret sólo exige cumplir el mandamiento del amor, aferrándose a la fe: "a todos los que creen en su nombre, les da el ser hijos de Dios" (Jn 1,12). Sólo son importantes dos cosas: la fe y el amor. La fe se activa por el amor (Gal 5,11). La novedad estriba en su triple causa:

a) Los discípulos fueron amados primero (1 Jn 4,19); b) Dios manifestó su amor al mundo (Jn 3,16), c) Cristo es la causa eficiente, amó a los suyos hasta la muerte (Jn 13,1); el amor es signo del alma de Cristo. Sólo quien es amado y se siente amado, es capaz de amar. Es un amor de comunicación y de sacrificio. El amor mutuo debe ser manifestativo del amor que Dios tiene al hombre.