VIVIR EN PAZ, ¡EA!

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Cuesta tanto dinero vivir en paz que es preferible no endeudarse. Es a la conclusión que he llegado, después de buscar el sosiego necesario para sentirme vivo sin el uso de sedantes. En invierno, bien abrigado y al amor de la alborada, transcurrían mis animadas mañanas al socaire de soplos terreros, junto a un viejo laúd varado a la espera de calafateo; pero nos ha sorprendido el verano.

Amigo del estío, mis añoradas alboradas faenando en el algar, siempre enfilando el norte de mis sueños, han quedado reducidas a evocaciones, remembranzas y presentes con tufillo a despedida. Entretanto, turistas y molestias nocturnas, música ratonera y otras heces invaden el habitáculo sensible donde reposa y se guarece mi intimidad. Sin esperanza alguna de ser respetados mis derechos al descanso y al silencio nocturno. En definitiva, el modelo de conducta diseñado por las multinacionales del ocio y refrendado por legisladores al servicio de la patria, ¡ay, por Dios, que me da un soponcio!

Algunos dirán: Es que este rojillo… Lo entiendo y lo aplaudo; porque es verdad que estoy encendido de ira y rojo de cólera. ¿O no hay razón para enrojecer de la noche a la mañana?

Como acabo de manifestar, si se nos intimida haciendo exhibición de fuerza, cuando no de superioridad, lo normal es enrojecer, abochornarse; ponerse de mil colores, menos de azul por ser representativo de la calma chicha, ¡ea!

Así las cosas y sin poder pegar ojo por causa de los truenos festeros, de una programación electoral bullanguera, y para mayor inri orquestada por más formaciones que puntos tiene la Rosa de los vientos, ¿quién puede entregarse al necesario sueño reparador? Ellos sí, los turistas y politicastros, porque haciendo uso de la inmunidad concedida por la quisicosa y otros enigmas, con euros por delante pueden cambiar el día por la noche, además de fornicar con los mil y un tontos y tontas del rulé que nos atrevemos a poner el grito en el cielo, ¡ea!

Sí, señor Abascal, compréndalo; pero no tome en consideración mi queja como si fuese una petición de socorro. Usted, tranquilo, ¡ea!, porque para defendernos de la mugre nos basta con algunos ejemplos de los amigos franceses, ¡venga ya!, y no de “colorín colorado, este cuento se ha acabado”. Que no, señor Abascal; usted, a montar a caballo y a regalarles a los campesinos promesas “que leva o vento”, como dicen los “galleguiños”, ¿me comprende?

Se nos hace tarde, es verdad, y no es cuestión de nombrar y, menos, de recurrir al auxilio de vendedores de estampitas. Con rezarle a San Pancracio para que encontremos trabajo, el próximo año podremos desplazarnos al Caribe para disfrutar de la pachanga y, desde allí, hacerles tururú a quienes todos sabemos, ¡ea!