Por más que se haga y se diga ahí está, enhiesto, seguro de su triunfal acogida por la masa amorfa del asfalto; es decir, hombres y mujeres carentes de malas intenciones, pero sumisos a los dictados de más de un buitre parlamentario. Por contra, no forman legión quienes condenan la cobardía implícita en el alma perversa del político ramplón. Sombras de perenne insidia, el engaño y la patraña acompañan al autor o autora del bulo asesino, tóxico de la política al uso o, mejor decir, de los políticos con orejas de trapo. Por eso no escuchan el clamor del colectivo concienciado y alientan la mentira, incluso la calumnia, atribuyendo al adversario negligencias imperdonables de las que no son responsables, y sí propias de las habituales prácticas de los acusadores. Sucede, sin embargo, que no falta algún opositor honrado dispuesto a proclamar sus verdades, acreditando su identidad con la firma del artículo o manifiesto correspondiente. Todo lo contrario de quienes, siendo personas cultas, son capaces de avalar mentiras partiendo de su prestigio e incomprensible dogmatismo. ¿Tan fanatizados están que no se percatan del daño social que están haciendo? ¿Pueden hacernos creer que actúan en conciencia, habiendo analizado previamente la noticia que intentan filtrar al pueblo?
La problemática del bulo tiene su origen en cierta ideología que dejo al criterio del lector. No obstante, es de notar que parte siempre del mismo punto. Nunca o casi nunca como respuesta de la parte afectada. De tal manera tratan el engaño que llega a tomar cuerpo, quedando en la conciencia ciudadana, sea o no votante, una marca prácticamente consolidada por tiempo indefinido. Todo ello sin que a los cobardes agresores, a quienes les faltan dídimos para al menos disimular su malevolencia y responsabilizarse del infundio, les salgan los colores. ¿Qué más les da la educación del pueblo, su cultura o la puesta en marcha de un comportamiento político serio? Mas lo curioso del caso es que se amigan con el fraude sin recibir a cambio dinero o favores, lo que sugiere que su fanatismo prioriza el desacato a la razón y sitúa a la inteligencia en un segundo plano. Tal vez se trate de reminiscencias históricas o de alguna herencia franquista, por no pensar en cuestiones vengativas.
Lo importante para el señorío extremista es ganar; crear el ambiente propicio para extender un dominio miserable en el que se sientan cómodos; y tildarán con alguna nota negativa a quienes se esfuerzan por fundir vicios para emprender la construcción de una España de verdad.
Son pensamientos utópicos, propio de un comunista como yo. Porque sé, sin equivocarme, que ese habrá de ser el epíteto que me dediquen. Aunque quien trate de insultarme no sepa qué significa comunismo; pero es un vocablo de contundente eficacia.
No voy a enfrascarme en cuestiones dignas de arrojar al cesto. Es suficiente con afirmar, si es que las próximas elecciones las gana la formación política que todos sabemos, que a partir de entonces cesarán los bulos. Porque las hablillas, rumores y paparruchas no provienen del mundanal ruido comunista, sino de donde sin decir nada parte la discordia.
