POLÍTICA DE BOTIJERO

Last updated:

POLÍTICA DE BOTIJERO

Que nadie se equivoque. No ha existido intención peyorativa en la titulación de este escrito, sino propósito comparativo entre la búsqueda eficaz de la palabra, gesto o tono del alfarero ambulante y la maquinación del político para vendernos la burra. Ambos persiguen la manera de convencer al necesitado. El primero al aprovecharse del calor estival, ofreciendo un servicio ineludible; el gobernante al gestionar las necesidades de la masa amorfa. El botijero aspira a comerciar para subsistir; el mandatario a buscar el crecimiento material allá donde el poder se encuentre, siempre teniendo en cuenta el medro personal. En cuanto al pueblo se refiere, debemos matizar. Pueblo llano –el que depende de un salario– supone, en números indefinidos, una mayoría considerable por no decir abrumadora. El sector de la clase media y media alta –funcionariado experto, profesionales de las distintas ramas y empresarios de limitados recursos– completan el marco donde figura la fuerza del trabajo. El resto corresponde al dominio de los ricos, dejando aparte a los súper acaudalados, cuyo compromiso con el país muestra las aristas más agresivas del Poder. Todo lo demás: parados, menesterosos y dependientes de la caridad, conforman el índice no de la población activa, sino del conjunto de la sociedad. Dicho lo que todo dios sabe, pero que por falta de empatía se olvida, baste con afirmar con absoluta convicción que la poderosa llama de la egolatría deslumbra la conciencia.

Cuando el botijero –también el estañador y paragüero—pregonaba su oficio a voces, el pollino que le acompañaba cargado de botijuelas y cantarillos, el vecindario escuchaba el ofrecimiento, sabedor de que en la palabra del artesano se podía confiar a ciegas. Alcanzado con claridad el punto comparativo entre minorista y político, ¿podemos afirmar que ambos comportamientos son equivalentes?

En estos momentos de batallas estratégicas, astucias y carencias humanitarias y, por tanto, de usos abusivos en favor del propio interés, ¿cuál habría de ser la respuesta del contribuyente? Sin embargo, como se acaba de manifestar, la fragmentación nacional, tanto social como territorial, llegándose hasta el localismo, impide el recurso de una oposición tan seria como contundente. Lo estamos comprobando a diario: soflamas, peroratas, insultos desde la tribuna parlamentaria; mentiras, denuestos… Incluso retención personal indebida de algún político inoportuno, nos muestran un panorama desolador. ¿Es esto lo que se merece nuestro país? ¿Basta con enfundarse la bandera española para demostrar lo indemostrable? Se critica en la TV, en el Parlamento y en el bar; se hace uso del lenguaje soez incluso por parte de políticos relevantes, se cruzan diatribas… ¿Para qué? Todo forma parte de una competencia barriobajera a la vez que dañina para ocultar el programa a seguir; y es todo este embrollo de mentiras y navajazos traperos lo que, además de perjudicar al inocente votante, muestra al mundo cuál es la auténtica marca España, la que han plasmado los políticos con la ayuda del fanatismo social con fines no solo fraudulentos, sino también desprovistos de la imprescindible dignidad. No era ésta la intención del botijero cuando, bajo los efectos de un sol ardiente, ofrecía a los alicantinos de tiempos pretéritos su primorosa mercancía. La actitud franquista está justificada por ser el producto de una dictadura, ¿pero en la democracia también? Porque todavía perdura el efecto nocivo de la pasada opresión. Naturalmente, los restos despóticos aún se hacen sentir a través de ciertos especímenes señalados por su intolerancia y desprecio a España. Porque, en épocas como la actual, las partes contendientes deberían tomar conciencia de que el pueblo español sigue en pañales. Una economía con deuda excesiva, desprestigio internacional, salarios a la cola de Europa, enseñanza básica inadecuada, además de la defensa a ultranza de un regadío de fatales consecuencias futuras por el agotamiento de los acuíferos y una persistente sequía, fortalecen la idea exterior de que en España reina el desgobierno. Eso sin incluir las presiones ganaderas por motivos sanitarios; porque, al parecer, no falta alguna formación política dispuesta a defender los intereses sectoriales, aun en contra de los dictámenes sanitarios contrarios a la propagación de enfermedades infecciosas. ¿Queremos más? ¿Es necesario ilustrar con la materia excrementicia del cabreo el comportamiento de quienes dicen defender a los españoles? Dejad en paz a España y no os limpiéis el culo con el papel desempeñado por la escasa ciudadanía rebelde. El botijero tiempo ha que no frecuenta la calle, pero persiste en el recuerdo de quienes hemos aprendido que la honradez de un humilde artesano tiene un peso inalcanzable por los mendas del sí, no, me abstengo, encaramados en el espeso ramaje del carrujo parlamentario.